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Pelaos vs. Pelados

Cada uno de ellos tiene su gracia y sus desgracias. Ambos están presentes en las fantasías de muchas pero no es fácil tomar una decisión definitiva. ¿Son mejores las cunas o las mecedoras? Para intentar acertar en la disyuntiva, en este ring la eterna pelea entre la experiencia y la hormona desenfrenada.

Primer asalto: lo físico

Los jóvenes: a su favor cuentan con esos cuerpos suaves, estilizados, flexibles, con músculos elásticos y firmes. Sus formas son delicadas, a veces hasta femeninas. Los jóvenes tienen la piel suave y un aroma dulzón.

Su gran cantidad de energía y vitalidad los vuelve maquinitas que quieren hacer de todo, como si el tiempo no fuera a alcanzar. Parecen incansables robots configurados para rumbas de tres días, asados, viajes, estudiadas de una semana sin dormir, como el conejo de las baterías. Quien haya probado chino, sabe bien que es como estrenar muñeco en Navidad: no se suelta por pura goma.

Los mayores: es innegable que tienen su encanto. Su cuerpo menos aniñado es tentador. Ellos inspiran fuerza. La barba, las piernas y el pecho peludo son evolutivamente buenos signos de un varón apto. El olor de un hombre adulto es diferente. Un hombre hecho y derecho tiene un aroma ácido y fuerte que es seductor.

Pero hay que decir que en ellos se empieza a notar el paso de los años. Algunos tienen canas en el pelo y en la barba, otros, poderosas barrigas cerveceras, y muchos otros, nacientes calvas. Los años también pasan factura con la resistencia que es evidentemente menor después de una rumba o unos tragos o... ya saben.

Son como un par de tenis viejos, uno los adora y aunque no se ven tan bonitos, son los mejores para sentirnos cómodas.

Punto para: los jóvenes

Segundo asalto: lo emocional

Los chiquis: son encantadores por su inocencia, porque están explorando y quieren aprender. Aún conservan mucho de la actitud infantil curiosa y espontánea que los deja hacer y decir sin prevenciones.

Pueden ser formados al gusto de la consumidora porque son inexpertos. Son como plastilina, se dejan moldear, disfrutan que se les enseñe y tienen la disposición, tiempo y paciencia para intentar actividades nuevas. No se complican para decidir y son más intuitivos, menos prevenidos. Parecen ser espontáneos y decir lo que sienten sin atender mucho a lo que otros digan o piensen o lo que las convenciones manden, siempre se arriesgan.

Pero al tomar esos riesgos sin pensar mucho, es donde está su falla, no se miden. Quieren que todo pase ya, son inmediatistas y como niños que son, exigen todo el tiempo atención, llamadas, tiempo y explicaciones, muchas explicaciones, porque ellos piden saberlo todo y a veces están muy confundidos.

Por eso no hay que olvidar que el viejo y conocido refrán dice: "El que con niños se acuesta mojado amanece"

Los maduritos: son seductores porque ya saben qué quieren, cuándo y cómo.

Su presencia está cargada de una actitud decidida, sin rodeos, pero cautelosa. Son mesurados y no dan puntada sin dedal, van despacio, saben observar y como buenos viejos zorros, están atentos a todas las señales, por eso no es necesaria tanta explicación, porque saben asumir lo que dicen los hechos.

Los más grandes van con calma, saben poner el freno y además son claros, saben qué quieren o, por lo menos, saben qué no quieren. Los mayores miden el riesgo de cada palabra, de cada actitud. Un hombre maduro no se gasta en peleas inútiles, dice lo que tiene que decir y está dispuesto a negociar para que las cosas vayan bien.

Pueden llegar a ser tercos y prevenidos por nefastas experiencias anteriores. Por eso los creciditos son escurridizos a la hora de comprometerse. No quieren dejar la cómoda vida solitaria y son temerosos y evasivos. Por eso es aconsejable pensar, ante uno de ellos, que "el que es no deja de ser".

Punto para: los maduritos

Tercer asalto: el sexo

Los onanistas: aquellos que están superando la etapa del acné van rápido. Corren en la cama, pero tienen la ventaja de dejarse guiar y de aprender a disfrutar de cada caricia y cada beso.

Están en el proceso de aprender a construir su propia forma de pedir y dar, y de extender el placer en el tiempo y en el cuerpo, valga decirlo, más allá de las manualidades.

Con el paso del tiempo los babies van perdiendo el asco y las ideas equivocadas que tenían, así disfrutan más y empiezan a encontrar placer en donde no se lo sospechaban. Los pequeños son rápidos y furiosos como la película y aunque tienen buen tiempo de recuperación, a veces son egoístas y del afán, que no queda sino el cansancio, muchas veces nos dejan a nosotras a medias, y ellos sin saber qué hacer. Con ellos es ensayo y error.

Los enviagrados: tienen su arsenal de saberes y lo aplican, son flexibles y saben adaptarse sin perder su estilo. Ellos saben pedir y saben dar. Los maduros se preocupan por hacer sentir bien al otro y por eso emplean todos los recursos: hablan, tocan, lamen, besan, muerden en busca no solo del propio placer.

Los adultos saben que no es solo el fin lo que importa, sino que con los medios también se disfruta y mucho, así que se la saben gozar con calma.

El sexo con un experimentado es más pausado y más apasionado, el pudor se ha ido y solo queda la confianza de la desnudez y el gusto por detenerse en el cuerpo del otro.

Pero los años no llegan solos y su tiempo de recuperación no es el de antes, por lo que muchas veces la cabeza sin masa encefálica no responde como debe al deseo y se ven obligados a apoyarse en fármacos de sólidos efectos.

Resultado: empate técnico.

Usted decide si lo suyo es la cantidad o la calidad. Ambos tienen lo suyo. Las mujeres podemos optar y en definitiva hay momentos en que conviene uno más que otro.

Hay que tener claro que los jóvenes son más regalos sorpresa, ponquesitos de chocolate para saborear y enviciarse; los grandes son como los vinos, o el whisky, que con los años son más fuertes y de mejor sabor. Con ninguno será perfecto pero la buena noticia es que hay de dónde escoger.

POR MARIANA JARAMILLO

Publicación
eltiempo.com
Sección
Otros
Fecha de publicación
17 de julio de 2008
Autor

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