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Desde hace 8 años, Álvaro Ramírez remienda los zapatos de lujosa zona de Bogotá
Su noble oficio lo cumple diariamente en una estrecha caseta de paredes de lata y pintada de verde que desentona con las suntuosas residencias que la rodean.
Los despistados la confunden con un CAI y cuando se percatan quedan como un 'zapato'.
En realidad con lo que se encuentran es con un hombre alto de cuerpo, moreno y ciertamente recio y ensimismado. El huésped de esta especie de 'caverna' urbana la utiliza desde hace ocho años como remontadora de calzado.
En cuidados intensivos
Un fuerte olor a bóxer lo impregna todo. Álvaro luce acompañado por un centenar de zapatos. El lugar es una especie de cementerio de 'chagualos'.
Por lo general sus dueños los dan por muertos , pero Álvaro se da a la tarea de embellecerlos por completo. Tiene el poderoso don de 'dar vida'.
Es entonces cuando la caseta verde se convierte en una improvisada sala de cirugía. El paciente de turno es un viejo mocasín color uva. Su enfermedad: un profundo hueco en la suela.
El proceso de impermeabilización para que al propietario no se le entre el agua ni se le salga el dedo gordo del pie es un trabajo riguroso.
Ramírez le cambia de tapas a su enfermo y cose delicadamente la parte delantera. Ahora solo le falta un poco de pintura en los bordes de la suela y un toque de betún.
Entre las 5 y las 8 de la noche son varios los vehículos de clientes que se parquean al frente de la caseta para esperar que al paciente le den salida.
Zapatero a tus zapatos
Abre el 'chuzo' -como él mismo le dice a su negocio portátil- a las 10 de la mañana. El estrepitoso ruido de una moto anuncia su llegada cinco cuadras antes todos los días. Algunos le dicen en broma 'Centella'. Atrás queda la chaqueta de cuero y los jeans. Ahora luce ropa de trabajo.
Prendas desgastadas por el uso que lo acompañan hasta las 9 de la noche, hora en la que le echa candado a la caseta y parte rumbo al barrio 20 de Julio, en el sur de Bogotá.
Ramírez es el mayor de cuatro hermanos. Nació hace cuatro décadas y dos años en el municipio del Espinal, Tolima. A los 8 años llegó a la capital para aprender el oficio que hoy por hoy no lo deja ir a la cama con hambre.
Alberto, Marco Antonio y Jenny son los nombres de sus hijos.
Los clientes han sido sus principales aliados cuando las autoridades han querido sacarlo del lugar.
Su negocio tiene luz eléctrica propia y para sopresa de muchos no se debe a una conexión ilegal. Álvaro tiene contador y paga su recibo cumplidamente.
En las mañanas las empleadas del servicio le mandan tinto. Las más especiales le llevan almuerzo. La moto se la dejan guardar en el parqueadero de una casa vecina.
Álvaro se seca con el dorso de la mano el sudor de la frente. Da el último martillazo de la jornada y sale para subirse a la moto.
Mientras camina no es difícil advertir los dos hoyuelos que se adivinan en su calzado. Y no podía ser distinto: en caseta de herrero, azadón de palo.
FABIÁN FORERO BARÓN
REDACTOR DE EL TIEMPO ZONA
- Publicación
- eltiempo.com
- Sección
- Bogotá
- Fecha de publicación
- 23 de julio de 2008
- Autor
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