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El lamento palenquero

Dos periodistas presenciaron el rito funerario de los palenqueros llamado Lumbalú, que consiste en llorar y bailar sobre el ataúd para acompañar y guiar al muerto hacia el paraíso africano.

En medio de una sala sin ventanas, Jacobo yace en el féretro con las manos entrelazadas sobre el pecho, todo vestido de blanco y con el velo amarillo de la muerte puesto en su piel morena. Un balazo fue suficiente para abrir el orificio por donde escapó el alma de este policía de 22 años. A la cabecera del féretro, sobre una mesa cubierta con un mantel blanco, hay cuadros del Sagrado Corazón, la Virgen del Carmen y en el centro de los dos, la foto de Jacobo vestido de policía. En las esquinas de la mesa, en frascos de mermelada o mayonesa reposan manojos de flores marchitas.

Las mujeres sentadas en taburetes de madera alrededor del cajón parecen esculturas africanas que vigilan el sueño del difunto. No hablan ni lloran y se limitan a respirar. La fotógrafa y yo, al igual que ellas, estamos inmóviles, con los ojos clavados en el piso sin saber qué hacer. Nuestra piel resalta en medio de la negritud haciéndonos más visibles para los curiosos, que nos miran como adivinando por qué estamos allí.

Hay reunidas más de medio centenar de personas, casi todas venidas de Cartagena, Valledupar y San Basilio de Palenque para despedir a Jacobo. La casa del funeral se encuentra en el barrio Manga en Barranquilla, el sector donde habitan los negros que salieron de Palenque en busca de oportunidades laborales. Cada persona que llega trae consigo papa, plátano, arroz o ñame, y los hombres compran trago, preferiblemente ñeke, el licor que los negros destilan en su tierra.

La madre de Jacobo, una anciana de cabellera cana, despierta del letargo y se levanta de su silla. Cuando camina arrastra las chanclas y dobla la espalda como si el cuerpo le pesara. Sus ojos están rodeados por unas ojeras aún más negras que su piel. Al llegar a la cocina enciende los leños de la estufa desprendiendo una nube de humo que entra a la sala y a los cuartos despertando a los enguayabados que con cara de zombis van a la cocina por una taza de tinto. Sobre el fuego empieza a hervir arroz en una olla suficientemente gigante para alimentar a todos los invitados.

El lumbalú o rito funerario de los palenqueros dura nueve días a partir del momento de la muerte. En el primer día las mujeres cierran puertas y ventanas para vestir al difunto con prendas blancas mientras que el hombre de la casa empieza a tocar el tambor lentamente, esperando que el eco de cada golpe sea escuchado por todos los vecinos. Cada nota es un mensaje de dolor, un llanto musical. El tambor es otra forma de expresión y depende de cómo se toque varía el significado. Este instrumento tiene algunos códigos que solo son entendidos por la etnia de los negros. Tales códigos sirvieron durante la Conquista y la Colonia para que los esclavos pudieran comunicarse sin ser descubiertos por los amos.

Cuando los españoles emprendieron la colonización, trajeron al continente americano a miles y miles de africanos, sacados por la fuerza de sus lugares de origen para ser sometidos como esclavos. A Cartagena llegaban grandes barcos cargados de negros para ser trasladados a las diferentes colonias de la corona española, y eran tratados como bestias de carga bajo el amparo de las leyes de la época. No tenían ningún derecho como personas y por tanto podían ser torturados libremente.

A finales del siglo XVI arribó al puerto de Cartagena el esclavo Bencos Biohó, proveniente de Guinea Bissau. Después de casi un lustro soportando la tiranía de su amo se levantó en armas y en 1600, comandando a sesenta negros cimarrones, empezó a la luchar contra los españoles y a buscar un espacio para fundar un pueblo donde los negros fueran libres; así nació el palenque de Matuna. En 1621, el gobernador García Girón, viendo el poder que estaba ganando Biohó sobre los esclavos, lo mando a ejecutar. Sin embargo la idea de libertad estaba germinando en los corazones de los negros, que años después crearon el palenque de San Basilio, primera colonia libre de América según decreto real en 1713. Un asentamiento que en 2005 fue declarado por la UNESCO Obra Maestra del Patrimonio Oral e Inmaterial de la Humanidad.

En el lumbalú se condensan las tradiciones heredadas de los primeros africanos que habitaron nuestro continente: la lengua, la música y la cosmovisión. La lengua es una mezcla de portugués, español y varios idiomas africanos, principalmente el bantú. La música, al igual que el idioma, es una fusión de ritmos afroamericanos como el bullerengue, la chalusonga y las chalupas. Sin embargo, en los funerales se entonan cantos auténticamente africanos que tienen siglos de antigüedad y son denominados lumbalues.

Según la cosmovisión del palenquero, el paraíso de los negros se encuentra en la parte más alta de África, lugar en donde la música suena eternamente, y por eso en los funerales los familiares del difunto tocan instrumentos para avisar a los antepasados que un alma está en camino. La vibración de los tambores y los cantos en bantú abren un portal que conecta el cielo con la tierra demarcando el camino por el cual "la sombra" debe irse. La muerte significa para el difunto volver a sus raíces para desde allí vigilar y cuidar a su pueblo. Aunque Colombia les dio la cuna, por sus venas corre sangre africana, y así como los musulmanes tienen la obligación de visitar La Meca, los palenqueros tienen que volver a su tierra aunque sea después de muertos.

