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La hora de la decisión
Álvaro Uribe Vélez es, sin duda, uno de los mejores presidentes que ha tenido Colombia en los últimos tiempos. Fue el mandatario preciso que el país reclamaba en un momento crucial de su historia. Identificó la necesidad más sentida de sus compatriotas, asumió el reto de recuperar la seguridad en una nación amedrentada y pesimista, y logró que los colombianos recuperaran la confianza en sí mismos y en su país. Por ese solo hecho pasará a la historia, dejando un punto muy alto para cualquier mandatario que venga después.
La pregunta es cuándo debe llegar el sucesor. No antes de seis años, opinan los 4 millones y pico de ciudadanos que firmaron el hoy embolatado referendo reeleccionista. Pero otra cosa está pensando un significativo y creciente número de colombianos que se han destacado por su uribismo y que hoy coinciden en señalar la inconveniencia de un tercer mandato continuo. Desde los propios ex consejeros presidenciales Fabio Echeverri y Rudolf Hommes, pasando por el ex vicepresidente Humberto de la Calle, el historiador Eduardo Posada y el economista Carlos Caballero Argáez, hasta el presidente del BID, Luis Alberto Moreno, o el cantante Juanes, todos estos francos defensores del presidente Uribe han hecho saber últimamente que no ven con buenos ojos su segunda reelección. Y tienen razón.
Este diario apoyó la primera reelección de Uribe y no dudamos de que fue una decisión correcta. La abrumadora mayoría de 7,4 millones de votos con que fue reelegido (más que en su primera elección) confirmó que la mayor parte del país también era partidaria de prolongar la gestión de un mandatario que había golpeado de tal manera a la subversión y dinamizado la economía. Pero no es menos cierto que introducir la figura de la reelección presidencial para favorecer al Jefe del Estado en ejercicio implicó duros choques políticos, agrias controversias jurídicas y traumas institucionales que Colombia no debe repetir. Una cosa -deseable- es reelegir estrategias y políticas de Álvaro Uribe y otra es pensar que sólo él es capaz de continuarlas.
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La historia ha demostrado una y otra vez los peligros de la infatuación colectiva con líderes infalibles o eternos, que puedan colocarse por encima de las instituciones que han jurado defender por creerse imprescindibles. Una nueva reforma de la Constitución para permitir un tercer gobierno consecutivo del presidente actual no sería saludable para la democracia colombiana, ni para el país en general, ni para el propio Álvaro Uribe. De ese modo lo hemos expresado en este espacio en más de una ocasión, así como reiteramos que la incertidumbre creada por la deliberada indefinición de Uribe respecto de sus intenciones acarrea crecientes costos políticos y legislativos. Lejos de favorecer su gobernabilidad, como algunos pensaban, la perjudica de manera cada vez más evidente.
Los grandes dirigentes saben reconocer cuándo llega la hora de la pausa o del retiro del poder. Así sea temporalmente. Y en este sentido, lo deseable es -como también lo hemos dicho aquí- que un líder con las reconocidas capacidades de Álvaro Uribe pudiera aspirar a gobernar otra vez a Colombia, tras entregarle la jefatura del Estado a alguien que pueda continuar los grandes lineamientos de su gobierno y exhibir similar ejemplo de entrega y trabajo. Otra cosa es que el proyecto de referendo que permitiría esta posibilidad salga airoso del Congreso; que las autoridades electorales avalen la forma como se financió la recolección de los 4 millones de firmas; que el proyecto pase el examen de la Corte Constitucional y que más de 7 millones de colombianos salgan el año entrante a votarlo afirmativamente. Cuatro incógnitas mayores.
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El difícil momento que hoy atraviesa la administración Uribe es esgrimido por algunos sectores como el principal motivo para que el Primer Mandatario no insista en lanzarse en el 2010. El evidente desgaste personal y político generado por la crisis de las 'pirámides', los falsos positivos y las sombrías perspectivas económicas han estrechado su margen de maniobra. Sin embargo, las razones para considerar inconveniente la segunda reelección no pueden partir del impacto que los temas de coyuntura ejercen sobre el ambiente político, ni de los sube y baja de las encuestas. Son más de fondo y tienen que ver con la estabilidad y coherencia institucionales y el equilibrio de los poderes públicos en una democracia. Si mañana Uribe regresa a sus astronómicos índices de aceptación, ¿la reelección en el 2010 sería entonces más conveniente que hoy? Tal conclusión no resultaría seria. Al contrario, lo que debe primar en esta discusión nacional es una mirada al horizonte de mediano plazo. Además de los inconvenientes políticos ya mencionados, el Presidente tiene en sus manos la más trascendental decisión para el futuro institucional de Colombia: cómo cerrar este segundo período con broche de oro y sentar las bases para una transición al próximo ocupante de la Casa de Nariño. El legado más importante de la era Uribe radica no tanto en su carisma como líder político, sino en los ejes en torno de los cuales gira su visión de país: la seguridad democrática y la confianza inversionista. En esto coincidimos con el Presidente. Son estos exitosos elementos los que Colombia debe reelegir. Pensamos que ha llegado el momento en que Álvaro Uribe debe decirle de manera clara e inequívoca al país que no aspira a ser elegido por tercera vez en el 2010 y que los veinte meses que le restan de mandato los dedicará a gobernar con la continuación de sus políticas como objetivo central. De tomar esa decisión, garantizará la vitalidad de su legado por una generación más y dará una muestra de grandeza que la historia no olvidará.
- Publicación
- eltiempo.com
- Sección
- Editorial - opinión
- Fecha de publicación
- 13 de diciembre de 2008
- Autor
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