La Avenida Madison en la Boyacá

La Avenida Madison en la Boyacá


25 de diciembre de 2008, 05:00 am

Cada día parece que nos bombardean con más propaganda. Si alguien ha ganado este mundo ha sido la gente de la Avenida Madison. ¿Quién hace trescientos años hubiera previsto la gran ascendencia del aviso comercial?

La batalla por el control de nuestra atención se pone cada día más, lo que el filosofo alemán Adorno nombró como "el terror de la propaganda". Mientras nuestro espacio sano se está achicando frente a la nueva tecnología (siempre presentando nuevas situaciones donde buscan convencernos de comprar), otros espacios se cierran. Los avisos públicos mandados por "amigos" en Facebook remplazan los movimientos sociales espontáneos "ilegales". Esos anuncios son mensajes de un colectivo, representaciones que a pesar de la modernización (o falta de modernización) demuestran que estamos juntos en algo, aunque sea un gusto por el vallenato, o una región. Esta semana, uno de los espacios más antiguos de nuestra polis se ha eliminado: el afiche callejero. La Resolución 4462 que tomó efecto el 8 de diciembre propone terminar con los avisos callejeros, subiendo las multas y cobrando hasta a las empresas que los patrocinan.

En mis pocos años en Bogotá, los afiches han sido como la revista 'Plan B' hecha pública. En la calle, uno se puede enterar de los varios eventos que ofrece Bogotá: teatro callejero, conciertos, o manifestaciones (en el caso de Bancolombia, hace unos meses), y eso sin incluir el 'papelitti' de varios artistas que optan por el afiche en lugar del trazo. Detrás de esa industria, que EL TIEMPO ha denominado la mafia de pegoteros, hay impresores que han publicado afiches desde el comienzo de siglo XX.

Los hermanos Roa Riccardi, por ejemplo, heredaron una impresora de su padre, un inmigrante de Italia. Tal vez lo que haya preservado esa tradición era la impresión barata. Uno podría comunicar el mensaje sin gráficos, ni 'photoshop', en un tinta por mucho menos que una publicidad en el periódico o la televisión. Ahora, algunas de esas empresas, clubes, teatros y grupos de música no van a poder pagar propaganda. Además, aunque Pepe Pegotero, capo de una de las supuestas mafias, no lo crea, de un punto de vista estética las litografías son muy únicas (su equivalente en la costa caribeña son las paredes pintadas, otra forma divina de comunicarse con el público). Café en la Macarena muestra fotos tomadas por el dueño de paredes cubiertas de afiches. Como en el arte de Warhol, o el arte geométrico de Latinoamérica, la fijación de afiches muestra simetría y belleza en producción masiva.

Si nos ponemos a pensar en los espacios donde se pegan avisos, estos son realmente sitios feos, vacíos de contenido estético, no lugares -en las palabras del sociólogo francés Marc Auge-, paredes donde nos hemos acostumbrado a buscar dónde va a tocar el próximo concierto o la próxima obra del Teatro Nacional.

Desde que anunciaron la nueva ley y su imposición este lunes, el pegamento de los afiches en la 7ª. y La Circunvalar se ha congelado. Tendremos que ver si esa tendencia sigue en los próximos meses o si es solo una interrupción de la programación.

jesse.tangenmills@gmail.com