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Habitantes de Quetame siguen con miedo después del temblor

El llanto, la tristeza, la desilusión por haber perdido todo lo que consiguieron por décadas, los hace perder todas las esperanzas.

Rosario Robayo, habitante de Puente Quetame, ya no vive tranquila, no come con apetito y siente que se le acabaron las ilusiones. Ésta ama de casa perdió la calma porque cada vez que va a alimentarse, o a cerrar sus ojos, la tierra se mueve.

Ya no sabe qué hacer. Desde que amanece hasta que se oculta el sol camina por las calles recordando que el pasado se quedó enterrado luego de las diez réplicas que según Ingeominas han ocurrido en la región.

Por eso en Quetame sólo se escucha su rugir porque nadie se atreve a dar un paso por miedo a que tiemble.

Ya no hay sonrisas porque las caras se transformaron por el llanto, se acabaron los gritos de los niños cuando corrían por las empinadas calles y el perro de doña Soledad Polanco, que antes del sábado no paraba de ladrar se calló de repente, como si la madre tierra le hubiera ordenado que no latiera más.

"Es un castigo, es una orden de Dios para que nos unamos. Nunca se había sentido tanto temor entre la gente. La frase ¡está temblando! se puso de moda. Cada vez que hay un réplica la gente reza, se arrodilla, pide perdón, mira al cielo como si en ese instante la vida se acabara", dice Rosario, mientras mira su casa en ruinas ubicada en la Calle 2.

Para ella, 30 años en este lugar se fueron en 30 segundos. Su casa de paredes azules es hoy sólo un recuerdo, porque la fuerza del sismo la debilitó dejándola en ruinas.

Hoy su familia duerme en la plaza de mercado junto a otras 130 en una carpa que les dio el Ejército Nacional como una medida de protección.

Allí, todo es silencio, la mayoría de damnificados rezan, otros caminan,  van y vienen de sus casas en ruinas como si ellas les pidieran que no las abandonaran.

Pero nadie se conforma con eso, porque una y otra vez se preguntan angustiados, como lo hace doña Leonilde Vergara, por qué la naturaleza se ensaña con ellos y deja descompuesta moralmente a la comunidad.

"Soy antioqueña pero amo a Quetame, es una tierra que me llenó de esperanzas, me alegró la vida y hoy me da melancolía ver que la gente, mis amigos, lo perdieron todo y las calles que antes caminaba, son lugares en ruinas", afirmó esta mujer, con lágrimas en los ojos.

Lo único que le queda es su amor por Dios, porque, incluso, cada noche, debe adivinar dónde va a domir ya que su cama quedó debajo de una pared de la casa cural, edificación a la que se le cayó el techo, ventanales y hasta se inundó por los aguaceros.

Siete días después de ocurrido el sismo que afectó a esta población de 6.500 habitantes, entre la gente sólo queda una gran fe, ganas de ver una luz en el camino para emprender de nuevo la marcha porque nadie se quiere ir de esta tierra.

Leonilde y Rosario, aseguran que seguirán firmes en su propósito de salir adelante, de conseguir un nuevo techo, de enviar a sus hijos a estudiar, ir a misa y serle fiel al pueblo que las acogió y las vio crecer.

Tal vez su hogares ya no sean de bahareque pero con el poder de Dios, como dice el padre Pedro Cancino, se levantarán de entre el polvo.

Publicación
eltiempo.com
Sección
Otros
Fecha de publicación
29 de mayo de 2008
Autor

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