La tesis de que Colombia y otros paÃses emergentes se mantendrÃan indemnes de la huracanada crisis global va desvaneciéndose a medida que se observan sus repercusiones y se debilitan indicadores claves de la actividad económica. Para no ir muy lejos, aquà se ha sufrido la baja del crecimiento del Producto Interno Bruto de 7 por ciento a 2 por ciento anual, con fuertes reducciones de la industria, el comercio y la construcción y con aumento anual de 12,6 por ciento del desempleo, equivalente a dos millones ciento dos mil personas desocupadas.
Sin que se pregunte cómo subsisten, se alimentan y viven, ni cómo se podrÃa prestar atención y ayuda a su amarga existencia, distintas de las que eventualmente arranquen a la adversidad por sus propios medios, lÃcitos o ilÃcitos. Habiendo la posibilidad de que su número aumente, en vez de reducirse, parece necesario encarar el problema y no abandonarlo a merced de un eventual agravamiento de las circunstancias. Colombia requiere plan y concierto reflexivo para enfrentar con criterios constructivos las dificultades de la hora.
Tanto más cuanto en Estados Unidos se espera profunda contracción económica en el primer semestre y lento crecimiento compensatorio en el segundo. Pese a que el Banco de la Reserva Federal emite rÃos de dólares y el Tesoro se la juega multiplicando su deuda al favor de la confianza internacional en sus papeles de exiguo o nulo rendimiento. Complementaria e innovadoramente, el presidente electo, Barack Obama, prepara, con su equipo de colaboradores, un conjunto de medidas de estÃmulo económico y asistencia de los desempleados que capaciten a los consumidores para volver a gastar y robustezcan la decaÃda demanda de bienes y servicios. Fracasada nuevamente la teorÃa de la oferta y obstruidos los canales del crédito, a aquella, la demanda, keynesianamente se mira.
Hasta ayer no más, el objetivo primario era el de contener la inflación. Lo demás, por sustantivo que fuera, se dejaba al juego libérrimo y también especulativo de los mercados, con las duras consecuencias experimentadas. Sorprende que en la actualidad preocupe a la Reserva Federal que la inflación caiga por debajo del nivel (¿cuál) que se considera prudente. Actitud impensable en años y aun en meses atrás, cuando todo convergÃa a espantar el fantasma inflacionario. El propósito esencial pasa a ser, ahora, el de poner a andar la poderosa y determinante economÃa.
Grande apuesta cuyos resultados deberán justificar la destinación de gigantescos recursos, en la misma forma como la reactivación habrá de premiar los esfuerzos por revivir el averiado dinamismo económico. Si ello no acarreara desvalorización traumática del dólar y si fuera compensado por la creación generosa de bienes y servicios, se habrÃa cumplido la tarea apremiante y se habrÃa vuelto a abrir cauce seguro para una prosperidad mejor balanceada y más equitativa. Como comienza a hacerlo el presidente entrante proponiendo, por ejemplo, el establecimiento de subsidios fiscales para los niños cuyos padres no alcancen a ser contribuyentes del impuesto sobre la renta.
Se ha manifestado el temor de que el apretón del comercio mundial induzca a devaluaciones competitivas de las monedas o a elevación traumática de los aranceles, como ocurriera en 1930, siendo Herbert Hoover presidente de Estados Unidos. En otras palabras, un brote de proteccionismo hirsuto de la arcaica naturaleza de aquel. Es entendido, sin embargo, que de tener éxito las polÃticas de reanimación de la demanda interna en esa nación y en otras desarrolladas, sus gobiernos no se sentirÃan inclinados a obtener coercitivamente de fuera lo que no consiguieran de adentro.
Por ese motivo, y por muchos más, interesa a los paÃses emergentes que la ardua empresa de recuperación y estÃmulo de las economÃas mayores se cumpla con celeridad y culmine cuanto antes con éxito. Lo cual no excluye sus propios e ineludibles esfuerzos por contrarrestar la onda recesiva.Â
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