Patrocinado por:
Codicia: la marca de la crisis económica/Análisis
Quienes esperaban encontrar grandes revelaciones económicas en el discurso de posesión de Barack Obama se quedaron iniciados.
Y no es que el nuevo presidente no haya dicho cosas con contenido económico... Lo que pasa es que a veces las palabras se quedan cortas frente a los hechos, y es más significativo lo que ha sucedido desde que ganó las elecciones que lo que dijo ayer. Por ejemplo, fue importante que Obama hubiera dicho que la crisis económica fue causada por la codicia. Convengamos que hablar mal de la codicia en ese paraÃso del capitalismo salvaje que es Estados Unidos constituye un precedente de marca mayor. Pero los hechos limitan los alcances revolucionarios de esa afirmación: hace pocos dÃas el mismo Obama movió los hilos para desatascar el segundo tramo del paquete de 700 mil millones de dólares que el Congreso habÃa autorizado al gobierno de Bush para rescatar a los codiciosos por excelencia: los bancos que protagonizaron la crisis. Algo parecido sucede con otro pasaje muy aplaudido del discurso, cuando dijo que la crisis económica requiere una acción contundente para crear empleos y restablecer las bases del crecimiento. Esas palabras sonaron como música para una multitud aquejada por el creciente desempleo, pero si ese fuera su objetivo primordial no estarÃa apoyando el plan de estÃmulo económico de 825 mil millones de dólares propuesto la semana pasada por la mayorÃa demócrata, cuya tercera parte corresponde a alivios tributarios que tienen un menor impacto que el gasto público sobre el crecimiento y el empleo. ¿Entonces Obama tiene una agenda oculta para beneficiar a unos cuantos? No. Lo que pasa es que estamos ante un presidente más pragmático y menos romántico que el que muchos querÃan ver. Él sabe que la economÃa no sale adelante si no se salvan los bancos que irrigan liquidez (aunque para ello haya que ayudar a los codiciosos), y también sabe que si no les da contentillo a los parlamentarios republicanos con alivios tributarios, su plan no pasa por el Congreso. Ese pragmatismo quedó claro en su discurso, cuando propuso algo que a muchos les produjo escalofrÃo: que el problema del gobierno no es de tamaño sino de resultados, y que el mercado en sà mismo no es malo ni es bueno. Asà las cosas, tal vez el aspecto económico más importante del discurso de Obama no haya sido el contenido de sus palabras sino su capacidad para sembrar optimismo, en momentos en que el pesimismo está profundizando la crisis. En ese sentido los indicios podrÃan ser buenos, a juzgar por la multitud esperanzada que se reunió a ver su posesión, de no ser porque a pocas cuadras de ahà la Bolsa de Nueva York cayó estrepitosamente. MAURICIO REINA
INVESTIGADOR ASOCIADO DE FEDESARROLLO*
PARA EL TIEMPO
*Los comentarios expresados en esta columna no comprometen a la institución.
- Publicación
- eltiempo.com
- Sección
- Internacional
- Fecha de publicación
- 20 de enero de 2009
- Autor
Patrocinado por:





