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La osada película de un cobarde

En este mes de octubre se estrenará la primera película colombiana que intenta hacer sonreír a partir de la guerra. Con irreverencia total, asume el riesgo de no dejar títere con cabeza.

 Desde su mismo título, Los actores del conflicto lleva una carga de ironía profunda, un venenito que no es nuevo en la filmografía del director Lisandro Duque, un hombre de humor zumbón que pareciera derivar inmenso placer de las muchas ocasiones en que les saca la lengua al trascendentalismo, la prosopopeya, los protocolos, la circunspección y todas las formas que suele adoptar la vanidad cuando intenta pasar desapercibida.

Por eso un día de hace diez años, a fuerza de escuchar en boca de las ONG, sociólogos, violentólogos y periodistas la frase "los actores del conflicto", uno de los tantos eufemismos con los que a punta de retórica se pretende disminuir la gravedad de nuestras tragedias, a Duque se le ocurrió escribir una historia en la que unos actores de verdad se metieran dentro del conflicto. Una vez terminado el guión, lo envió a un concurso del Ministerio de
Cultura... y ganó.

Tiempo después recibió un cheque por 130 millones de pesos  -US$60.000 de la época- y he aquí que nueve años más tarde, refinanciación tras refinanciación y en el doble del tiempo empleado por Francis Ford Coppola para producir ese hermoso galimatías llamado Apocalipsis ahora, se estrena en Colombia Los actores del conflicto. Un ritmo de producción que habla a las claras de las dificultades que debían (?) superar los cineastas colombianos antes de la aparición de la ley de cine, si bien la película de Duque quedó a horcajadas entre la reglamentación anterior y la nueva.

Previsto su estreno para el pasado mes de julio, Los actores del conflicto debió aplazarse una vez más porque el cantautor uruguayo Daniel Viglietti desautorizó el uso de su canción A desalambrar en la banda sonora. Previamente había dado aprobación verbal, pero al ver una copia enviada por la producción para ultimar los detalles del contrato, cambió de opinión y dio a entender que la película no le parecía políticamente correcta. Antes de meterse en demandas y contrademandas, costosas en términos de tiempo y dinero, Duque decidió volver a cortar negativos y a reeditar dos rollos.

Y es que no es fácil extraer humor de una guerra. Se han dado casos en la reciente historia del cine y Mash, Trampa 22 y 1941 son buenos ejemplos de sátira bélica, pero fueron estrenadas años después del armisticio, con las heridas cerradas y convertidas en cicatrices.

Cobardía salvadora

Quizá las dudas de Viglietti, nacidas de esa sensación de extrañamiento que ataca a muchos extranjeros cuando miran hacia la realidad de Colombia, se deban a que se trata de una película en la que suceden cosas que de ninguna manera son el pasado, sino todo lo contrario. O al hecho de que se trata de una cinta de supervivencia y de sobrevivientes, que es lo que de alguna manera somos todos los colombianos, incluido Lisandro Duque, pues él forma parte "de una generación muy propensa al sacrificio, a veces por decisión propia. Toda esa generación de los años 60 que se enroló en la vida política, en la insurrección, que manejaba una especie de estética de la auto inmolación. Tengo la costumbre de llevar agenda desde hace treinta años y cuando me pongo a leerlas para ver qué me estaba ocurriendo por allá en el 78, lo más impresionante es revisar las listas telefónicas y encontrar que están llenas de amigos muy queridos que tuvieron, todos, una muerte violenta. Unos porque los ejecutaron, los mataron, o porque cayeron en combates. Es que me tocó una época en que la práctica política ha conllevado un riesgo".

Para comprender de verdad que Duque en verdad sí es un sobreviviente de estos tiempos violentos, hay que haber estado en alguno de esos campamentos donde la ideología acaricia los gatillos de los fusiles y luego ver la mirada sarcástica del director de cine y columnista de prensa. Es un milagro que no le hayan dado por la cabeza para cobrarle su gusto por encontrarle el lado jocoso a la vida en medio de las circunstancias más difíciles y por su temperamento abierto y democrático, en el sentido más ateniense del término, que resulta incompatible con el ejercicio de la política, sea esta de izquierda o de derecha.

Cuando en la Universidad Nacional ingresó a la Juventud Comunista en 1969, "tenía amigos en todos los grupos políticos. Era el único que tenía buenas relaciones con maoístas, troskistas, camilistas y etcétera, lo cual a veces me generaba amonestaciones por parte de la dirección de la Juco. Me llamaban liberal porque nunca fui tan sectario como lo reclamaban esos años y creo que de eso se dieron cuenta muchos amigos de la mía y de otras organizaciones, hasta que llegó un momento en que todos aceptaron que debían ser muy condescendientes conmigo".
Lisandro era un caso perdido porque no lograba odiar o excluir a nadie, pensaban muchos de los militantes de todas las organizaciones políticas de entonces, que hoy son sus amigos.

Era una época en que los grupos rivales "se propinaban garrotazos y pedradas, y no era raro que salieran a relucir los cuchillos. Pero por fortuna yo le he tenido un pánico enorme a las armas, veo un alfiler y salgo corriendo porque no tengo temperamento para correr grandes riesgos. De modo que me salvó mi cobardía...".

¡Qué decepción, Daniel Ortega!

Después las 'fiebres' pasaron y el sociólogo activista se convirtió en cineasta "porque ocurrieron una serie de hechos muy decepcionantes en el seno del movimiento comunista internacional. Por ejemplo, nosotros festejamos masivamente en las calles la caída del Sha de Irán. Y un año después ya estábamos hasta la coronilla con el ayatola Jomeini porque no soportábamos tanto radicalismo, tanto fundamentalismo islámico". De ñapa, la revolución nicaragüense empezó a mostrar a través de sus jefes conductas bastante discutibles para izquierdistas que de algún modo tenían convicciones algo calvinistas y que eran espartanos, muy medidos en sus conductas respecto al consumo y el derroche: "apenas empezaron a filtrarse informaciones según las cuales el comandante Daniel Ortega tenía una colección de gafas de marca, a mí por lo menos me produjo una enorme decepción", recuerda Duque.

