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Medallista Diego Salazar relata cómo logró su éxito olímpico en Pekín
"La presea de plata olímpica que logré en los Juegos Olímpicos en los 62 kilos de levantamiento de pesas no la conseguí el lunes. La verdad es que la obtuve desde hace mucho tiempo".
Podría decir que me la he ganado desde casi toda mi vida. Por ella me tocó sufrir y creo que más de la cuenta.
La tuve cerca, muy cerca hace cuatro años en las Olimpiadas de Atenas. Esa vez se me dobló la muñeca cuando fui a hacer un movimiento en el arranque y no pude.
Por eso la perdí. Pero desde ese momento me decidí a ganarla en Pekín, no bajé la guardia y con mucho ánimo y concentración alcancé la meta de mi vida.
Cuando íbamos en el bus, en el trayecto de la Villa Olímpica al centro deportivo, pensaba en la prueba, en realizarla bien, en cumplir con lo que habíamos planificado.
Nosotros (con el entrenador búlgaro Gantcho Karouskov,. trazamos una estrategia de ir
adelante siempre con el peso, de poner el ritmo de la prueba. En eso iba pensando, en hacer las cosas bien, en no cometer errores.
El lunes, en el coliseo (de la Universidad de Pekín), sabía que me la iba a jugar toda, que venía por lo mío. Me mentalicé, traté de estar lo más concentrado posible. Sabía que debía estar muy seguro de mí y mis capacidades. Miento si digo que no sentía lago de nervios, pero me senté en la zona que dispusieron para nosotros, los pesistas, los técnicos, los médicos, y me tranquilicé.
Claro que tenía algo de nervios, pero eso es normal, eso nos pasa a todos antes de una competencia y más en esta que es tan importante. Además, creo que es bueno sentir eso antes de salir a competir porque ayuda a no sentirse relajado. Pero logré relajarme, tranquilizarme y concentrarme porque lo más importante cuando uno va a levantar las pesas es estar concentrado y seguro, pues si uno se pone a pensar en otras cosas, de un momento a otro y sin que uno se dé cuenta, todo se viene abajo.
Antes de la competencia no hablé mucho con el entrenador. "Concéntrate. Tienes que estar concentrado durante todo el tiempo. Tu puedes hacerlo, piensa en eso todo el tiempo. Piensa en que tu puedes", era lo único que me decía.
Ahora que por pedido de EL TIEMPO intento escribir cómo me gané esta medalla de plata que tengo en mis manos; que es linda, que brilla, que tiene un ángel, que por un lado dice XXI Olímpicos Beijing-2008 por un lado, y que por el otro dice weightlifting, que es pesas en ingles, 61 kilogramos; debo contar que el momento más difícil fue cuando vi que mi compañero Óscar Figueroa no podía levantar la barra, porque de inmediato me acordé de lo que me tocó vivir en Atenas. Esos son momentos complicados, muy duros.
No sé como describir lo que sentí en Atenas ni lo que me provocó ver a Óscar adolorido y frustrado. Son cosas que, de verdad, uno espera que no se le repitan ni que le pasen a un compañero. Me di cuenta de todo lo que le pasaba y se me bajó el ánimo. Óscar es mi referente y verlo llorar me impresionó; verlo lesionado y con lágrimas fue muy complicado.
Pero tenía que reaccionar. Tenía que dejar de inmediato todo esa tristeza y todo el desconcierto; tenía que olvidarme de inmediato de todo eso y dejarlo atrás; tenía que sacarme de la cabeza lo que había visto, debía no pensar más en Óscar para meterme en mi cuento. Son cosas del deporte, que pasan y ningún deportista está libre de que algo así le ocurra.
La prueba, paso a paso
Llegó mi turno. Me levanté muy seguro. Tengo mucha fe en Dios y lo primero que hice fue rezar, pedirle a Dios que me iluminara en este día y rogarle para que todo mi trabajo de tantos años se viera reflejado en la plataforma. Tengo un escapulario, que compré este año en Buga. Lo hice bendecir y me acompañó. Lo besé siempre, segundos antes de salir a cada levantamiento
Cuando agarré la palanqueta (la barra de las pesas) hice lo que habíamos planificado para que los competidores no se alejaran mucho (levantaran mucho más peso que él), para estar cerca de ellos, y mientras mis rivales estaban en competencia yo solamente pensaba que debía superarlos. En el arranque me llevaban una ventaja de cinco kilos, pero mantuve la tranquilidad. Levante 132, 136 y 138 kilos todos en los primeros intentos. El resultado era normal, pero faltaba el envión y tenía que mantener el nivel e imponer el peso para conseguir una medalla.
