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Lunes 27 de febrero de 2017

Opinión/Él, Claudio/Jesús Alberto Sepúlveda Grimaldo

Reflexión

Por: Redacci�n ELTIEMPO

Claudio Anaya Lizaraso escribe cuentos breves para leer en una sola respiración. Todos ellos se devoran, se enriquecen, palpitan y se estremecen en un solo y perdurable aliento contenido.

Leyéndolos sentimos y sufrimos de pronto la deleitable incertidumbre de la próxima palabra, del final irremediable y sorprendente sin presagios posibles a nuestra imaginación aventurera.

El Libro me llegó a esa hora imperdonable e inaguantable de algún domingo cuando ya no deseamos nada terrenal y nos abandonamos resignados a la aparición urgente de los lunes; y se deslizó entonces entre un mamometro de papeles y transcurrieron varios días antes que él, él libro de Claudio volviera a flotar sobre la superficie.

Lo leí entonces de un solo tirón, de una sola respiración hasta quedar exhausto y complacido, como en un orgasmo de voces y de historias. Trece relatos. Trece de pronto por aquello de los agüeros y el azar de la que tampoco escapa la literatura.

Remembranzas que nos trasladan de pronto a una casa grande 'espaciosa, que asumía dimensiones fantásticas en la visión de la niñez'; la misma casa que nos habla desde sus corredores y columnas de madera para devolvernos en el tiempo y la nostalgia el tesoro insobornable de todos los recuerdos y de todas las nostalgias.

Luego el desierto inabarcable de la vida, la ensoñación de la realidad que nos duele y nos apremia cuando soñamos despiertos mientras avanza la noche en la vecindad palpitante de la mujer que amamos en el mismo sueño y en la misma cama para terminar creyéndonos que todo tiempo pasado fue mejor.

Otra página, otras páginas para seguir de la mano de Claudio sobre 'Aves y Condenas', para descubrir esa culpa Kafkiana y que llevamos todos dentro como un destino tan impune y tan inevitable: la prisión del alma de la que nunca podremos escapar; el delito que nunca confesamos por vergüenza y un pájaro agorero que nos niega la más remota oportunidad de salvación.

O la mujer que nos persigue inclemente en los bordes imprecisos y abismales de un sueño recurrente que no nos dejará dormir jamás; la mujer inalcanzable, inabordable tan imposible y a la vez tan obstinadamente recurrente entre la lucidez y la locura de nuestro equilibrio tan precario y amoroso.

Un puente después para habitar como sonámbulos las entrañas de un pez nervioso y evasivo que nos juega a las escondidas entre ventanas callejeras lavadas por la lluvia y un ejército de hombres reptiles que invaden las habitaciones sombrías de nuestra propia casa, de nuestras propias almas.

El texto bíblico pronunciado en silencio en la mitad de la pesadilla, unos milímetros, unas fracciones de segundo antes del paisaje marítimo y del instante inevitable de la definitiva caída.

Trece respiraciones para redescubrir nuestra fragilidad de humanos, demasiado humanos; para perdonarnos de pronto nuestras debilidades y nuestras imperfecciones, en esa visión tan limpia y serena de Claudio, donde cada cosa, cada ser y cada episodio son llamados por su verdadero nombre, en ese oficio artesanal y minucioso sin pretensiones de grandeza ni exageraciones verbales, reservado tan sólo a los verdaderos hacedores de historias perdurables.

Por Jesús Alberto Sepúlveda Grimaldo
Escritor
 

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