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Opinión /Brujas y Brujeres

Por Emma Jaramillo Bernat

¡Feliz día de las brujas! Mujeres.

Debo decir que todas, todas, sin excepción de amigas, tías, madres o abuelas, somos unas brujas. Y si el hombre es lobo para el hombre, la mujer es bruja para la mujer.

La pócima con la que preparamos la crema para los ojos que nos echamos por la noche está compuesta de una taza y media de vanidad, tres pedazos de soberbia cortados a la juliana, treinta gramos de orgullo y una pizca de envidia.

Nos odiamos entre nosotras, comparamos nuestras carteras, y cuando "el olfato femenino" nos indica que una amiga gusta de la misma persona, o detectamos un extraño olor a frutas silvestres en el almizcle del ser amado, entonces callamos.

Así ejercemos nuestra particular táctica de manipulación y sufrimiento: fingir que no sabemos cuando, por desgracia, nada se nos escapa.

Intuitiva, esta mujer sabe que maneja mal, odia hablar de carros, tejer y tender camas. Sabe que olvida todo, excepto su envidia al estable ciclo hormonal masculino.

No se puede considerar feminista porque ama a los hombres y reconoce las bondades de su racionalidad; incluso acepta que ellos son mejores en algunas cosas. Y eso ya no le duele.

Esta mujer se aprovecha de la persistencia del machismo, no se revela ante él, y cree que esto la hace la mejor de las feministas. Calla el discurso y se ríe de la ingenuidad del enemigo, que para ella es su mejor amigo.

La nueva feminista, que se esconde tras el traje de mujer conservadora, efectivamente lo es; desea regresar a la antigua forma de conquista: la era de cartas perfumadas envueltas en cintas azules, enviadas por esa especie de cortesano aventurero de pelo ensortijado, que se corta un trozo para enviárselo, por temor a ser olvidado.

Sabe lo que quiere. Y como lo sabe, quiere que él también lo sepa. No quiere ser feminista tomando las decisiones, lo quiere ser tomando la decisión de no decidir más.

Ella, tan pretenciosa, a veces se da cuenta de que es machista. Se conoce, y sabe que aunque se obligue a llamar, aún está a la espera de una llamada, y se odia por eso.

Como prototipo de este nuevo -o viejo- estilo de mujer, no ha intentado ser hombre. Y en Halloween se ha disfrazado de todo, excepto de mecánica, piloto o policía.

Pero entonces, la noche del 31 de octubre, las brujas nos comenzamos a morir para levantarnos el primero de noviembre con aire moribundo, pero redimidas, proyectando un cierto tipo de santidad.

Capaces de lo mejor, de dar la juventud a la espera de un viejo amor. ¿Por qué tan resistentes al dolor? Podemos hasta perder la dignidad, el elixir de la eterna sensualidad, por un desconocido.
Las caprichosas, incapaces de la ilusión lógica, terminamos siendo, además de brujas, santas. Una de esas que  se levantan a las cuatro de la mañana, de las que resisten presiones, trabajan y estudian. Seres milagrosos que logran hacerlo toda al tiempo.

Hasta que un día esa mujer, sola, cuando nadie la ve, se sienta en medio de una calle, y llora. Se ahoga en su llanto. Llora por horas. Hasta que todo acaba, suspira, sigue caminando, coge un bus, duerme y se levanta al otro día como si nada.

Se aplica la crema que sobró del día anterior, sueña con la noche del día que empieza y sale a la calle con esa especie de sonrisa obligada.

Ella lleva tacones, falda y los labios rojos. Adora las perlas y el pelo largo suelto al viento.

La verdadera feminista es quien se reconoce como princesa, como soñadora, como romántica, y finalmente como la bruja que es.

Publicación
eltiempo.com
Sección
Fecha de publicación
17 de junio de 2008
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