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Sin diálogo con Quito

Las reacciones viscerales del presidente Correa podrían costarle el apoyo internacional que ha ganado.

El anuncio del presidente ecuatoriano Rafael Correa sobre la cancelación de los esfuerzos para restablecer las relaciones diplomáticas con Colombia alarga una vez más la solución de una crisis de por sí larga. Hoy incluso los más optimistas aceptan que la normalización entre Bogotá y Quito puede tardar meses, con los costos evidentes que ello acarrea en materia económica y social. En un comunicado expedido el fin de semana, el Centro Carter reconoció que "no están dadas las condiciones para continuar realizando gestiones de buenos oficios". Así, quedó en entredicho un esfuerzo que involucró al ex presidente estadounidense y premio Nobel de la Paz, Jimmy Carter, al igual que a un puñado de distinguidos ciudadanos de ambos países.

Fueron estos últimos los testigos del endurecimiento de Correa el pasado jueves. En contraste con el clima de entendimiento y franqueza predominante en la cita con Álvaro Uribe un día antes, los integrantes del Grupo Binacional de Diálogo encontraron al inquilino del Palacio de Carondelet en una actitud negativa, reafirmada cuando este se levantó intempestivamente de la mesa, sin despedirse de los presentes. Con razón los ceños fruncidos fueron la constante a la salida del encuentro, no solo por la patanería del mandatario ecuatoriano, sino por el convencimiento de que el impasse se volvió un tema de antipatía personal con su colega colombiano, por encima de las consideraciones de Estado.

Quienes han seguido de cerca la trayectoria de Correa dicen que las reacciones viscerales e intempestivas forman parte de la personalidad de este popular gobernante. Sin embargo, la semana pasada fue, sin lugar a dudas, la peor que ha tenido en su año y medio de gobierno. La razón es que el dirigente le ha apostado todo su prestigio a la Asamblea Constituyente, dominada por el movimiento oficialista Alianza País. No obstante, como las encuestas muestran un escepticismo creciente de la población ante la demora en expedir la nueva Constitución, Correa prefirió forzar la salida del respetado dirigente Alberto Acosta de la presidencia del organismo, lo que generó una crisis interna en su partido, cuyas consecuencias aún están por verse.

Por eso, no faltan quienes digan que la actitud con Colombia tiene trasfondos electorales en un presidente amigo de la carta del nacionalismo. Más allá del rompimiento causado por el ataque del primero de marzo contra 'Raúl Reyes', el diálogo entre ambas capitales ha sido difícil desde hace tiempo, ya sea por la fumigación de cultivos ilícitos, por la presencia de miles de refugiados colombianos en territorio ecuatoriano o por los grupos irregulares, que cruzan una frontera porosa.

A todas luces, el entorno internacional le está cambiando a Correa. A pesar de la solidaridad que recibió después del bombardeo al campamento de las Farc y de la petición de excusas de Colombia, la persistencia del mandatario en acusar una y otra vez a su vecino del norte y la actitud de cerrarles las puertas a los buenos oficios del Centro Carter y la OEA le pueden acabar costando en el hemisferio. Así, lo que podría haber sido una gran oportunidad para generar el establecimiento de mecanismos en beneficio de la población fronteriza y de la seguridad, puede quedar reducido a expresiones vociferantes, que ya no generan el mismo apoyo. En cambio, si en Bogotá el Gobierno y, particularmente, algunos ministros saben mantener la boca cerrada, los vientos acabarán soplando a favor del restablecimiento de las relaciones, que debe ser uno de los propósitos centrales de la diplomacia colombiana.

editorial@eltiempo.com.co

Publicación
eltiempo.com
Sección
Editorial - opinión
Fecha de publicación
29 de junio de 2008
Autor

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