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59 años dándoles la mano a niños y jóvenes desamparados, lleva el padre Javier de Nicoló

Desde que llegó a Colombia les ha tendido la mano a más de 30 mil niños que vivían en la calle.

"Después de la Segunda Guerra Mundial los jóvenes estábamos vaciados: todo estaba destruido, pero lo primordial era no asustarse nunca", dice.

Javier, el hijo menor de la familia Nicoló, vivía en Bari, una ciudad al sur de Italia, bañada por el mar Adriático y más antigua que Roma.

"Mi papá fue herido tres veces durante la Primera Guerra Mundial, era un hombre tullido, que poco a poco quedó limitado. Pero vinieron los hijos: tres hombres y tres mujeres; tres casados y tres religiosas; porque mi mamá era una mujer muy bondadosa y decía: 'Sí mi hijo fuera sacerdote, yo sería feliz'".

En medio de la posguerra, el joven Nicoló apenas era bachiller técnico, pero no había trabajo. En ese entonces, la tesis en la Europa arrasada era servir a los demás y ayudar en la rápida reconstrucción.

Esa vocación se despertó en Javier, dejó a su familia y se fue a Nápoles, al otro lado de la bota itálica, como seminarista de la comunidad salesiana.

"Por Nápoles pasó un salesiano que había trabajado con los leprosos en Agua de Dios, Colombia, y llegó con el tema del servicio y todo el idealismo bonito que le pintan a uno cuando es joven. Me hablaron de la opción de ir a ese lugar y yo dije: 'Bueno, me voy, pero a trabajar con los pobres'".

En octubre de 1949, Javier de Nicoló desembarcó en el puerto de Buenaventura. Tenía 21 años y solo hablaba italiano.

Pero otra rebelión estalló en París, en mayo de 1968, y el ahora padre Javier no fue ajeno a esta batalla. Esta vez los guerreros eran jóvenes con ansias de cambio. Y Nicoló inició su propia revolución en Colombia.

"Formé grupos en las universidades y coros con los muchachos pobres. Estaba realizando un servicio bastante vistoso, a tal punto que las autoridades de Bogotá me dijeron: 'Por qué no hace una cosa parecida a nivel oficial'".

En 1971, el alcalde Carlos Albán Holguín convirtió al padre Javier de Nicoló en director del Instituto Distrital para la Protección de la Niñez y la Juventud (Idiprón).

Ahora tiene 80 años de edad y ya perdió la cuenta de los niños y jóvenes a quienes ha rescatado de las calles y la drogadicción. Les ha brindado la opción de convertirse en músicos, pintores, bachilleres o ingenieros -dicen que la cifra supera de lejos los 30 mil-. Ha sido como el papá de todos.

Uno de ellos, Francisco Gil, caleño. "Hace 28 años, cuando llegó a mis manos sólo copiaba las obras trágicas de Dalí. Hoy es el pintor más alegre del mundo".

La obra de Javier de Nicoló cuenta con más de 50 casas de albergue y capacitación para niños y jóvenes. Creó la Fundación Servicio Juvenil y hasta una ciudadela llamada La Florida, en la que se rehabilitan los jóvenes y el 'camello' es la moneda oficial.

"Se trata de resocializar a los jóvenes, quitarles las mañitas, capacitarlos y meterlos en el trabajo. Hubo épocas en las que tenía a casi tres mil muchachos limpiando caños de aguas negras, podando parques o reparchando calles. Entendí que no existe rehabilitación posible si no se tiene trabajo".

Pero así como tuvo que dejar hace muchos años los patines y su afición por el hockey, el padre Nicoló dejará el próximo 30 de septiembre la dirección del Idiprón.

"Cuando llegó un señor y preguntó qué estaba haciendo yo aquí con 80 años, ahí mismo dije: 'Muestre a ver el papel que yo le firmo'".

Mediante un derecho de petición, un abogado exigió la renuncia del padre por superar, desde hace 15 años, la edad de retiro forzoso establecida para los empleados públicos. Así, de un día para otro.

Bajo la boina y tras el grueso marco de sus lentes, el rostro del padre Javier deja ver algo de tristeza, un poco de indignación y cierto halo de alivio por dejar un cargo tan complicado.

Al padre Javier le gusta ser viejo, y le gusta el mar. Por eso, volverá a El Revolo, en Barranquilla.

Publicación
eltiempo.com
Sección
Bogotá
Fecha de publicación
30 de agosto de 2008
Autor

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