A las seis de la mañana, William Ibargüen, un moreno con alma de sacerdote que asiste a los funerales para rezar por las almas, cruza el umbral de la puerta y saluda con un pésame a cada palenquero. Su voz fingida no corresponde con su fornido cuerpo y el modo de andar es más femenino que masculino. Por diez mil o veinte mil pesos William se transforma en una María Magdalena que se desgarra las vestiduras frente a un muerto que no conoce y entona oraciones aprendidas desde su infancia agregando el nombre del difunto. William trabaja como plañidero, una labor que era frecuente entre los habitantes de San Basilio de Palenque

El llorón, como le dicen a William, ofrece sus servicios como si estuviera ofreciendo flores en la entrada de los cementerios Calancala y El Universal de Barranquilla. ¿Quiere la rezadita? Dice cada vez que pasa alguien. La tarifa de precios varía dependiendo del cliente y las exigencias. Cuando es contratado por nueve noches cobra de 40.000 a 90.000 pesos. Por una rezada cobra 40.000 pesos; si es rezada cantada o especial aumenta la cifra y por el combo completo, es decir, rezada, cantada y llorada, cobra 90.000 pesos, incluso más si la familia es adinerada. Su trabajo es sacarle provecho a la muerte y gracias a ella puede comer y ayudar a su madre desde hace diez años.

Hoy preside la oración sin cobrar. De espaldas al Sagrado Corazón y frente al ataúd, saca del bolsillo una camándula de madera y como de afán reza el Padre Nuestro y el Ave María estrellando las palabras en un trabalenguas religioso. Casi al final del rezo, Celia, la hermana de Jacobo, se aferra al cajón y suelta un gemido contagiando de melancolía a todos los presentes. William se persigna anunciando el término de su tarea y se sienta al lado de las mujeres que rodean al difunto.

Los gemidos se van multiplicando y forman un canto funerario en lengua nativa. Como un virus, el llanto penetra el alma y hace que conocidos y desconocidos lloren por Jacobo. De repente un muchacho golpea con sus manos el cuero de un tambor marcando los acordes de un mapalé que inicia el rito del lumbalú. Las mujeres mayores, con la voz entrecortada, cantan acompañando la melodía con las palmas mientras se mecen en las sillas:

Eee moná mi pacasariame
Mamuje
Yantongó Yantongó
Moná ña pete lo qui parí
A gobbe cabecite eeee

La traducción de este canto ancestral: 

Eee hijo mi pa¿l cementerio eh
Las mujeres
Yantongó Yantongó
La hija de ña Pete, la que yo parí
Ha vuelto su cabecita

Al tambor le sigue la guacharaca y a la guacharaca el baile. Los cuerpos sudan, huele a trago reposado y no hay espacio para respirar por la cantidad de gente que se agolpa en la sala. Las muchachas, con sus rostros empañados de lágrimas, se abren paso entre la muchedumbre hasta llegar al ataúd y como un ofrecimiento al difunto, mueven el torso y la cadera como posesas, siguiendo los acordes del tambor. "Yantongó Yantongó", repite el coro y las muchachas voltean sus ojos hasta que quedan blancos como si estuvieran en trance. Sin detener la danza lanzan gritos de dolor para anunciar a los muertos que un alma está en camino al paraíso.

Cuatro hombres bajo el efecto del ñeke retiran a las mujeres y levantan el féretro hasta la altura de los hombros para llevarlo al cementerio. La mitad de la gente sale para dar paso a los hombres, que dando tumbos logran traspasar el umbral de la puerta con el cadáver a cuestas. El tumulto de personas invade de lado a lado la única calle del barrio, inquietando con su llanto a los vecinos que se asoman por las ventanas para ver la procesión como si fuera un espectáculo. Los palenqueros dirigen sus cantos y lágrimas al ser que, según ellos, levita sobre sus cabezas haciéndose partícipe de su propio entierro.

Después de más de diez cuadras desde la casa hasta el cementerio El Universal, el ataúd es colocado en el suelo mientras llegan los sepultureros. Richard se tumba sobre el cajón y mirando al cielo suplica a Dios que devuelva el alma de su hermano como lo hizo con Lázaro; llora y abraza la madera tratando de abrazar a Jacobo. La parte superior del ataúd está abierta dejando al descubierto el rostro de Jacobo separado del mundo por un vidrio. Sus amigos le derraman trago para que el alma beba los últimos sorbos antes de partir a su última morada.

Los tambores siguen sonando y de nuevo las muchachas se turnan para bailar, pero esta vez con el cajón en medio de sus piernas. Los hombres se unen a la danza y entre sollozos bailan como si se les fueran a romper sus cuerpos. Es tanto el éxtasis del momento que las mujeres danzan hasta caer desmayadas. Después de dos horas el cadáver de Jacobo es enterrado en medio del bullicio de tambores y de lumbalúes. Durante nueve días el alma se despedirá de sus familiares y después seguirá la ruta que la música le ha demarcado, hacia su paraíso africano.

Diana María Pachón

Publicación
eltiempo.com
Sección
Cultura y entretenimiento
Fecha de publicación
4 de agosto de 2008
Autor

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