Después el imperialismo soviético fue expulsado de Afganistán, Polonia dijo no más, cayó el muro de Berlín y se derritió la cortina de hierro y todas esas cosas juntas, según Duque, generaron "una reflexión que nos condujo a ver la vacuidad de esa intolerancia que teníamos los unos frente a los otros en el interior de las distintas organizaciones políticas".

Hilando un poco fino, y de nuevo en el presente, la película Los actores del conflicto parecería ser no solo una sátira de la guerra sino de cierta persistente tendencia que impele al cine y a la televisión colombianos a recrear el conflicto. Duque dice no estar tan seguro de ello, pues no tiene un concepto muy elaborado sobre su cinta, ni tampoco plena conciencia de lo que hizo porque simplemente se dejó llevar en alto grado por el instinto. Fue como si el tema le hubiera escogido, le dictara lo que debía ir escribiendo y al final las cosas quedaron como se filmaron.

Lo que sí tiene muy claro es que desde el comienzo, cuando se sentó a escribir el guión, la intención era hacer una comedia. Pero a medida que iba avanzando en la filmación, "cuando llegó el momento de ciertas escenas muy intensas y desgarradoras, particularmente cuando los paramilitares asesinan al yogui esotérico, o cuando debíamos registrar la manera en que la guerrilla descuida el estado psicológico de sus cautivos y estos entran en un desgaste producto del ocio, del hacinamiento y del paso del tiempo en condiciones precarias, ahí la película fue adquiriendo por su propia cuenta un tono desgarrador en el que era imposible sostener el tono de comedia".

Sin embargo, persistió, sin pensar siquiera en la posibilidad de herir susceptibilidades porque desde hace mucho tiempo cree que la ejecución del arte convierte al artista "en una especie de kamikaze absolutamente indiferente a los riesgos que corra por hacer su narración".

Pirañas, paracos y farcos

Hace años, cuando Lisandro Duque filmaba en la Amazonía la serie La Vorágine, le aconsejaron no meterse en el remanso de un río porque estaba lleno de pirañas. Y en efecto, al meter una carnada salían 20 pirañas pegadas la una de la otra, pero él se metía al charco porque era el sitio ideal para grabar la pelea de Arturo Cova con Barrera. Y Duque, el cámara, el sonidista y los asistentes se metían a pesar de que durante las últimas semanas habían tenido problemas con culebras cascabel. De repente el cobarde consuetudinario asumía el riesgo de trabajar en un paraje difícil y oscuro con tal de lograr una buena escena.

Lo mismo le ocurrió con esta película: "íbamos a filmar en San Martín pero no pudimos porque la población no colaboró; estaba bajo el control y la presión del grupo Centauros de las autodefensas y nadie nos quería alquilar hotel, o darnos las 150 comidas que requería el equipo de filmación. Eso para no hablar de alquilarnos los locales que necesitábamos. Es que ni siquiera nos ayudó el cura párroco, que me echó de la iglesia cuando entré a mirarla pensando en la posibilidad de utilizarla como locación".

Les tocó entonces mudarse para Carmen de Apicalá, que en ese momento, hace cuatro años, era una zona de operaciones de las Farc, que estaban a pocos minutos, en Cunday. Para custodiarles el Ejército debía destacar diez soldados por cada recluta que les facilitaba como extra, "de modo que en escenas donde aparecían diez soldados había una compañía de cien hombres cuidándonos. Era evidente la eventualidad de un enfrentamiento y a mí no me importaba; de repente este cobarde habitual se volvió absolutamente indiferente ante el peligro. Así que ahora tengo menos miedo de que alguno de los grupos se sienta identificado en la película porque creo en la absoluta soberanía de la obra artística y en eso sí tengo cierto misticismo".

Lo que pasa es que, dadas las condiciones actuales del país, su película podría parecer una morisqueta en un velorio.
- Sí, pero no pienso hacer ninguna clase de concesión a cualquier tipo de crítica que se haga en términos ideológicos y etcétera, porque además me he dado cuenta de que el país ha sucumbido mucho ante eso. Peto Restrepo hace El cartel (de los sapos) y le toca comparecer en un programa de televisión ante el general Naranjo, como a darle explicaciones. Y además a Caracol le toca poner a los actores, al final de cada capítulo, a explicar que ellos no son narcotraficantes, que los malos son los personajes desempeñados por ellos. Eso me parece humillante, una concesión que no debería hacerse jamás. Lo mismo ocurrió con Mujeres asesinas, en que al final de cada capítulo aparecían especialistas en violencia y en maltrato familiar a explicar que eso que acababan de ver era una ficción y a tratar de extraer una moraleja pendeja. La obra de arte tiene que defenderse sola.

Entonces, ¿humor y guerra sí compaginan?
- Sí, incluso lo creí cuando durante la filmación me asaltaron dudas. Dudas que despejé en el Festival de Cine de Cartagena, cuando en un auditorio de 2.300 personas, algunas de ellas sentadas en las escaleras, la gente aplaudía y se reía, lo cual demuestra que la película no quedó tan seria y que produce hilaridad; y eso me gusta. Creo que esa es una de las patentes de corso que tiene el arte para expresarse frente a grandes públicos sin temores. 

Por: Rafael Baena

Publicación
eltiempo.com
Sección
Cultura y entretenimiento
Fecha de publicación
25 de septiembre de 2008
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