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La de Barack Obama, una historia de raza y herencia

Lea un fragmento de su autobiografía, 'Los sueños de mi padre', cuya versión en español comienza a circular.

Pocas semanas más tarde, sin embargo, me desperté con el ruido de una discusión en la cocina (la voz de mi abuela apenas audible, seguida de un profundo gruñido de mi abuelo). Abrí mi puerta y vi a Toot (la abuela) que entraba en su dormitorio a vestirse para el trabajo. Le pregunté qué pasaba.

-Nada. Que esta mañana tu abuelo no quiere llevarme al trabajo en el coche, eso es todo.

Cuando entré en la cocina, el abuelo estaba murmurando entre los dientes. Se sirvió una taza de café mientras que yo le decía que estaba dispuesto a llevar a Toot al trabajo si él estaba cansado. Un ofrecimiento atrevido, ya que no me gustaba madrugar. Gramps frunció el ceño al oír mi propuesta.

- Ésa no es la cuestión. Lo que quiere es fastidiarme.

- Estoy seguro de que no es eso, Gramps.

- Por supuesto que sí -tomó un sorbito de su café-. Ha estado yendo en autobús desde que empezó en el banco. Decía que era lo más cómodo. Y ahora, sólo porque le han molestado un poco quiere cambiarlo todo. La diminuta figura de Toot rondaba por el vestíbulo, mirándonos por encima de sus gafas bifocales.

- Eso no es verdad, Stanley.

La llevé a la otra habitación y le pregunté qué era lo que había pasado.

- Un hombre me pidió dinero ayer, mientras esperaba el autobús.

- ¿Eso es todo?

Sus labios se contrajeron en una mueca de irritación.

- Era muy agresivo, Barry. Muy agresivo. Le di un dólar y siguió pidiéndome. Si no hubiera llegado el autobús me podía haber dado un golpe en la cabeza.

Me volví a la cocina. Gramps, de espaldas a mí, estaba enjuagando su taza.

- Escucha -dije-, ¿por qué no me dejas que la lleve?, parece que está bastante afectada.

- ¿Por un mendigo?

- Sí, lo sé, pero probablemente le dé un poco de miedo que algún hombre corpulento le bloquee el paso. No hay que hacer una montaña de esto.

Se giró y vi que estaba temblando.

-- Sí que lo es. Sí que es una montaña para mí. Esto ya ha ocurrido antes. ¿Sabes por qué está tan asustada ahora? Te lo voy a decir. Antes de que tú llegaras, me dijo que el tipo era negro -Gramps dijo la palabra susurrando- . Esa es la verdadera razón por la cual está preocupada. Y no creo que eso sea correcto.

Las palabras fueron como puñetazos en mi estómago, me tambaleé antes de recuperar la compostura. Con mi más firme voz, le dije que tal actitud también me molestaba a mí, pero le aseguré que los miedos de Toot se disiparían, y que mientras deberíamos llevarla en el coche. Gramps se desplomó en una silla de la sala de estar y dijo que sentía habérmelo dicho. Ante mis ojos se hizo más pequeño, viejo y muy triste. Puse mi mano sobre su hombro y le dije que estaba bien, que lo comprendía.

Así estuvimos varios minutos, en doloroso silencio. Finalmente insistió en que sería él quien llevase a Toot, luego se levantó con dificultad de la silla para vestirse. Cuando se marcharon, me senté en el borde de la cama y pensé en mis abuelos. Jamás habían dejado de sacrificarse por mí. Toda su inquebrantable esperanza había estado al servicio de mi éxito. Nunca me dieron motivos para que dudara de su amor; y jamás lo harían. Y, no obstante, supe que hombres que fácilmente podían haber sido mis hermanos también podían ser los causantes de sus temores más primarios.

