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Apártate de mí, Satanás

Después de que Cristo confiara las llaves del Reino de los Cielos a Pedro otorgándole un lugar prominente entre los apóstoles, sobreviene una escena que contrasta y hasta rompe con el clima de confianza e intimidad suscitada entre el discípulo y el Maestro. Jesús les anuncia a los doce que debe subir a Jerusalén para morir por la remisión de los pecados, pero al tercer día resucitaría. Pedro entonces se lo llevó aparte y trató de disuadirlo diciéndole: "No lo permita Dios, Señor. Esto no te puede suceder a ti". Pero Jesús se volvió a Pedro y le dijo: ¡Apártate de mí, Satanás, y no intentes hacerme tropezar en mi camino, porque tu modo de pensar no es de Dios, sino de los hombres". (Mt. 16,23)

Para Jesús la escala de valores estaba muy bien definida: ante todo está cumplir la voluntad de Dios, pase lo que pase y caiga quien caiga. Por permanecer fiel a la verdad no temió quedarse solo. Recordemos el día en que se reveló como el pan vivo bajado del cielo prefigurando la última cena en la cual nos dejaría su Cuerpo y su Sangre en el sacramento de la Eucaristía. El pueblo lo abandonó y hasta sus discípulos lo criticaron diciendo: "Esta doctrina es inadmisible, ¿quién puede aceptarla? (Jn. 6,60) Tampoco temió ser condenado a muerte cuando Caifás le preguntó directamente si él era el Mesías, el Hijo de Dios. Jesús respondió: "Tú lo has dicho; y además os digo que veréis al Hijo del hombre sentado a la diestra del Todopoderoso cuando venga de nuevo sobre las nubes del cielo". (Mt. 26, 64)

¡Qué valor y qué testimonio nos da Jesús para actuar siempre de cara a Dios y no de cara a los hombres! Cuando se nos presenten ocasiones de caer en pecado debemos repetir las mismas palabras, con la misma fuerza y contundencia: "Apártate de mi, Satanás". Aunque me tenga que quedar solo, pero no voy a emborracharme, no voy a robar, no voy a consumir droga, no voy a ser infiel. Es mejor quedarse solo, pero con el alma tranquila, que rodeado del halago de los necios y con el alma muerta. Cuando sienta la tentación de traicionar mis principios por dinero, por vanidad o por soberbia, diré: ¡Apártate de mí, Satanás! El pecado no es el modo de pensar de Dios, sino del diablo. La mejor forma de superar una tentación es huyendo de ella sin ponerme a negociar o creyendo que tengo la fuerza para vencerla. ¡Qué magnífica lección nos dejó Jesús: ante todo está ser fiel a mi conciencia y vivir de cara a Dios!

jmotaolaurruchi@legionaries.org 

Publicación
eltiempo.com
Sección
Opinión
Fecha de publicación
30 de agosto de 2008
Autor
José Manuel Otaolaurruchi, L.C.

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