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De libros, libreros y comerciantes

En un puestico callejero de perros calientes, un hombre, ante la falta de clientes, estaba concentrado en la lectura de Dos mil dólares por mi piel, 'western' de Keith Luger. A su lado, en una pequeña caja sobre el suelo, había otras novelas de Luger, entre las que alcancé a distinguir Cuidado con el loro, es un espía y Cadáveres a mi paso. Supuse que el hombre era un especialista en el género y comenzamos a conversar. Me dijo que se llamaba Juaco, que no era ningún especialista y que ni siquiera le gustaban mucho las novelas de vaqueros.
-Pero es lo único que puedo pagar -dijo.                                

Supuse que, como Juaco, habría cientos de colombianos condenados a leer lo que hay porque no hay para comprar lo que quieren. Hombres que ni siquiera son tenidos en cuenta a la hora de las estadísticas porque, sencillamente, no entran a una librería ni piensan entrar. Para Juaco, por ejemplo, en una librería nunca va a conseguir una novela de su gusto a un precio razonable.
Entonces pensé en la falta de olfato de las editoriales que operan en Colombia. Un enorme grupo de lectores no son tenidos en cuenta por los editores a la hora de lanzar sus "productos", porque piensan de una manera diferente a como pensaron los editores de Bruguera en la época de las novelas de vaqueros en España.

Enormes tirajes para ser vendidos en quioscos callejeros por una bicoca fija. Novelitas sin pretensiones de ninguna clase: en papel periódico, con una cubierta de tres pesos, escritas en un lenguaje ameno que interesaba a la gran mayoría. Toda una labor educativa y cultural que no desdeñaba los buenos negocios -Bruguera hizo su agosto con los escritores de western en España-.

En nuestro país, parece que poco importa aquella labor educativa. Importa vender a toda costa. Y cuando se trata de vender, los únicos que salen adelante son los best sellers, que en Colombia, cuando no son libros de autosuperación, son libros sobre la guerrillla, los paramilitares, los narcotraficantes, los corruptos, etc., un rosario de delitos y delincuentes escritos que no es mucho lo que aportan a la construcción de un imaginario diferente, al menos más polivalente y complejo.

Quizá por eso, porque todo está tan arrevesado con el mundo de los libros, es bueno encender la polémica sobre el precio fijo en Colombia. Que se comience a debatir la idea de que todo libro que salga al mercado debe tener un precio fijo, estimado por el importador o por el editor, de tal suerte que en cualquier parte del país se pueda conseguir al mismo precio. Y no permitir a las librerías poner precios a su antojo (por lo general por las nubes) para que después ofrezcan descuentos asombrosos (que son una mentira total), estimulando así la competencia desleal. Con una ley de precio fijo, las librerías no competirían con descuentos ni precios, sino con la calidad de los servicios. Se esmerarían en promover otro tipo de literaturas y en promocionar autores diferentes; hasta podrían tener a muchos Juacos dentro de sus clientes, simplemente porque cambiaría la razón de ser. Importaría ese lector y sus gustos particulares, sin dejar de lado el negocio.

Si no se adopta esta medida pronto, las pequeñas librerías de confianza (de su confianza) desaparecerán, porque el sistema existente privilegia a las grandes, cuya ganancia se centra en la venta de best sellers, en donde las otras literaturas tienen tan poca rotación que deben etiquetarse con precios exorbitantes. México y Argentina ya funcionan con la ley de precio fijo. Y en Europa, la gran mayoría de países trabajan con esa ley desde hace más de 150 años porque entendieron que no es un asunto netamente económico el que está en juego. Entendieron que el libro es un bien cultural y que el verdadero analfabetismo de un país se mide por la cantidad y la diversidad de libros leídos por habitante.
No es cualquier pendejada la que está en juego.

cristianvalencia@yahoo.com 

Publicación
eltiempo.com
Sección
Editorial - opinión
Fecha de publicación
30 de marzo de 2009
Autor
Cristian Valencia

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