Patrocinado por:
Jóvenes de estratos cinco y seis roban para drogarse
La mayoría se conocen. Son compañeros de colegio o vecinos, y llegan de barrios como Rosales, La Carolina, Cedritos, Colina Campestre y La Alhambra. Sus edades oscilan entre los 14 y 19 años.
A las 3 de la tarde, la Plaza Banderas del centro comercial Unicentro, en el norte de Bogotá, comienza a inundarse de ellos. Aspirar libremente la coca, el perico y la marihuana es parte del rito que los une cada viernes y sábado. Ahí comienzan la fiesta, que luego trasladan a discotecas de Chía, La Calera o Cajicá. Suelen 'prender motores' con cerveza o aguardiente. "Como el guaro es tan fuerte lo mezclamos con frutiño (refresco con sabor a fruta)", cuenta entre risas una muchacha de 14. Miguel *, de 17, e hijo de una ejecutiva del sector inmobiliario, confiesa que la debilidad por las drogas los lleva, incluso, a robar. Él, por ejemplo, suele pasear en compañía de su mejor amigo por Plaza Banderas en busca de niñas a las que les quitan los celulares, o a las que enamoran, para luego llegar hasta sus casas en busca de algo que se pueda vender. "Nos levantábamos a las niñas en Banderas, y cuando nos invitaban a su casa aprovechábamos para robar joyas, portátiles o cosas por el estilo, que luego vendíamos en la entrada de Unicentro o en el centro". Él y sus amigos, como cualquier ladrón callejero, andan con cuchillos y navajas entre las medias y los pantaloncillos. "Son útiles cuando quiero fumar y no tengo plata", afirma uno con desparpajo. Miguel es adicto desde los 13 y ha pasado por más de 12 colegios. Hace más de siete meses dejó el último. "Me gusta estar en la calle -dice- porque puedo ser yo mismo. Cuando estoy mucho en mi casa siento que estallo. No soporto la cantaleta de mis abuelos". Fue criado por su abuela materna mientras su mamá trabajaba. Como él, el nieto del dueño de una de las cadenas de restaurantes de pollo asado más importantes del país, o el hijo de un joyero que tiene su local en un importante centro comercial, buscan huir de sus casas por no tener "nada que hacer", o por no tener buena relación con su papás. A las 8 de la noche empiezan a dejar Plaza Banderas y salen en buses privados hacia las fiestas escolares. Algunos rematan en el parque El Lido, entre carreras 13 y 9a., y entre calles 125 y 122. Les gusta porque es poco transitado. "Mis papás siempre fueron permisivos, nunca me decían nada si llegaba tomada o tarde, aunque ahora me regañan cuando llego trabada", dice una muchacha de 15 años.
Es finales de marzo y Miguel habla en pasado, porque está a punto de internarse, por segunda vez, en un centro de rehabilitación.
-¿Es difícil conseguir la droga siendo menor?
-¡Para nada! Eso en cualquier lado, cualquiera vende.
Algunos papás no saben dónde ni cómo hacen ellos sus rumbas. Y otros, dicen los mismo muchachos, parecen no querer encarar esa realidad.
-¿Cuánto alcanzaste a robar?
-Por ahí 40 millones de pesos.
-Dónde vendían lo que robaban.
-En compraventas, todo tiene cliente.
-¿Qué robaban?
-Cadenas de oro, diamantes computadores ¡al piso!, celulares, cámaras, Ipods... Conocí dos clases de rumba: La con plata y la sin plata. La sin plata, la que hacen todos los chinos de preproms. Cuando me dediqué a robar, andaba con medio millón, un millón de pesos, y ahí sí se conoce una rumba pesada de verdad, de amanecida, con gente diferente.
NICOLÁS HERNÁNDEZ
REDACTOR EL TIEMPO-ZONA
- Publicación
- eltiempo.com
- Sección
- Bogotá
- Fecha de publicación
- 17 de abril de 2009
- Autor
Patrocinado por: