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Aldeas infantiles: donde la vida vuelve a empezar

Una organización mundial en pro de la niñez abandonada trabaja silenciosamente en Colombia para darles un hogar a quienes lo han perdido todo.

 A los siete años, bajo el sol abrasador de Saladoblanco (Huila), usando como plataforma de juegos el suelo hecho de tierra, y envuelta en partículas polvorosas que le nublaban la vista, Johana Figueroa jugaba con muñecas de trapo y ollas de plástico. Sexta de nueve hermanos y en medio de la estrechez inherente que otorgan los recursos cuando son escasos, su vida transcurría entre el campo, las gallinas y la escuela.

Sin embargo, un día de julio los dados hicieron su juego y debido a los efectos desastrosos del amor no correspondido, aquel sujeto que, sin éxito, había pretendido a su hermana mayor terminó asesinando a sus padres. Su ataque de furioso alcohol dejó nueve huérfanos.

Después de la tragedia, el camino fue Bogotá y la decisión de una tía que conocía un lugar en donde Johana y sus hermanos podrían vivir, tener una familia, proyectar un futuro y decir de nuevo: mamá. Esta posibilidad fue Aldeas Infantiles, una ONG presente en 132 países, cuya razón y sentido es la de darle la posibilidad a miles de niños desamparados de tener unos hermanos, una casa y una comunidad en donde desarrollarse, formar una familia y forjarse un futuro. 

En Colombia, su extensiva labor se adelanta desde 1968, y hoy, a través de dos programas bandera, hacen presencia en Bogotá, Ibagué, Rionegro, Floridablanca, Cali, Medellín, Bucaramanga, Ipiales, Cartagena, Tumaco y Quibdó. A pesar de ser una organización mundialmente reconocida y de contar con una altísima recordación de marca en Europa, su operación en el país ha sido silenciosa a pesar de que actualmente favorecen a 4.571 niños, niñas y jóvenes como Johana a los que muchas veces la felicidad les ha jugado a las escondidas.

Cuando se rompen los círculos

Darle una nueva oportunidad a un niño que lo ha perdido todo. Esa es la consigna del Programa de acogimiento familiar que se encarga de proveer a un niño -en estado de abandono absoluto- una casa, una madre, unos hermanos, educación y en definitiva todos los requerimientos económicos, afectivos y sociales que necesita para formarse hasta alcanzar la mayoría de edad. Aunque cada caso es analizado profundamente por un equipo de especialistas de la organización, la edad promedio en la que los niños entran a estos hogares está entre los cero y ocho años.

Ellos llegan ahí porque los vínculos con su familia biológica se han roto, ya sea por abandono deliberado u orfandad inesperada. Su familia extendida, tíos, primos y abuelos tampoco representan una opción como segunda esfera a la cual acudir; el tercer cerco, el Estado, se queda corto en garantizar derechos ampliamente promulgados, así que, una vez  los círculos sociales a los cuales podrían acudir se deshacen, la última y única opción está en las ONG, fundaciones y organizaciones sociales como Aldeas Infantiles.  

Johana llegó al programa cuando tenía ocho años. Parte fundamental de la política de Aldeas se basa en mantener los vínculos existentes entre hermanos; es por eso que ella no fue separada de sus cuatro hermanos menores y junto a los otros cinco que conoció en la casa formaron un vínculo inseparable vigente hasta hoy. La relación con su madre sustituta también trascendió las fronteras de crianza: "Nos acogieron muy bien porque la mamá que estuvo a cargo de nosotros nos trató con mucho cariño, con mucho amor. Nosotros nos sentíamos protegidos, nos sentíamos como en casa. Era muy agradable  porque a pesar de que no habitábamos con nuestros padres, estábamos con la mamá que hoy en día sigue siendo nuestra mamá", recuerda.

Estas mamás son mujeres comunes y corrientes cuya vocación de servicio y amor las convierten en madres suplentes cada día del año. El funcionamiento interno de cada hogar se da bajo sus pautas, así que son ellas quienes deciden a qué colegio asistirán los niños, disponen dónde se hará el mercado y dirimen el conflicto entre aquellos que quieren comer pizza y esos otros que prefieren pollo. Una capacitación de dos años y cuatro fases de preparación son los requisitos indispensables para asumir un trabajo que les entregará varias generaciones de hijos.

La segunda etapa del programa de Acogimiento familiar se denomina  Comunidades juveniles. Es la etapa complementaria a la crianza de los niños durante su estadía en el hogar y comienza una vez terminan el bachillerato. Tal y como los hijos que se van a estudiar fuera, los jóvenes de Aldeas Infantiles son trasladados a unas residencias universitarias en donde la organización sigue velando por su bienestar, proporcionándoles alimentación, asistencia y el pago de estudios tecnológicos o profesionales hasta séptimo semestre. Allí viven con un acompañante juvenil que está pendiente de todo su proceso, les orienta en la consecución de un empleo y los apoya hasta que alcancen una independencia económica que les permita subsistir por sí solos.

No obstante la culminación de este proceso, los lazos afectivos jamás se rompen. Después de estudiar una carrera tecnológica, homologar para volverse profesional en contaduría pública, casarse y tener un hijo, Johana, de 25 años, asegura con voz firme: "Todos los que vivimos ahí, yo y mis hermanos, somos unas personas estudiadas, con experiencia laboral. Si no hubiéramos recibido la ayuda de Aldeas, la historia sería totalmente diferente. Para mí, este programa es una oportunidad de vida para las personas que creen que la vida se les ha acabado... es la oportunidad de salir adelante y de creer que Dios existe".

Construyendo familia

El segundo programa de Aldeas Infantiles consiste en fortalecer a las familias que habitan los lugares más vulnerables de cada ciudad y que por las difíciles condiciones de marginalidad y pobreza presentan altos índices de abandono infantil. La esencia de este programa, llamado precisamente Fortalecimiento familiar, aboga no sólo porque las conexiones sentimentales y emocionales entre los miembros de las familias se estrechen para ahuyentar al fantasma del desabrigo, sino que también provee de herramientas que les permiten encontrar una forma sana de sostenerse económicamente.

El proyecto empieza con un diagnóstico de la zona. En él se conoce de cerca a la comunidad, se identifican sus líderes, se establecen las problemáticas y oportunidades y se desarrollan programas que respondan de manera adecuada y precisa a los requerimientos específicos del lugar y sus habitantes.

Este trabajo se materializa en los centros sociales, considerados los núcleos del programa. En ellos, las madres cabeza de hogar se capacitan de ocho de la mañana a cuatro de la tarde en una variedad de oficios y toman asesorías en distintos frentes mientras sus hijos reciben desayuno, medias-nueves y almuerzo, asistencia médica, odontológica y educación no formal. Todo esto permite a los menores empoderarse de sus propios derechos, acercarse afectivamente a sus progenitores e ir cerrando las grietas de violencia y maltrato que afectan sus hogares.

Hoy más de tres mil personas en centros sociales, ubicados en distintas ciudades del país, se benefician de este tipo de programas. Junto al Acogimiento familiar, representan las dos iniciativas de carácter mundial que se desarrollan en países tan remotos como Swazilandia y tan cercanos como Venezuela. El mejoramiento en la calidad de vida de miles de personas y la posibilidad de compartirlo con sus familias constituye un aporte sólido a una sociedad que se despierta del letargo y abre las puertas a nuevos integrantes.

Amparando futuro

La tercera estrategia de apoyo y fortalecimiento que desarrolla Aldeas Infantiles es llamada Programas de formación. Respondiendo a las necesidades propias de cada país, puede materializarse en hospitales, centros médicos, comedores y hasta universidades, dedicados todos exclusivamente a atender a la inmensa comunidad de Aldeas Infantiles. 

En Colombia, el colegio Hermann Gmneiner de Ibagué y la Escuela granja agroecológica de Armero Guayabal conforman esta iniciativa. Ambas nacieron como una respuesta a la devastación dejada tras la erupción del Nevado del Ruiz.  El primero acoge a 505 niños de escasos recursos bajo un revolucionario modelo educativo y el segundo enseña, durante seis meses, a jóvenes y a campesinos desplazados cómo hacer productivo el campo.

El modelo, único en el país, les permite a estas personas replicar lo aprendido en sus regiones de origen. Aunque la tragedia del Nevado ocurrió hace más de 20 años, Aldeas Infantiles sigue firme en una zona que, perdida bajo la ceniza y el lodo, aún da muestras de vida.

En 1949 el ex soldado Hermann Gmeiner se enfrentó a una realidad de bombas y fusiles que había dejado miles de huérfanos en Europa. Consciente de que la ayuda no podría ser efectiva mientras los niños no tuvieran un hogar propio, concibió la idea fundamental de Aldeas Infantiles que se reprodujo rápidamente por el mundo. Tocando la puerta de cada casa en la ciudad austriaca de Imst y pidiendo un chelín en cada una de ellas, conformó una comunidad de amigos que voluntariamente entregan un pequeño aporte para la construcción de vida de miles de niños en el mundo. Hoy, esa visión continúa vigente, muestra resultados contundentes y arroja miles de historias como las de Johana, una colombiana a la que la voltereta del destino se le hizo posible  cuando un austriaco decidió soñar sobre las ruinas de la Segunda Guerra Mundial.

Alejandra Grillo Calderón

Publicación
eltiempo.com
Sección
Entretenimiento
Fecha de publicación
4 de agosto de 2008
Autor

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