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Andariego de la historia
Una máquina que nació para combatir en la II Guerra Mundial evolucionó para estar presente en los más grandes acontecimientos. Este es un breve relato del camino recorrido por el Jeep Willys.
Rodar en una lata de sardinas, sin cinturones, sin direccionales, sin espejos y con el sonido de un motor cansado que, con más de 6 décadas encima, respira y se fatiga entregando con cada exhalación vestigios de la historia. Esa es la experiencia de montar en un jeep Willys, un automóvil cuya historia es paralela a la construcción de las carreteras colombianas y al desarrollo del paÃs; porque de ser concebido en Estados Unidos como una máquina de guerra, pasó a ser el instrumento de trabajo de miles de campesinos colombianos que como en ningún otro lugar del mundo le brindan respeto, admiración y agradecimiento.
Esta historia empieza en 1940. Europa ya temblaba por la guerra y aunque la paz cobijaba las tierras americanas del norte, empezaban a escucharse susurros de conflagración. Previéndolo, el Ejército norteamericano encargó la construcción de un vehÃculo ligero pero fuerte y poderoso, capaz de soportar las condiciones más difÃciles. Las especificaciones parecieron broma: debÃa tener tracción en las cuatro ruedas, un motor de cuatro cilindros, no pesar más de 1.300 libras, capaz de llevar mÃnimo cuatro hombres con sus respectivos equipos, cargar 600 libras más y como si fuera poco, estar listo en 49 dÃas.
Después de invitar 135 fábricas a la licitación, sólo dos, cada una necesitando desesperadamente el contrato, aceptaron la invitación: la casi quebrada American Bantman y la no muy reconocida Willys Overland. Después de prototipos, enmiendas, extensiones de plazos y acuerdos entre fabricantes, el modelo de Willys fue elegido y bautizado como MB.
El nombre Jeep conserva ese halo de mito que, dicen unos, viene de las palabras en inglés general purpose (propósito general), descripción que le hacÃa justicia al vehÃculo y a sus capacidades. No obstante también pulula la versión de que procede de un personaje de la caricatura Popeye conocido como Eugene the jeep, cuyos poderes fantásticos y capacidad de transportase de un lado a otro se asemejaban a las de la maravilla mecánica.
Cualquiera que sea la verdad incondicional, con el Jeep Willys no sólo nacieron los vehÃculos cuatro por cuatro y, en palabras del general Marshall, "la mayor contribución de los Estados Unidos a las operaciones de guerra modernas". Nació, asà mismo, la sólida concepción de los vehÃculos todo terreno de múltiples propósitos.
De la guerra a la montaña
Después de finalizada la guerra, los Willys pisaron tierras colombianas por allá en 1946. Después de un éxito total en las filas militares, en donde soportaron todos los usos posibles -desde ambulancia, hasta tren; desde altar hasta lanza cohetes- la compañÃa produjo una versión civil bautizada CJ-2A (Civilian Jeep) destinada principalmente a labores agropecuarias.
El Willys tiene alma de tractor. Con sólo tres cambios, un bajo, doble trasmisión y cinco instrumentos en el tablero, es un automóvil que devuelve a lo elemental y a lo real. Quien ha manejado un Willys, ha conducido de verdad y por eso se carcajea con ganas cuando alguien se queja ante las dificultades apócrifas de los modernos carros de hoy.
Importados por Leonidas Lara, e impulsados por el desarrollo vivido durante el gobierno de Rojas Pinilla, los Willys empezaron su periplo por el territorio colombiano al ser considerados como el único instrumento capaz de seguir el zigzag trazado por las mulas en un territorio que aún hoy, 60 años después, se enmarca en cordilleras agrestes y difÃciles.
El Willys, como elemento en movimiento, es el verdadero vehÃculo colombiano. Medio paÃs los necesitó para trazar un camino de desarrollo, de recorrido, de subida y de bajada; un camino que sobrevive en las plazas del QuindÃo, en donde apostados en fila india esperan para seguir transportando personas y carga a todos los lugares donde la topografÃa se presente abrupta y furiosa.
Oscar Ritoré es periodista, pero además y por su devoto trabajo con los Willys, se podrÃa decir que es restaurador, antropólogo, arqueólogo, sociólogo y a la larga nada más que un profundo enamorado de una máquina que "me devuelve a lo natural y a lo real. Una pieza única como no hay otra en este mundo". Voz calificada que restaura estas máquinas con la consagración de un artesano. Asegura que "puedo durar tres años buscando una sola pieza que ya no se consigue. Esto es como una obra de arqueologÃa, es buscar debajo de la tierra porque el desprecio que ha tenido el paÃs por el patrimonio histórico es muy grande y se evidencia en estos carros".
Y si de atrapar sus sentimientos con la dificultad de expresarlos en una sola palabra se trata, él la tiene lista: respeto. "Este es un vehÃculo que te permite estar en contacto con él. Respeto es lo que se siente porque la sola experiencia de rodar en un Willys le hace ver a uno el mundo completamente distinto. Hoy el mundo es redondo y convexo porque los vidrios de los carros son asÃ, pero el mundo del Willys es cuadrado, recto. Todo lo que te pasa en un Willys es lo que no te pasa en otro vehÃculo, por ejemplo en un automóvil normal uno no soportarÃa que traqueara, en un Willys uno no soportarÃa que no traqueara", asegura con una sonrisa.
