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La grandeza se gana... y también se pierde
Santiago Bernabéu, el hombre que junto a Alfredo Di Stéfano hizo del Real Madrid el club más prestigioso del siglo 20, entró al camarÃn a preguntarle al gran arquero Rogelio DomÃnguez por qué no habÃa volado para atrapar una pelota que finalmente fue gol. "Estaba lejos, igual no podÃa llegar", respondió el ex uno de Racing. "El Madrid le paga para que se arroje en todas, las que llega y las que no", sermoneó Bernabéu.
No le estaba cuestionando un aspecto técnico (don Santiago reconocÃa que él de fútbol sabÃa muy poco) sino de actitud. El espÃritu con el que debe encarar un jugador del Real cada jugada de cada partido. Por eso fue grande.
El gran debate de estas horas en Colombia es qué pasa con los clubes grandes. O si son en verdad grandes. De 18 contendientes y a falta de una jornada para terminar la clasificación a los cuadrangulares, cinco de los seis equipos más populares están quedando fuera de carrera: América marcha de 10o.; Santa Fe, de 14o.; Nacional, de 15o.; Millonarios, de 16o., y MedellÃn, de 18o. Un cuadro patético: el 80 por ciento de los aficionados al fútbol en el paÃs está triste, desilusionado o con rabia.
Santa Fe lleva 34 años sin un tÃtulo, Millos 21. El hincha se formula una pregunta perfectamente válida: ¿siguen siendo grandes...?
Y otra más: ¿tiene que ver la grandeza con los resultados...? Naturalmente. Nadie es grande por derecho divino, tal rótulo se gana o se pierde por resultados. Ningún club se hace grande perdiendo. Hubo alguna vez en que estos equipos llamados todavÃa "poderosos" (cuando en realidad no lo son) fueron nóveles y sin historia. Se rodearon de halagos, hicieron hinchas y escribieron páginas de gloria con sus triunfos. Si Millonarios no hubiese ganado ningún tÃtulo, no serÃa el club multitudinario que es. El Pereira nunca dio una vuelta olÃmpica y por ello ocupa el lugar que ocupa en el imaginario colectivo: un competidor tradicional, simpático, con hinchas en su ciudad y algunos bonitos recuerdos.
Cienciano, de Perú, es un ejemplo de que la grandeza no es un don celestial: se logra. Con pocos años en la alta competencia, dio un campanazo notable al obtener la Copa Sudamericana a expensas de River, y la Recopa derrotando a Boca. Pasó de ser un ignoto provinciano de nombre curioso a una referencia del fútbol peruano. Hoy es el cuarto equipo más popular en la tierra del Inca. Fue un ligero baño de orgullo para un paÃs herrumbrado futbolÃsticamente.
Huracán, de Argentina, es el caso inverso. Fuerte y grande en el amateurismo -desde 1908 a 1930-, con tÃtulos y futbolistas internacionales (Stábile, primer goleador de un Mundial era del Globo), comenzó a languidecer, pasaron décadas sin triunfos y quedó relegado a un sitial inferior. Se autotitula "el sexto grande", pero ese rótulo le es muy discutido por Vélez Sársfield, Estudiantes, Rosario Central, Newell's Old Boys.
No hay un decreto que pone fin a la condición de grande. El tiempo va decantando quién lo es y quién no. La gloria no se marchita nunca; en cambio, la grandeza es como el pasaporte, hay que revalidarla cada tanto. En el caso de Millonarios y Santa Fe, urge un sellado nuevo.
Lo incomprensible es que dos clubes que gozan de los favores de una ciudad maravillosa y enorme como Bogotá no lo puedan hacer mejor. Esto es, esencialmente, responsabilidad de sus conductores. "Cuando la cabeza anda bien, anda bien todo el cuerpo", filosofa con razón el entrenador uruguayo Maño Ruiz.
La grandeza surge de una mezcla de triunfos, convocatoria y actitud. Evidentemente, no prevalece aquel espÃritu de Bernabéu.
Es insólito que clubes que contratan año tras año 14 jugadores para una temporada se equivoquen en los 14. O que en ellos ningún técnico acierte. Y que vivan atribulados por las deudas. Los equipos grandes sufren mayores presiones, pero también gozan de más apoyo popular, presupuestos altos y cierta histórica e indiscutible permisividad arbitral.
Independiente de Avellaneda es un paradigma de cómo rifar la grandeza. Transfirió jugadores por 68 millones de dólares en los últimos cuatro años. Sólo en ese rubro 68 millones. Y se largó a hacer un estadio. Su realidad es que no tiene un centavo, está hundido en un mar de deudas, pierde seguido, su plantel es pésimo y el estadio quedó empantanado a mitad de camino. Pero en la Argentina hay una explicación: rige la anacrónica ley de sociedades civiles. Nadie controla nada, y si llega la bancarrota, el presidente se va a su casa de lo más feliz. Quien pierde es el hincha, el socio. Y el que salva es el Estado.
El caso de Millonarios, Santa Fe, Nacional, MedellÃn, es diferente. Algo deberÃan revisar: el único lugar del mundo donde los clubes son sociedades privadas y funcionan mal es en Colombia. En Europa, Asia, México, Estados Unidos y ahora Chile, tal sistema es exitoso.
El problema no es el técnico o el número nueve, no está en la cancha sino en los escritorios.
- Publicación
- eltiempo.com
- Sección
- Editorial - opinión
- Fecha de publicación
- 16 de mayo de 2009
- Autor
- Jorge Barraza
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