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Del amor, simplemente
De pronto, el amor sucede y todo lo transforma y ciertamente a uno le habrÃa gustado que fuera diferente. Es tal vez por eso por lo que mientras nos consumimos arrasados por su fuerza sobrenatural, preferimos acudir al pobre consuelo de recrear con razones y argumentos lógicos cómo nos habrÃa gustado que fuera, en qué tiempo, bajo qué circunstancias, y lo rehacemos con la cabeza y con todo lujo de detalles en un ejercicio primoroso pero inútil, porque el amor se impone y punto. Y más habrÃa valido cruzarse de brazos y dejarse llevar sin resistir. Porque lo cierto es que, desde el principio, no solo no habÃa nada que hacer, sino que tampoco habÃa que hacerlo, porque no serÃa amor si no te atravesara el alma, te obligara a entregar hasta los huesos y te lo quitara todo hasta dejarte desnudo, como en el principio.
En estos dÃas de grandes titulares pasó de agache el debate por la regulación de los derechos de las parejas homosexuales. Yo soy católica practicante y heterosexual. ¿Pero esa, que es mi esencia, me otorga el permiso de regular la experiencia de otros? ¿Acaso puedo exigirle a alguien que renuncie a su amor porque no se parece al mÃo? El amor es como es y nada en su naturaleza se expresa por fuera de Dios. Nada. Es por eso por lo que lo reconocemos como la máxima expresión de lo sagrado. ¿Puede el derecho declararse superior al amor? No. Y que ni aspire, porque ni puede ni le corresponde.
En cambio, la regulación de los derechos de las parejas homosexuales, un espacio más para la divergencia, sà que es un debate de todos y su defensa nos conviene porque implÃcitamente amplÃa sus responsabilidades y mejora sustancialmente las disposiciones que protegen a las familias, independientemente de cuál sea su composición, con lo que se rompen asà las fronteras que impiden la integración y el desarrollo.
No voy a simplificar este tema hasta la pequeñez, ni voy a pretender que está exento de matices, cuyo análisis evitara los posibles abusos, pero, hasta ahora, las argumentaciones no se afilian con el respeto a la vida y a la dignidad de todas las personas, sino a nuestros miedos, furiosos y demoledores.
Hay quienes, valiéndose de la religión, como una motosierra que despedaza la vida, manifiestan también en la diferencia, dictan lo que hay que hacer en el nombre de sus represiones y no del Dios que dicen representar y cuyo mensaje, que enseñó como Dios encarnado y desde esa condición humana, llama a entender al otro con misericordia y compasión.
Este paÃs ha pagado el alto precio de una guerra en cuyos móviles está el avalar la violencia para acabar con la diferencia, la protesta, el disenso, la pobreza. TodavÃa no se denuncia en voz alta, por ejemplo, que dentro de las vÃctimas favoritas de los grupos armados y bandas criminales están quienes expresan su sexualidad de manera diferente, vÃctimas especiales, además, por cuanto sus muertes se han dado en el marco de actos de extrema sevicia.
Si existe un camino de regreso a casa, a la civilidad, a la paz; si existe una justicia que no solo se empeñe en restituir y reconocer los derechos de quienes han sufrido, sino que, además, promueva la reconciliación, ese camino viene de la mano de borrar de tajo toda esa moral perversa que ha avalado la existencia de ciudadanos de segunda o, peor, de seres humanos sin derecho a vivir dignamente. Y será allà donde volvamos a encontrarnos, porque, para conseguirlo, no solo necesitaremos coraje sino, por supuesto, mucho, muchÃsimo amor.
- Publicación
- eltiempo.com
- Sección
- Editorial - opinión
- Fecha de publicación
- 12 de octubre de 2008
- Autor
- Natalia Springer
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