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Pionero del desarme
Activo y multifacético, el padre Alirio orienta a la juventud maltratada y apacigua 'barras bravas'. Haciendo Patria, como dirÃan por ahÃ, no le queda un minuto libre.
El padre Alirio López es el apóstol de esa juventud efervescente, desorientada y maltratada en el hogar, en la escuela, que a codazos o a mano armada trata de encontrar un sitio en esta sociedad hostil, cuando no indiferente. A través de los programas que dirige en el Distrito -Vida Sagrada, Desarme y Goles de Paz-, el sacerdote se acerca a ese heterogéneo conglomerado social agrupado en barras, parches, combos, pandillas y galladas para fortalecerse, imponerse, divertirse, o delinquir. Teólogo, filósofo, con un posgrado en bioética y párroco de La Veracruz desde hace siete años, predica en su iglesia paz, tolerancia y convivencia; lo mismo que enseña a niños, niñas y adolescentes.
Conoce el mundo de las pandillas, las barras y las galladas, comprende sus problemas y trata de enderezarlos: "Los muchachos de las pandillas son vÃctimas de violencia familiar, han sufrido rechazo, exclusión social; su preparación escolar es deficiente, no tienen alternativas aceptables y sus esfuerzos no encuentran apoyo. Se sienten importantes cuando se reúnen en pandillas que son fuente de diversión, de compañerismo y de vandalismo: robos, compraventa de droga, agresiones. Con la PolicÃa, las Juntas de Acción Comunal y las alcaldÃas nos ocupamos de ellas, pero no con más fuerza militar sino ofreciéndoles a los menores educación de calidad y oportunidades allà donde falta practicar tolerancia y enseñar convivencia, porque sigue creciendo el Ãndice de muertes violentas. Por angustia, por la dificultad de hallar en la sociedad un puesto digno, nuestros jóvenes se están matando entre sÃ.
¿Cómo penetró el mundo de las pandillas ?
- Con el coronel Jaime Leal nos acercarnos en Ciudad BolÃvar a una pandilla de 80 jóvenes que no creÃan en nada. Les explicamos que no Ãbamos a hostilizarlos sino a evitar la violencia, la agresividad, las amenazas con armas. Tras un largo proceso, cuando constataron que la PolicÃa no era represiva sino amigable, nos entregaron 80 changones, regresaron a sus familias, después se capacitaron en telefonÃa externa y la ETB lo contrató. De esa experiencia surgió la serie de televisión Pandillas, guerra y paz, que hicimos para mostrar a padres e hijos esa realidad sin la cantaleta del 'no a todo', usada en hogares y escuelas pero muy aburridora para jóvenes que necesitan diálogo y buscan compañÃa y algo de ternura.
¿Cómo fue la campaña sobre desarme que usted lideró?
- En diciembre de 1996 el alcalde Antanas Mockus acogió la propuesta del arzobispo Pedro Rubiano de cambiar armas por bonos para comprar regalos de Navidad. Lanzamos la campaña Dejad que la armas descansen en paz y cambiamos 2.688 armas de fuego, 367 tacos de dinamita y 15.000 cartuchos de munición por bonos de mercados. Hicimos 14 campañas. En 2007 se habÃan recogido 5.682 armas de fuego, 59.561 cartuchos de munición y 621 artefactos explosivos. Y sigo recogiendo armas en el mercado negro porque el respeto a la vida es fundamental. La guerra se hace en un momento, pero la paz cuesta mucho. Más que destruir armas buscamos construir sujetos que abandonen la intención de hacer daño. En forma directa hemos sensibilizado a 950.000 personas.
¿Qué hace con las armas que recibe?
- Fundimos 5.682 armas de fuego y miles de cartuchos de munición para hacer estatuillas de pequeño formato, como para escritorio, que son una alegorÃa de la paz. Y en agosto entregaremos un monumento de unos 6 metros de altura, con figuras infantiles de 2 metros, obra del maestro Héctor Lombana, en homenaje a la vida y al desarme.
¿Cómo cuantifica su tarea?
- La utopÃa de salvar vidas tiene que servirnos para aprender a vivir como seres humanos. Hoy, el 32 por ciento de los homicidios se realizan con armas blancas y el 67 por ciento con armas de fuego. Estoy ahora con el tema del arma blanca y ojalá salga en el Congreso un proyecto sobre acciones preventivas. Ayer me decÃa una madre: "qué horror, padre, mi niño de 8 años tenÃa un cuchillo en su mochila...".
Usted que trabaja por la paz y el desarme, ¿cómo ve las cosas que pasan?
- Me impresiona mucho que con tantos problemas graves del paÃs estemos concentrados en qué dice o no dice la señora Yidis, en comunicados que van y vienen. ¡No más, por Dios! No más irrespeto a la democracia y al paÃs. Se ha perdido el respeto a la vida y dejamos de creer en el amor, en la familia, en los padres, en las instituciones. Hay una enfermedad moral. Cada uno está metido en su caparazón, ve los atropellos que se cometen pero no dice nada para no complicarse.
¿Cómo funciona su tarea de apaciguar a las 'barras bravas' en el estadio El CampÃn?
- Soy el único cura que habla de fútbol; y de fútbol hay que hablar con inteligencia. Hay que conocer la técnica del deporte y saber cómo manejar las emociones en el estadio. Mi trabajo es orientar a las barras, porque en los estadios se canaliza la violencia del paÃs. Es una violencia de sentimientos encontrados en la cual tienen mucha culpa los malos comentaristas deportivos. A veces me ha tocado llamarles la atención porque hay dos o tres que se creen dueños de la verdad. Y dueños del fútbol.
