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Ni perdonan, ni olvidan, ni aprenden

Díjose de los Borbones que no olvidaban ni perdonaban. Eso le pasa al Banco de la República, con el añadido de que tampoco aprende. Hace exactamente diez años quebró al país con una enloquecida carrera alcista de los intereses, para defender la banda cambiaria, que finalmente necesitaba cualquier cosa, menos un defensor de oficio. Hoy vuelve a las andadas, con el mismo previsible resultado, y ahora con el falso argumento de combatir la inflación, que en época de crisis sabe combatirse sola.

El inolvidable Pablo VI dijo que la Paz tenía un nuevo nombre, que era el Desarrollo Económico. Con lo que entiende cualquiera, al parecer con la excepción de los inquilinos de la Jiménez con 7a. que la falta de crecimiento económico es la más fértil semilla de la injusticia social.

Los directores del Banco se asustaron con el ritmo económico que Colombia traía y resolvieron producir el suave aterrizaje que nos tiró de barriga contra el piso. Y nos tiene creciendo al 3 por ciento, como lo vaticinamos hace exactamente un año.

Aquello de ofrecer intereses del 10 por ciento anual, cuando en el mundo rico andan en cero, o en 1 en el mejor de los casos, es una clara insensatez. Que nos está produciendo una nueva revaluación mentirosa del peso, empujada por las golondrinas viajeras que vienen a buscar tan dulce abrigo, causa de la ruina de los exportadores, los agricultores y los empresarios de todos los tamaños.

El interés alto no solo auspicia el valor excesivo del peso. Demerita el mercado bursátil, lo que de paso deja en la calle centenares de miles de colombianos que le apostaron al desarrollo, para servir de perverso incentivo a la especulación y la holgazanería. Cuando es tan rentable ganar sin trabajar, pasa lo que en Cuba, donde los jóvenes descubrieron que les basta con la cartilla de racionamiento y les sobran las ocho o diez horas de cotidiano esfuerzo para ganar el pan. De manera que a vivir de la renta se dijo, que el Banco de la República nos mantiene. Con la plata de los demás colombianos, claro está.

La cuestión de las tasas de interés y de los capitales golondrina que arrastra no es la única falacia de mercado que pueden padecer los productores colombianos. Con el precio de la energía pasará otro tanto, si se confirma su manejo absurdo. Los combustibles a precio de ciento cincuenta dólares el barril de petróleo, cuando bajó de cuarenta, saca de competencia la industria colombiana. El que genera con Acpm está en la olla, mientras el precio del transporte va contra todos. El Fondo de Estabilización es la única idea no creíble de las muchas buenas que le hemos oído al excelente Ministro de Minas y Energía.

Y viene otra muy mala noticia. Estamos pagando una energía eléctrica carísima, del doble de la que paga un industrial en los Estados Unidos. Y parece que viene lo peor. Cuando los embalses rebosan, las distribuidoras amenazan con un aumento brutal de sus precios, por probable falta de agua. Y de paso, sostienen que impedírselos sería un pecado de lesa competencia económica, porque la energía vale lo que resulta del cruce de la oferta y la demanda.

Lo que no dicen es que esa oferta está propuesta en un cartel de cuatro vendedores, que abusan de su posición dominante. Al fin harán lo que les dé la gana. Si mal les va, la Superintendencia de Industria y Comercio les impondrá una multa ridícula, como la de las cementeras que quebraron al competidor que no les gustó, bajando el precio para subirlo ahora, y para siempre, hasta donde les llegue el apetito.

Tasas de interés, petróleo y energía eléctrica. Tres falacias de mercado que pueden ser los grandes enemigos de la competitividad colombiana en estas horas cruciales. 

Publicación
eltiempo.com
Sección
Editorial - opinión
Fecha de publicación
14 de enero de 2009
Autor
Fernando Londoño Hoyos

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