Los productores de Crepúsculo (Twilight, 2008) llevaron a cabo la alquimia perfecta del éxito. La pelÃcula, con un presupuesto estimado de 37 millones de dólares, recogió en su fin de semana de estreno casi 70 millones en taquilla y a mediados de diciembre ya habÃa superado los 150 millones sólo en los Estados Unidos.
Más allá de la adaptación de un best seller que tenÃa una legión enorme de fanáticos, el filme dirigido por Catherine Hardwicke supo capturar con fortuna el espÃritu adolescente -son ellos el público objetivo- al ofrecerles una melodramática historia de amor en la que muchos (y sobre todo muchas jóvenes) se vieron reflejados. La pareja protagónica (Kristen Stewart y Robert Pattinson) es atractiva, tiene quÃmica y aprende que el camino del amor tiene senderos cubiertos de sufrimiento.
¿Esto la convierte en una buena pelÃcula? No. El tema del vampirismo -aquà demasiado estilizado y sublimado- añade sabor a un relato entretenido y simple en sus intenciones, que no va nunca más allá de lo predecible en el accionar, y en lo preconcebido de unos diálogos almibarados que provocan más de un suspiro entre el joven grupo de espectadores.
La pelÃcula refleja una curiosa sintonÃa de intereses entre unos cineastas dispuestos a sacar partido a una historia jugosa y un público deseoso de ser cautivado, de que les cuenten algo que se parezca a la situación que viven (los dolores y la soledad de la adolescencia, el temor al rechazo del que es nuevo en un sitio, las dificultades de adaptación, el flechazo del primer amor, la ansiedad por tener el objeto amado cerca, la aceptación de lo que no puede cambiarse, la disposición al sacrificio romántico). De ahà la habilidad de los responsables de Crepúsculo, capaces de canalizar todo esto y convertirlo en un producto comercial atractivo, limpio, incapaz de provocar el rechazo adolescente.
Y eso es una gran virtud, pues se trata de un segmento de público extremadamente voluble, exigente y difÃcil de complacer: o bien se obsesiona con algo o lo rechaza de plano si no lo ven válido. Algo entonces pareció funcionar muy bien. No sé cuánto del mérito se deba a la novela de Stephenie Meyer, que desconozco, pero igual los fenómenos de masa escapan muchas veces a los designios de la lógica.
¿Y el público adulto qué debe hacer? Resignarse a que la pelÃcula transcurra y, quizá, rememorar épocas lejanas de mordisquitos adolescentes que causaban temblores.Â
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