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Un colombiano dedica su vida a darle de comer a los inmigrantes pobres cada noche en Nueva York

Cada día, Jorge Muñoz, un conductor de un bus escolar, nacido en Pereira y criado en Palmira, se las arregla para preparar y repartir unos 120 alimentos calientes en la zona de Queens.

La tarde en que iba a producirse esta entrevista, Jorge Muñoz llegó tan agotado de su turno como conductor de bus escolar, que pidió que la conversación con este diario fuera aplazada unas horas. Primero necesitaba comer y descansar un poco, explicó.

Y no era para menos. Este colombiano de 45 años, y que hace 27 vive en Nueva York, se había levantado a las 5 de la mañana a hacer sus recorridos correspondientes con varias escuelas. Eran las 5.30 de la tarde y aún tenía por delante la labor más importante de su día: terminar de empacar unas 120 comidas y llevarlas a una esquina de Jackson Heights, en Queens, para repartirlas a decenas de inmigrantes jornaleros que si no trabajan no comen, y que desde las nueve de la noche se empiezan a congregar a la espera de Muñoz. Una siesta era más que merecida.

Desde hace cuatro años, la vida de Muñoz ha seguido esta agotadora rutina. "Generalmente, me acuesto entre las 12:30 y la una de la madrugada", dice. Su compromiso con aquellos más necesitados parece no tener límites, e incluso su vida privada y bienestar han pasado a segundo plano. Así llueva, nieve o haga un calor sofocante, el colombiano llega sin falta a la esquina de la calle 73 con avenida Roosevelt a repartir alimentos a inmigrantes, la mayoría indocumentados, que no tienen con qué comprar comida o que lo poco que ganan prefieren enviarlo a sus familias en sus países de origen.

La crisis económica sólo ha resaltado la necesidad de su labor. "Cuando tienen trabajo comen; cuando no, no", dice Muñoz, un hombre menudo y jovial que no tiene pretensiones de héroe, como lo han llamado algunos medios locales.

'El trabajo escasea'

Antes de que llegue la camioneta pick-up blanca del colombiano, los jornaleros empiezan a formar una fila con sus caras ocultas detrás de capuchas o bufandas. El recibir comida gratis en el 'país de las oportunidades' no es motivo de orgullo para ninguno de ellos.

"Es pequeño de estatura, pero grande de corazón", dijo Eduardo, un inmigrante peruano de 45 años, uno de los pocos que se atrevió a hablar, pero que prefirió no dar su apellido debido a su situación ilegal en el país.

Eduardo solía encontrar trabajo en construcción los cinco días de la semana, lo que le representaba un ingreso de hasta 1.600 dólares al mes. "Esta semana sólo trabajé el lunes... Desde el año pasado el trabajo ha casi desaparecido", dijo. Últimamente, su ingreso semanal se redujo a entre 50 y 100 dólares, lo cual le alcanza apenas para pagar el alquiler de una cama para dormir y, si acaso, enviar algo a su familia en Perú. La situación lo ha llevado a hacer la fila de Muñoz sin falta en los últimos meses.

Un humilde altruista

Muñoz, quien nació en Pereira y se crio en Palmira, no es ningún acaudalado que decidió compartir su fortuna. Por el contrario, vive de su trabajo de conductor, que apenas le da para sostenerse. La modesta vivienda en el barrio Woodhaven, de Queens, que comparte con su mamá, Blanca Zapata y su hermana, Luz, es tan pequeña, que resulta increíble que de su cocina salgan 120 comidas cada tarde.

La sala y el comedor dejaron hace rato de ser las áreas sociales de la casa para convertirse en depósito de cajas de comida y donaciones, que son apiladas junto a dos neveras tamaño familiar (las dos donadas) donde se guardan los alimentos perecederos.

Hasta hace un año, era su mamá la que se encargaba de cocinar y ayudarle a empacar. Pero a sus 68 años, los problemas de salud empezaron a aquejarla. Ahora, dos personas pagadas por un benefactor son las que cocinan.

Muñoz asegura que la misión de alimentar a los jornaleros hambrientos se la encomendó Dios con una revelación hace unos cuatro años. "Estaba en Long Island en una zona donde me habían asignado un campamento de verano y, al cruzar la calle, había como una procesadora de comida y vi cómo tiraban a la basura comida completica. Crucé la calle, se las pedí y luego empecé a pensar a quién dársela".

Ese día no le correspondía estar en esa ruta, ya que estaba reservada para conductores más antiguos. "Fue Dios el que me puso a trabajar allá y especialmente al frente de donde estaban botando esa cantidad de comida", dice.

Muñoz sabía que en las esquinas de Jackson Heights, un barrio donde predominan los inmigrantes hispanos e indios, se congregaban los jornaleros a la espera de ser recogidos para trabajos en construcción. Aquellos que no son contratados se quedan sin comer.

"Al comienzo fueron 8; a las dos semanas eran como 24. Dos meses después ya eran como 40 y así se sostuvo como por dos años. Al tercer año, se saltó a 90 y estos últimos seis meses han sido como 120 y 140 jornaleros", dice Muñoz.

La crisis económica lo ha golpeado por partida doble, pues mientras ha aumentado el número de inmigrantes hambrientos, han disminuido las donaciones.

A la semana, Muñoz gasta unos 450 dólares en insumos, que vienen del efectivo donado a su fundación An Angel in Queens. También recibe alimentos de restaurantes y panaderías, así como ropa y zapatos de iglesias.

El colombiano reparte la comida siete días de la semana, los 365 días del año, sin tomarse ningún día de vacaciones. "El hambre no descansa", dice su hermana Luz. "Si dejamos de repartir la comida, nos remuerde la conciencia", agrega.

Una infancia dura

Muñoz no tuvo una niñez fácil. Su madre quedó viuda cuando él tenía 11 años y su hermana, 13. Sin mayores prospectos en Pereira, Zapata decidió buscar un mejor futuro para sus hijos en Estados Unidos. Para mantenerlos, se desempeñó en trabajos varios, incluyendo el de empleada del servicio.

"Yo les enseñé a compartir y a tener compasión por los que no tienen", dice Zapata sobre la línea de crianza que aplicó con sus dos hijos. Su sueño, agrega, es que Jorge consiga los fondos suficientes para que traslade la operación a un lugar más amplio, con una cocina adecuada para preparar las 120 comidas, y un comedor comunal.

Pero el mismo Muñoz reconoce que tal vez esa meta esté aún muy lejos. "Una renta para una casa más grande está en alrededor de 5.000 y 6.000 dólares, más el gas, el agua y el mantenimiento... El dinero que hay ahora no alcanza para eso".

Por lo pronto, tiene muy claro que, cada día, más de 100 personas dependen de él para no irse a la cama con el estómago vacío y ni el clima ni un dolor de muela ni el cansancio impedirán que llegue a la esquina de la 73 con Roosevelt.

"Si Dios me entregó esa misión es porque sabía que podía cumplirla. Él no se la iba a dar a alguien a quien le iba a dar pereza. Si me la dio a mí, es porque tengo la voluntad".

Aquellos interesados en donar a esta causa pueden hacerlo a través del sitio en internet: anangelinqueens.org

CLAUDIA SANDOVAL GÓMEZ
ESPECIAL PARA EL TIEMPO
NUEVA YORK

Publicación
eltiempo.com
Sección
Otros
Fecha de publicación
2 de mayo de 2009
Autor

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