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Barackobama Sandoval
Asà como muchos colombianos de mi generación se llaman Carolina, Yonyon, Jacqueline o Kennedy, el 20 de enero de 2009, en un hospital público de Cali, nació un niño al que llamaron Barackobama Sandoval. "La madre mulata y el padre blanco, ambos desempleados... decidieron bautizar como Barack Obama a su bebé", relataba la noticia. En el hecho de incluir los colores de los padres y su condición de desempleados, podemos leer esas "sutilezas lingüÃsticas" tan poco sutiles y descalificadoras que usamos, "sin darnos cuenta", para ubicar a la gente en un lado o en el otro de la brecha.
Además de la brecha real de la pobreza, hay otra brecha simbólica -pero brecha es un término demasiado suave para nombrar semejante zanja-, imposible de franquear, que nos separa en castas y que se expresa en el lenguaje. Si es cierto que estamos hechos de palabras, en Colombia, el nombre y la forma de hablar, por no decir la de leer y de escribir, nos ubica en un lugar inamovible que no parece rozar la democracia. "Espero que, como Obama, aunque ahora sea una persona humilde, en el futuro haga algo productivo", declaró la mamá, en tanto que el hospital le ofreció pañales, leche y vacunas durante seis meses, de premio por nacer durante la posesión presidencial.
Que en el futuro haga algo productivo es el sueño de la madre. Pero el drama de la inequidad está que el futuro de ese bebé se está escribiendo en cada dÃa de su presente, y comenzó a escribirse en su vida intrauterina y en la historia de sus padres, y que él no puede, ni tendrÃa que esperar, porque "mañana es tarde" para un niño. Según lo comprueban las investigaciones, no sólo los recursos materiales, sino la calidad de los estÃmulos y de las oportunidades que les damos a los niños desde la gestación hasta los 6 años marcan dramáticamente el resto de sus vidas. Por eso nuestro Barack necesita que ese hospital y este Estado "le colaboren" con más que resmas de pañales.
Hay que contarles a sus papás que Barackobama tiene derecho a la salud, a la nutrición y a la educación, no como premios, sino como derechos consagrados en la Constitución PolÃtica de 1991, y que el Código de la Infancia y la Adolescencia del 2006 tradujo ese mandato a disposiciones de obligatorio cumplimiento, por las que responden los mandatarios nacionales, regionales y locales. (Gracias por las vacunas y la leche, pero son parte de los programas de vacunación y de promoción de la lactancia materna que el Estado debe garantizar a las familias). Y sus papás deben saber que, según el criterio de corresponsabilidad entre Estado y familia, Obama tiene derecho a ser arrullado entre canciones y cuentos para garantizar su aprendizaje y su alfabetización. Y necesita ser amado, acariciado y estimulado, pues además de nutrición fÃsica, requiere nutrición emocional y cognitiva para desarrollar su inteligencia. Aunque pensemos que se trata de un don innato y eso nos tranquilice la conciencia o nos haga sentir excepcionales, hay que enseñar a las familias que la arquitectura cerebral y los cimientos de la vida emocional se construyen con lo que se hace, o no se hace, en los años cruciales del comienzo. Y que esas son las obras de infraestructura más urgentes del paÃs.
El sÃmbolo más poderoso que Obama le dio al mundo se relaciona con la educación como oportunidad para cambiar el curso de la vida. Pero no nos engañemos: para que Obama Sandoval pueda cumplir, no el sueño materno de hacer "algo productivo", sino el de ser lo que él decida ser, no bastan los pañales ni el simbolismo de su nombre, sino que necesita recibir ese capital simbólico, tan mal repartido como el económico, que heredan los niños antes de nacer. "How many years can some people exist before they're allowed to be free?" (¿Cuántos años puede existir alguna gente, antes de que se le permita ser libre?) La canción de Bob Dylan, que en su paÃs hoy suena como una premonición por fin cumplida, aquà parece muy lejana. ¿Cuántas generaciones más tendrán que crecer, separadas por esa trinchera tan profunda?
- Publicación
- eltiempo.com
- Sección
- Editorial - opinión
- Fecha de publicación
- 24 de enero de 2009
- Autor
- Yolanda Reyes
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