¿Cuando comenzó su tarea en El CampÃn?
- A finales de 1999 tuvimos que entrar al estadio para acercarnos a los lÃderes de las barras. Se estaban matando antes, durante y después del partido. Era impresionante. Lo primero que hice fue generar un espacio de confianza y credibilidad, que para mà es fundamental. Un signo creÃble de la administración distrital fue abrir las puertas de El CampÃn y buscar las causas del problema: rechazo de la sociedad y falta de oportunidades. Los jóvenes buscan reconocimiento a través de las barras. Entonces, a partir de un clásico entre Santa Fe y Millonarios, creamos con el Alcalde Mockus Goles en Paz. Significa que lo único que debe mover la pasión del fútbol es la movida del esférico, que observamos con más atención que el movimiento del jugador. Y luego celebrar en paz el triunfo o el empate, y aceptar en paz la derrota.
¿Qué hace usted en el estadio?
- Llego dos horas antes del partido, verifico que haya PolicÃa, Cruz Roja, Bomberos, movilidad, que estén directores y técnicos de los equipos que compiten, SecretarÃa de Integración Social para ubicar a los niños; el Personero que vela por los derechos humanos, los vendedores... Me reúno con los integrantes del Puesto de Mando Unificado y los lÃderes de los hinchas, que dan sus recomendaciones. Durante el partido me comunico por radio con mis ayudantes, muchachos uniformados y entrenados para el oficio, quienes distribuidos en las tribunas vigilan el orden y me van informando.
A pesar de todo, hace dos años hubo un muerto. ¿Perdió el control?
- Fue un horrible 11 de mayo de 2006. Las barras, formadas por parches de 20 jóvenes y un lÃder, peleaban territorialidad y liderazgo. Hubo fisuras y enfrentamiento. No es que aquello se me saliera de las manos, sucede que la pasión del futbol es muy fuerte. Juegan temas psicológicos, sociales, emotivos. Si en un clásico a los 5 minutos le meten un gol a su equipo y el técnico se desespera y los jugadores comienzan a mandar el balón sin saber para dónde y el árbitro no pita bien, estalla la emotividad, viene el enfrentamiento y se salen de los chiros. La PolicÃa, que hizo un interesante proceso pedagógico para entender a las barras, controla hasta donde puede. Si controlar a los hijos en el hogar es difÃcil, controlar una masa de 5 mil personas es imposible. Ese es ahora mi trabajo más álgido.
¿Qué pasó después de aquel horror?
- Hubo un proceso que manejamos con mucho cuidado porque habÃa intereses de por medio. Los lÃderes recibÃan prebendas, habÃa negocio de boletas, habÃa envidias. Se marcaban territorios y se luchaba por ellos. Cuando se lucha por un territorio y no se concilia, explota la violencia. Ese 11 de mayo, con un muerto, fue muy doloroso. A partir de entonces desenmascaramos y desbaratamos lo que habÃa. La gente regresó a El CampÃn y no ha vuelto a pasar nada. Y existe, por decreto, un Comité de Seguridad y Convivencia para espectáculos de futbol profesional. Bogotá es la primera ciudad que le apuesta a la seguridad en el fútbol, la única que tiene Goles de paz.
¿Y cómo explica la tragedia del domingo con otro joven muerto?
- La tragedia ocurrió tres horas después del partido, lejos del estadio, sin premeditación, con alcohol de por medio. Y no fue una pelea de barras. Y le digo una cosa: mientras en todos los estadios del paÃs no haya, como en El CampÃn, campañas de convivencia, de tolerancia, de acompañamiento, que apacigüen los ánimos, mientras no se enseñe a respetar los derechos de los demás, como lo estamos haciendo en El Campin con Goles de Paz, no disminuirá la violencia.
¿Qué más busca para las barras de fútbol?
Llegar a la autorregulación plena. Que haya trabajo para muchos hinchas que están desocupados; que en la familia, en las escuelas, en la clase de educación fÃsica haya espacio para hablar de una nueva cultura de barras cuyos objetivos son: que la autorregulación de mi libertad de hincha termine donde comienza tu libertad; que el estadio se considere un templo donde se celebra el gran sacramento del fútbol; que aprendamos a reconocer que todos: jugadores, técnicos, árbitros, comentaristas, equipos y público somos responsables. Porque la vida de todos es sagrada. En un paÃs que vive de prejuicios, de pensar mal de los otros, las conductas no deben generalizarse. No tenemos barras asesinas; hay barristas violentos.
¿Qué hacer para mejorarles la vida a los jóvenes?
- Es inaplazable la transformación de la escuela. La educación en Colombia es mediocre. El sistema no tiene procesos pedagógicos que construyan historia, ni tiene proyectos de vida que formen seres útiles a la sociedad. En la universidad lo principal es formar profesionales importantes, cuando lo importante no es lo necesario. Un paÃs que se está desangrando necesita gente útil; pero aquà hay poca gente útil y mucha gente importante. Faltan maestros con vocación y escuelas para la civilización y la paz, no lugares despersonalizados y deshumanizados. Hay que practicar la pedagogÃa de la amistad y aprender a escuchar, porque oÃmos, pero no escuchamos. Cuando escuchar es saber comprender, es tener la capacidad de penetrar silencioso en el misterio del otro. Empezar a escuchar a los muchachos es empezar a ayudarlos.
- Publicación
- eltiempo.com
- Sección
- Cultura y entretenimiento
- Fecha de publicación
- 2 de julio de 2008
- Autor
- Lucy Nieto de Samper
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