Faltaba mucho todavía y sabía lo que podía hacer. Además, yo tenía la ventaja desde el comienzo porque en caso de empatar con alguno, como el chino (Xiangxiang Zhang) o el coreano (Im Young Su, de Corea del Norte) les ganaría por pesar menos (en pesas el primer factor de desempate corre a favor del deportista con menor peso corporal).
Sabíamos, por el escalafón mundial, que el chino estaba en un nivel superior, pero también sabíamos que podíamos pelear con el coreano y el indionesio (Triyanto, quien ganó el bronce).
Habíamos analizado las fortalezas y debilidades de cada uno y concluimos que el chino iba bien en arranque y en envión, que el coreano nos ganaba en arranque, pero que su debilidad era el envión. Del indonesio sabíamos que su fuerte era el envión, pero que su arranque no era el mejor. Por eso se decidió la estrategia de ponerles el paso a los demás (arriesgarse primero a levantar más peso que los otros), porque si ellos levantaban lo mismo, yo les ganaría.
Entonces levanté 163 y 165 kilos cada vez en mi primer intento. Algunos de los rivales me miraron feo cuando me crucé con ellos, pero uno no le pone cuidado a eso.
Algunos estaban como muy 'agrandados' (creídos), absolutamente seguros de lo que podían alcanzar. Se creen lo máximo, pero esto no es de creerse: todo se decide y se dice en la plataforma.
En el último intento, que fue el definitivo, la rodillera izquierda me molestó un poco y solo hice el movimiento para acomodármela. Me sentía inseguro, pero también pensaba que no podía fallar. Levante esos 167 kilos de una. Cuando solté la palanqueta le agradecí a Dios, porque lo había dado todo. Salté y le di un beso a la plataforma y también besé los discos.
El final feliz
El médico Carlos Posada fue el primero con el que me abracé, pues me recibió una vez hice el último ejercicio. Él ha estado todo el tiempo conmigo y siempre me dijo que lo podía lograr. Luego me abracé con todos los compañeros, que gritaban de emoción y estaban tan felices como yo.
En ese momento, mi hermana Nayibe, que murió hace tres años, estuvo muy, pero muy presente. Desde dónde quiera que esté, ella siempre me acompaña dándome seguridad, confianza y enviándome todas las buenas energías. Claro, fui hasta donde Óscar y le dije que lo había sentido de corazón.
Me llamaron por teléfono el presidente Uribe (de la República, Álvaro) y la ministra (de Cultura, Paula Marcela Moreno Zapata). Estábamos muy contentos. Había mucho ruido, porque no solo era la bulla de nosotros si no la de los otros (competidores).
También hablé con mi mamá (Rosalba Quintero). Me dijo que en la casa todo el mundo estaba feliz por la medalla. Yo gritaba que esto había que celebrarlo, que esto lo había soñado, que esto había que gozarlo y le daba gracias a Dios, pues sin Él no lo hubiera logrado.
Me cambié, me puse la sudadera, y vinieron a buscarnos para ir al podio. Cuando llegamos allá estaba muy, pero muy contento y también un poquito nervioso. Había alcanzado mi sueño. Yo estaba feliz y brincaba y levantaba los brazos y saludaba a los compañeros y a la delegación que me veía. A uno se le vienen muchas cosas a la cabeza y los sentimientos son encontrados. Yo quería reírme, pero también tenía ganas de llorar; y quería saltar más de lo que salté en el podio: es que es un momento glorioso, un momento sublime en la vida de un deportistas.
El podio de una Olimpiada es muy distinto a todos los demás y por eso allí celebré con saltos, gritos, sacudiendo la bandera de mi país, y mordí y besé mucho, mucho, la medalla, esta medalla de plata, que es para mi hermana, mi mamá, mi familia y para toda Colombia.
DIEGO SALAZAR
Pesista, medallista olímpico de plata
Especial para EL TIEMPO
- Publicación
- eltiempo.com
- Sección
- Deportes
- Fecha de publicación
- 11 de agosto de 2008
- Autor
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