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EL TIEMPO estuvo en jornada de avistamiento de oso de anteojos, uno de los animales más amenazados

La caminata en Chingaza para encontrar al símbolo de nuestra biodiversidad avanzó como una seria procesión de Semana Santa en medio de un páramo que roza los 4.000 metros de altura.

Para intentar ver a este mamífero que puede ser tan grande como un gorila, al menos 16 personas nos metimos dentro de un bosque de encenillos, robles y arrayanes que nos hacía ver como hormigas extraviadas, pero en el que también viven musgos multicolores, flores púrpuras parecidas a una orquídea y un grupo de más de mil veteranos frailejones.

Después de hora y media de recorrido, mientras atravesábamos una capa de niebla que revoloteaba como un fantasma, y cuando ya el frío se nos había instalado en todo el cuerpo como una segunda piel, el único oso que habíamos visto era el que Robert Márquez, el biólogo venezolano que lideraba la excursión, llevaba dibujado en su camiseta y en la que sobresalía el logo de Wildlife Conservation Society (WCS), una organización que trabaja por la protección de esta especie en toda la región Andina de América del Sur.

Por eso, mientras el grupo daba otro medio centenar de pasos y atravesaba un charco de agua cristalina, pensé por unos segundos que este intento por encontrarme de frente con un osezno de 250 kilos, que puede matar a un venado de un zarpazo y que al pararse sobre sus dos patas traseras es tan fuerte como un tractor, era como salir al campo a tratar de ver a Dios.

Me acordé entonces de una frase que Márquez había dicho sin sentir vergüenza dentro de la camioneta que nos llevó hasta el campamento desde donde comenzamos a caminar: "Yo llevo más de 10 años estudiando a los osos y nunca me he encontrado de frente con uno".

Me resigné. Verlo era tan improbable como ganarse la lotería dos veces seguidas. Pero en el fondo sabía que eso era lo mejor. Porque, al contrario de lo que sucede cuando alguien va al océano a ver ballenas o delfines, en las jornadas que buscan avistar osos, lo ideal es que estos nunca aparezcan. Precisamente, por salir y darles la cara a los humanos, la especie está a punto de desaparecer.

Muchos campesinos, en su afán por abrir nuevos lotes de cultivo y de pastoreo, o por sacar leña, han ingresado al páramo de manera ilegal. Mientras tanto, el oso, atrapado en espacios cada vez más pequeños, baja eventualmente a estas nuevas fincas porque al fin y al cabo eran zonas que dominaba.

En ese choque con los invasores se genera un conflicto que termina en jornadas de cacería y en la muerte de al menos 200 ejemplares cada año en Colombia, Bolivia, Venezuela, Ecuador, Perú y norte de Argentina, los seis países donde hacen presencia, según cifras de la Unión Mundial para la Naturaleza (Uicn).

Tras sus huellas

Entonces, guiados por Márquez y con la certeza de que era casi un milagro que un oso apareciera, nos dedicamos a seguir sus huellas.

Los rastros estaban por todas partes. Eran de un solo ejemplar, uno de los 15 que, según cálculos de los funcionarios de Parques Nacionales Naturales, aún viven en esta zona de reserva situada a unas dos horas y media de Bogotá.

Este animal tímido, que a veces es masacrado para usar su grasa como medicamento y para vender sus partes como afrodisíacos, había marcado con sus garras las cortezas de decenas de troncos. Eran señas al mejor estilo de una película de terror, que indicaban que había afilado sus uñas para estar mejor preparado a la hora de darle un zarpazo mortal a su presa.

Hallamos pelos en cientos de tallos, en el suelo y pegados en ramas situadas a muchos metros una de la otra. Un indicio de que nuestro anfitrión había hecho extensos recorridos para marcar su territorio y delimitar su refugio, en el que prefiere estar solo y al que no deja entrar a ninguno de sus congéneres.

Y vimos puyas y quiches carcomidos y rasgados con sus dientes. Con esto, además de subsistir, el oso nos protege de morir de sed, ya que, al romper la planta, esparce semillas que permiten la reactivación de nueva flora típica de páramo, cuya finalidad es básicamente absorber toneladas de agua.

Comprobamos que su hogar está construido en forma de loft al natural. En menos de 20 metros cuadrados estaba su cama, un nido similar al que construyen las aves, pero unas 30 veces más grande. Y había instalado una especie de baño donde Márquez halló porciones de excremento que sirven como un abono que permite que las plantas se multipliquen.

En esa misma área se hallaba el comedor, instalado en la copa de un cucharo. Allí tenía guardado el esqueleto de un conejo. El oso es un escalador nato, y usa estos lugares en altura para comer insectos, pájaros, guayabas silvestres, cogollos de palmas o plantas como bromelias. Pero tiene tanta fuerza que puede subir hasta esa especie de mesón una danta, un ciervo o incluso un venado, animales que caza de noche y que de vez en cuando se le convierten en una buena cena.

Antes de comenzar el regreso a la 'civilización', encontramos rastros de sus desplazamientos. Varias huellas de sus patas, dibujadas en la tierra y tan grandes como una mano promedio, eran la prueba de que se había movido con rapidez. Es impresionante ver cómo el oso no deja ni un tallo roto. Eso sí, a su paso las plantas quedan despeinadas, como si las hubiera agitado un huracán.

Regresamos al campamento después de casi cuatro horas de travesía. Márquez, el resto de sus acompañantes y yo habíamos salido a ver un oso, una misión tan difícil como ver a Dios. Nunca se nos atravesó, pero comprobamos que existía.

Lo primero es evitar la cacería

Por ser una especie prioritaria, Wildlife Conservation Society y Parques Nacionales Naturales desarrolla un Plan de Acción para la Conservación del Oso Andino. Lo primero es frenar la caza furtiva y por ello capacitan a los campesinos para que no atenten contra la especie.

Es usual que les disparen a los animales sin saber si es una hembra, un cachorro o sin estar seguros de que el oso quiera comer sus vacas u ovejas.

Lo hacen, generalmente, por miedo a que el animal los ataque, cuando esto es poco probable. La idea también es involucrar a las comunidades en actividades como el ecoturismo, que les permitan tener ingresos opcionales.

Los otros puntos de la estrategia están resumidos en la conservación del hábitat, la delimitación más estricta de las zonas de reserva, el incremento del conocimiento sobre el oso entre los profesionales que monitorean su hábitat y en campañas de concienciazación sobre la necesidad de proteger el ecosistema. Además, se está armando un Plan Nacional de Manejo del Oso en Cautiverio.

Hasta los cultivos ilícitos están en la lista de enemigos de la especie

Se estima que los osos de anteojos en América del Sur hacen presencia a lo largo de un área de 208 mil kilómetros cuadrados.

De ellos, 47 mil hacen parte de zonas de reserva. Colombia tiene la mayor porción de terrenos con presencia del oso, que abarcan el 55 por ciento de ese total.

Apenas el 17 por ciento están protegidos. En el país quedan, según cálculos de la UICN, cerca de 5.000 individuos, menos de una tercera parte de lo que había hace 30 años.

No solo el avance de la frontera agrícola y el impacto de la deforestación los han afectado. También han desaparecido de zonas como la Serranía de la Macarena, donde han quedado aislados y sin comida por el avance de los cultivos ilícitos y la influencia de los grupos armados.

JAVIER SILVA HERRERA
REDACCIÓN VIDA DE HOY

Publicación
eltiempo.com
Sección
Vida de hoy
Fecha de publicación
2 de agosto de 2008
Autor

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