Aquella noche fui conduciendo hasta Waikiki, pasé los hoteles brillantemente iluminados y bajé hacia el canal de Ala- Wai. Me llevó un rato reconocer la casa, con un desvencijado porche y el tejado escasamente inclinado. En el interior la luz estaba encendida, y pude ver a Frank (poeta negro) sentado en su acolchado sillón, con un libro de poesía sobre el regazo y las gafas de leer deslizándose por la nariz. Me quedé sentado en el coche, mirándole un rato. Finalmente bajé y llamé a la puerta. El anciano apenas levantó la vista cuando se puso de pie para abrir. Hacia tres años que no lo veía.

- ¿Quieres beber algo?-me preguntó.

Asentí con la cabeza y le vi sacar del armario de la cocina una botella de whisky y dos vasos de plástico. Estaba igual, el bigote, algo más blanco, colgaba de su grueso labio superior como una hiedra muerta, sus vaqueros, cortados por la rodilla, agujereados y atados a la cintura con un trozo de cuerda.

- ¿Cómo está tu abuelo?

- Está Bien.

-Entonces, ¿qué es lo que haces aquí?

No estaba seguro. Le conté a Frank más o menos lo que había pasado.

Asintió y sirvió otro trago.

- Un tipo extraño, tu abuelo -dijo- . ¿Sabes que crecimos a menos de veinticuatro kilómetros de distancia?

Negué con la cabeza.

-Claro que sí, los dos vivíamos cerca de Wichita. No nos conocíamos, por supuesto. Yo ya me había marchado cuando él tenía edad suficiente para acordarse. Sin embargo puede que me encontrara a alguien de su familia. Podía haberme cruzado con ellos en la calle. Si hubiera sido así tendría que haberme apeado de la acera para dejarles sitio. ¿No te lo ha contado nunca tu abuelo?

Me bebí el whisky de un trago mientras volvía a negar con la cabeza.

-Bueno -dijo Frank-, supongo que no. A Stan no le gusta mucho hablar de esa época en Kansas. Le hace sentirse incómodo. Una vez me comentó que había contratado a una chica negra para que cuidara de tu madre. Creo que era la hija de un predicador. Me contó cómo se convirtió en una más de la familia. Así es como lo recuerda, ya sabes: una chica que venía para cuidar de los hijos de otro, su madre que hacía la colada de otros. Como una más de la familia...

Alcancé la botella, esta vez me serví yo mismo. Frank no me estaba mirando; ahora tenía los ojos cerrados y la cabeza reclinada sobre el respaldo del sillón, su cara, grande y llena de arrugas, parecía esculpida en piedra.

-No puedes culpar a Stan por lo que es -dijo Frank en voz baja-. En el fondo es un hombre bueno. Pero no me conoce. No mucho más que a aquella chica que cuidaba de tu madre. Él no puede conocerme, no de la forma en que yo lo conozco. Quizá puede que me conozcan algunos de esos hawaianos, o los indios de la reserva. Ellos han visto cómo humillaron a sus padres y degradaron a sus madres. Pero tu abuelo nunca sabrá qué es lo que se siente. Por eso puede venir a beberse mi whisky y quedarse dormido en esa misma silla en la que tú estás sentado ahora.

Dormido como un bebé. ¿Ves? Algo que yo no pude hacer nunca en su casa. Nunca. No importaba lo cansado que estuviera, tenía que estar en guardia. Permanecer vigilante, por mi propia supervivencia.

Frank abrió los ojos.

-Lo que estoy intentando decirte es que tu abuela tiene derecho a sentirse asustada. Al menos tiene el mismo derecho que Stanley. Ella comprende que los negros tienen razones para odiar. Así es. Ojalá que, por tu propio bien, fuese de otra manera. Pero no lo es. Así más vale que también tú te acostumbras.

Frank volvió a cerrar los ojos. Su respiración se fue haciendo más lenta hasta que pareció quedarse dormido. Pensé despertarlo, luego decidí lo contrario y me dirigí al coche. La tierra tembló bajo mis pies, como si fuera a resquebrajarse en cualquier momento. Me detuve, traté de calmarme y, por primera vez, supe que estaba absolutamente solo.

Publicación
eltiempo.com
Sección
Otros
Fecha de publicación
13 de marzo de 2009
Autor

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