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Espíritu de Cuerpo Militar

A finales del siglo que ya es pasado, un notable columnista de este diario anunciaba con acento triunfal que se había roto el espíritu del cuerpo del Ejército. Grave, gravísima equivocación conceptual. Quizá esto podría decirse de la guerrilla narcotraficante, donde su accionar se solidifica en la complicidad de una asociación para delinquir, que hoy evidencia serio resquebrajamiento. Jefes que desertan y acusan a los que fueron sus camaradas. Un escolta que asesina a su jefe y presenta su diestra cercenada como prueba para ganar recompensa. "Ajusticiamientos" tenebrosos dentro de la propia fuerza combatiente.

Jamás el espíritu de cuerpo puede confundirse con complicidad. El columnista, para sustentar el título de su escrito, presenta el caso de los 27 militares retirados por supuestos delitos contra el Derecho de Gentes. Veintisiete casos de distinto alcance, carácter, lugar y tiempo aún no comprobados, así en algunos de ellos existieran serios indicios de culpabilidad, no pueden tomarse como ejemplo condenable para una institución de 140 mil hombres, unidos en un mismo propósito de defender una sociedad amenazada y un Estado blanco de la barbarie. Si esa sociedad y ese Estado no se han derrumbado, es precisamente porque el espíritu de cuerpo, entre otras virtudes de nuestro Ejército, ha tendido en torno a ellos una coraza de entrega, sacrificio, unidad espiritual, propósito noble y generoso de servicio.

El espíritu de cuerpo es amor por la institución íntimamente compartido por sus miembros. Mística por servir a esa entidad histórica que resume en su alma intangible un pretérito grande y glorioso. Dentro del Ejército, el espíritu de cuerpo expresa los mismos sentimientos y valores en torno al Batallón, la Brigada, la División, a los que sirve con lealtad, sacrificio, entrega generosa de todas las facultades intelectuales, profesionales y afectivas.

No, don León Valencia. El espíritu de cuerpo en el Ejército no se ha roto, gracias a Dios, al cuidado de valores transmitidos y cultivados de generación en generación, que la bien larga sucesión de comandantes ha tenido el cuidado de preservar. Si en algunos casos ha existido esa perversa interpretación de que el espíritu de cuerpo obliga a callar, a ocultar, a proteger el delito, se deben sancionar con toda la energía y la autoridad que proporcionan a los comandantes el Código Penal y el Reglamento de Régimen Disciplinario para las Fuerzas Militares.

Solidaridad sí hemos tenido, cimentada en el genuino espíritu de cuerpo, hacia compañeros injustamente acusados de delitos inexistentes, o expulsados de las filas donde militaron con honor, dignidad, disciplina y conducta intachables, pero que en una situación compleja y confusa resultan incriminados, no pocas veces por organismos oficiales precipitados, impulsivos o ignorantes de aspectos castrenses que no se tienen en cuenta al prejuzgar y condenar sin averiguar siquiera y muchas veces investigar dentro de la juridicidad del debido proceso.

En esta columna se defendieron, en su momento, generales, oficiales de distintos rangos y comandantes con posición de garantes. Invariablemente sobre sólidas bases probatorias de inocencia. Buena parte de los defendidos fueron rehabilitados más tarde por la Fiscalía, Procuraduría, Justicia Ordinaria, para no mencionar la Penal Militar, que el articulista considera cómplice dentro de su peculiar concepción del Espíritu de Cuerpo del Ejército. En esos casos, el mal ya estaba hecho, el honor del oficial mancillado, el profundo daño moral a él y a su familia irreversible. Recordemos algunos pocos nombres: Farouk Yanine, Álvaro Velandia, Rodrigo Quiñones, Héctor Martínez, Jaime Uscátegui... Jefes todos distinguidos, prestigiosos, de dignas y brillantes carreras profesionales.

Un distinguido escritor público, con responsabilidad informativa hacia sus lectores, debería profundizar un poco en sus juicios antes de consignarlos en columnas leídas por miles de colombianos poco conocedores de los temas castrenses y menos aún del alma militar de nuestro Ejército. 

Publicación
eltiempo.com
Sección
Editorial - opinión
Fecha de publicación
15 de enero de 2009
Autor
Álvaro Valencia Tovar

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