Según Ritoré hay dos cosas de un Willys que no se pueden restaurar: el parabrisas y las persianas. Desde los dÃas oscuros y atrincherados de la Segunda Guerra, la persiana del Willys se convirtió en su escudo y distinción. Los primeros modelos militares traÃan una rejilla con nueve aberturas que en los civiles fue modificada por la de siete, aún presente. Tal como la estrella de Mercedes o el caballo de Ferrari, esta parrilla delantera que hoy llevan todos los jeeps del mundo es su gran sÃmbolo.
"Yo busco persianas y parabrisas y a partir de ahà armo todo el carro. Tengo proveedores en la Zona Cafetera, pero también en Sevilla, Caicedonia, El Tambo... me dedico a visitar los cementerios de Willys en toda la zona Andina y... donde hay cordillera, hay Willys. He encontrado gente para la que el Willys es su vida", relata Ritoré. Es por eso que con cada ejemplar que restaura también renace un registro documental de la parábola única e irrepetible del automóvil: de quién fue, cuántas multas tuvo o en dónde estuvo matriculado.
Por su parte y apostado en su taller de la Avenida Rojas, en Bogotá, Fernando Marulanda es el heredero de una tradición oral que conoce el 'ADN' de estos vehÃculos y se adentra en su estructura de resortes, chasis, válvulas y bujÃas para convertirse en un mago de la mecánica.
Hoy por hoy es quizás la persona que más conoce acerca del Willys en el paÃs; no en vano desde los 14 años ha estado debajo de ellos trabajando como mecánico y restaurador. "Más que un trabajo, arreglar estos carros es un pasatiempo. Para restaurar un Willys, la idea es que la mecánica esté cien por ciento buena y que tenga un buen chasis. Las latas se pueden cambiar y se fabrican carrocerÃas, sillas y carpas; lo único que no se puede hacer son las partes mecánicas: motor, cajas y transmisión", predica con el conocimiento del sabio.
La pasión de Óscar y Fernando y la de todos aquellos por cuyas venas no corre sangre sino gasolina, promueve legados que más allá de latas y tornillos son verdaderos patrimonios palpitantes de relatos e historias. Observador y protagonista, el Willys es una de esas cosas que produce anhelos, recuerda nostalgias e inspira aventuras.
Testigo perpetuo
Connatural a muchos acontecimientos mundiales y nacionales, su camino está lleno de pinceladas anecdóticas. Los Willys, por ejemplo, no tienen espejos porque al ser concebidos como un vehÃculo de trocha y montaña la consideración de mirar quién venÃa al lado nunca estuvo contemplada. Aprender a manejarlos era una tarea complicada, por eso tienen una pequeña placa con las instrucciones de manejo remachada frente al puesto del copiloto para que éste, a punta de interpretación y agilidad, fuera dando las instrucciones a quien iba al volante.
Bajo las luces de Hollywood aparece en pelÃculas como Indiana Jones, Good Morning Vietnam, Una mente brillante y El paciente inglés. Y cómo no recordar su protagónico entre médicos que luchaban en la Guerra de Corea en la serie MASH. Además, fue la plataforma para que, llena de sensualidad, Marilyn Monroe visitara a los soldados en las guarniciones. Y hasta Tin Tin, el célebre personaje de Hergé, recorrió el desierto durante su decimoquinta aventura Tin Tin en el paÃs del oro negro rodando en un Willys MB.
En el registro gráfico de los dÃas de guerra se puede ver a los mandatarios Roosevelt y Churchill pasando revisión a las tropas en un flamante Willys. De hecho, la estrella que llevan sobre el capó los de versión militar corresponde a una condecoración impuesta por haber salvado tantas vidas durante aquellos dÃas. Con rango militar, ha sido el único vehÃculo al que las tropas a su paso se ponÃan firmes. A la larga, el viejo Willys es un general de largas batallas y grandes recorridos.
En Bogotá también asomaron su gracia, por eso es muy probable encontrárselos en las fotos históricas de la capital, ya sea aparcados sobre el viejo Observatorio Astronómico o dando vueltas a la glorieta de la calle 26, cuando ésta todavÃa era consideraba como el kilómetro cero. Después de caminar sobre la Luna y en su desfile de bienvenida por la Avenida Jiménez, Neil Armostrong saludó a la multitud desde un Willys. Y también en aquellas primeras versiones de la Vuelta a Colombia en bicicleta, entre frailejones y neblina, fue siempre un Willys la escolta de EfraÃn Forero y Ramón Hoyos.
Hoy sigue ahÃ, sorprendiendo entre las calles atestadas de tráfico de las grandes ciudades, cortando el viento de las montañas o cambiando luces en los desfiles. Rugiendo entre matas de plátano y café mientras continúa abriendo camino trocha adentro con el mismo espÃritu desvergonzado y trotamundos de hace 60 años, cuando logró sobrevivir a las atrocidades de la guerra para trascender en propósitos más nobles y perdurables.
Por: Alejandra Grillo C
- Publicación
- eltiempo.com
- Sección
- Cultura y entretenimiento
- Fecha de publicación
- 27 de marzo de 2009
- Autor
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