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A sus 80, Omar Rayo volvió a los pinceles y a las exposiciones tras de dos años de ausencia
Desempolvó sus obras nunca expuestas dedicadas a ellos, pintadas con vivos colores entre 1946 y 1964.
Hoy las expone en el museo que lleva su nombre en su pueblo natal, Roldanillo (Valle), como homenaje a su nieto Mateo.
El artista, que desde el 26 de enero del 2006, cuando sufrió un infarto y una complicación renal, no logra reunir el ánimo necesario para retomar la rutina diaria de pintar, esta semana parece aspirar un nuevo aliento, justo cuando se realiza el XXIV Encuentro Nacional de Poetas Colombianas, que organiza su esposa, la poeta Águeda Pizarro.
"Es que no me dio un infarto, me atropelló una tractomula, según los médicos", asegura, y complementa con sarcasmo: "Sé que no debo quejarme, otros han pasado por la misma y ya no existen".
El artista quiere celebrar sus 80 años pintando, pero reconoce las debilidades a las que se ha tenido que someter en los últimos años. "No tengo energía para trabajar. Hay muchos cuadros que no he podido terminar, no por pereza, sino porque me paro a
trabajar y de pronto siento que me desmayo. Crear requiere mucha energía", dice.
Pero esa fuerza que ahora le hace falta resulta evidente en la serie de cuadros sobre niños que hoy se observan, por primera vez, en una de las salas octogonales de su museo, en cuyas obras en lugar de las líneas rectas de sus famosas figuras geométricas, predominan los óvalos, los arcos y las circunferencias, además de muchos y variados colores.
"Son las obras que hice cuando recorrí como nómada Latinoamérica y aún no era Rayo, sino una tempestad chiquita", dice con una sonrisa.
Es la misma sonrisa que muestra cuando habla de su conexión con los niños. Recuerda, por ejemplo, que en 1986, en el Museo Rayo, escuchó de repente el grito de una mujer.
Era la maestra de un colegio que reprendía a un pequeño que intentó chuzar una de sus obras con un alfiler.
Regresaron los trazos
Esa es una producción que espera tener lista a finales del año, para cumplir compromisos de exposiciones en Madrid, México, Caracas, Salvador, Nueva York y Bogotá.
Pero, ¿por qué tanto y tan repentino entusiasmo? Parece que el motor que no lo deja hundirse en el desánimo total es Mateo, el pequeño de año y medio, engendrado por su hija Sara. Es tan evidente que cuando lo menciona le brillan los ojos. En todo caso, a Rayo se le siguen notando algunos desánimos.
El maestro vallecaucano de la pintura, hecho a punta de viajar por el mundo, que estudió dibujo por correspondencia y se inspiró en el caricaturista Rendón y en Salvador Dalí, no tolera mucho el ruido y se queja también de cómo ha cambiado su pueblo, que se volvió "una ciudad culta".
Hasta él mismo reconoce en eso un falla: "Tal vez soy un viejo quejoso y poco amigable, un ogro, que es la característica de los viejos".
Y toma su bastón de madera, hecho a la medida de sus largas piernas, y dice: "No es para no caerme, lo uso para buscar el hoyo a donde voy a caer y para apartar a los perros".
Sus palabras suenan amargas, pero también tienen algo de humor, al que recurre con frecuencia. "Es como una balanza, el buen humor es como oxígeno para que respire el cerebro. Yo lo mantengo en ejercicio llenando crucigramas, que es una diversión muy económica e intelectual", dice.
Con 80 años cumplidos, el pasado 20 de enero, el pintor tiene pocas arrugas en el rostro y con su barba bien afeitada y su bigote pulido parece muy vital. "Es que el problema no es de la piel, el problema es de la 'bomba' ", lo dice señalando el corazón.
Obsesión por el museo
En su casa, a la que penetra la luz de manera incesante, y en la que se observan algunas obras a mitad de camino, Rayo permanece protegiéndose del frío que dice sentir por estos días en este cálido poblado de 34 mil habitantes, en el centro del Valle y a mil metros sobre el nivel del mar.
Para él siempre ha sido difícil pintar si hay frío o hay lluvia, y ahora parece peor. "Como nunca en la historia he visto este año llover en Colombia, y la creatividad es en caliente, es con el motor prendido", se lamenta.
Además de su nieto, tiene las esperanzas puestas en otra ilusión para no desfallecer: no dejar morir el Museo Rayo. Se queja de que el Gobierno del Valle no ha aportado un peso este año.
"Si desaparezco mañana, pasado mañana muere el museo. Hay que asegurar su futuro", dice. Luego hace un largo silencio y suelta un pensamiento que no lo deja tranquilo: "No sabía que era tan difícil llegar a esta edad en la que uno se queda sin contemporáneos".
FRANCISCO ARIAS BONILLA
ENVIADO ESPECIAL DE EL TIEMPO
ROLDANILLO (VALLE)
- Publicación
- eltiempo.com
- Sección
- Otros
- Fecha de publicación
- 26 de julio de 2008
- Autor
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