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De vacaciones en colegio militar

Seis u ocho golpes propinados a la puerta de mi habitación, me despertaron del profundo sueño de mi primera mañana de vacaciones.

Me levanté a abrir y cuando me encontré con la cara de la camarera y le dije que era muy temprano, ella me dijo en un tono poco amistoso que eran ya las nueve de la mañana. "Muy temprano, señorita. Estoy de vacaciones".

Con estas palabras cerré la puerta y me volví a meter en la cama. Pero ya no pude volver a dormir.

En ese momento no me imaginé que este amargo despertar iba a ser de lo mas dulce de toda mi estadía en el Hotel Acuarium Decamerón, en la Isla de San Andrés.

Retrospectivamente veo que las pistas que recibimos al momento de registrarnos, no habían podido ser mas claras.

Para comenzar, al momento de recibir las llaves de nuestras habitaciones, nos advirtieron sobre las reglas del hotel. Hemos debido darnos cuenta de que estábamos ingresando a un lugar mas parecido al colegio que a un sitio de vacaciones.

Primero que todo, estaba el uniforme. A cada uno de nosotros nos instalaron una pulsera que nos identificaba como huéspedes del hotel y con ella vino la primera advertencia: "No pueden perderla porque tendrán que pagar una multa de $40.000".

Ya uniformados, se nos explicó que si bien el hotel cuenta con cinco restaurantes para el uso de los huéspedes, a ellos no se puede ingresar sin una reservación. Una advertencia perfectamente válida excepto por el horario en que se reciben las reservaciones: entre las 7 y las 10 de la mañana. Nunca he sido buena para salirme de la cama antes de las 9 a.m., y mucho menos cuando estoy de vacaciones. Pero bueno, las reglas son las reglas y hay que acatarlas.

Fue así que mi marido, aprovechando que nos habían sacado de la cama temprano, resolvió ir a reservar una mesa en uno de los restaurantes para la cena de la primera noche. Cuando llegó, le informaron que ya no había mesas para ese día. Esa noche, comimos con el resto de los castigados, en el buffet de La Barracuda, que es a donde van a parar los que no logran mesa en los otros lugares.

Esa noche nos regañaron por segunda vez. (Recordemos que la camarera ya me había ordenado salir de la cama). Un mesero, que sostenía una colección de platos sucios en las manos, nos dijo, cuando nos sentamos a la mesa: "Es autoservicio". Punto.
Solo esas dos palabras. Ni buenas noches, ni nada adicional.
Procedimos a auto servirnos una de las comidas menos apetitosas que había tenido ocasión de probar hasta ese día. En los cuatro días siguientes, la competencia por la pésima calidad se agudizó.

Al día siguiente mi esposo madrugó con el ánimo de obtener una reservación en alguno de los restaurantes. Logramos una mesa en Mamaleone, el restaurante italiano. Si La Barracuda nos dejó con el apetito intacto y el estómago vacío, la experiencia en este nuevo lugar fue peor.

Recuerdo con especial indignación el risotto. Cuando le pregunté a la mesera si estaba hecho con arroz arborio o con arroz del nuestro, ella me aseguró que se trataba de un plato hecho como Dios manda. Lo ordené.

Lo que llegó a la mesa era un engrudo húmedo, hecho con arroz colombiano, al que le habían adicionado una cantidad importante de maicena. El almidón estaba crudo y arenoso. Mis compañeros de infortunio recibieron respectivamente un trozo de carne, pedido término medio, que llegó término ocho cuartos; una pasta hecha desde muy temprano en la mañana, que había comenzado a deshacerse; un pescado gratinado con sabor a moho y una sopa de pescado de pronunciado sabor a sobre. Esta llegó tibia.

Al día siguiente, cenamos de nuevo con los castigados. Y la víspera de nuestra partida, en el restaurante La Bruja, en compañía de unos insectos de identidad desconocida pero en números considerables.

La isla de San Andrés es uno de mis lugares favoritos sobre la tierra. Me aterra pensar que el Decamerón se encargue de opacar sus múltiples encantos.

SOFÍA GAVIRIA
sofia.gaviria@gmail.com

Publicación
eltiempo.com
Sección
Otros
Fecha de publicación
16 de agosto de 2008
Autor

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