Rezvani, de 81 años, levantó 90 escuelas en La Guajira. Ahora, tiene un colegio agropecuario donde los jóvenes estudian casi a la intemperie y necesitan agua para aplicar lo que aprenden.
Rezvani llegó por primera vez a La Guajira en 1961, cuando las escuelas eran escasas y estaban negadas para los aborÃgenes que no sabÃan leer ni escribir, y decidió recorrer a pie rancherÃa por rancherÃa para enseñarles.A sus 81 años, ya retirado de su labor como profesor, excepto por las clases de inglés que dicta ocasionalmente a los alumnos del colegio Nuevo JardÃn, institución que fundó hace 11 años en Riohacha, Rezvani recuerda cómo tenÃa que llamar la atención de los niños wayuu a punta de dulces para que cogieran papel y lápiz.Era un trabajo difÃcil. "Para criar chivos no se necesita leer ni escribir", decÃan.Al principio, llegaba a las rancherÃas acompañado de una indÃgena, que le servÃa como intérprete, y con el tiempo comenzó a balbucear algunas palabras en wayuunaiki -lengua wayuu-. Asà logró cumplir con uno de los fundamentos de la fe BahaÃ, su religión, de ayudar a aprender a los que no tienen acceso a la educación. "Nuestra religión busca la unidad de la humanidad", dice este hombre que tiene la piel del color de la arena del desierto, usa anteojos y es casi calvo.Después de varios meses, Rezvani descubrió que sólo podrÃa llegar a más indÃgenas si los involucraba en el proceso. Esta certeza se la dio un joven wayuu que habÃa sido alfabetizado por un soldado. Un dÃa le propuso que les diera clases a sus hermanitos y sobrinos y a las dos semanas ya habÃa montado una escuelita. De esa experiencia surgieron más en otras rancherÃas. Llegó a fundar 120 escuelas, 90 en La Guajira y 30 en Venezuela."Sin ellos jamás habrÃa sido posible enseñarles a tantos indÃgenas. Más de 200 jóvenes pasaron por este proceso y miles aprendieron a leer y escribir", advierte el viejo iranÃ, nacido en la provincia Isfaham.Aunque las escuelas que ayudó a fundar Rezvani desaparecieron para darles paso a los centros educativos oficiales -el año pasado se cerraron las últimas 25-, hoy sigue con las puertas abiertas el colegio Nuevo JardÃn, al que asisten cerca de 300 estudiantes, la mayorÃa de la etnia wayuu, que viven en barrios marginales de Riohacha. El colegio funciona en un terreno de dos hectáreas, en comodato. Solo tiene siete aulas y los cursos de bachillerato reciben clases debajo de enramadas y de los árboles. Casi todos los pupitres y las sillas son hechas de metal que el iranà compró como chatarra y luego restauró. Pese a la precaria infraestructura, el colegio nunca ha suspendido clases y los estudiantes únicamente pagan 5.000 pesos de matrÃcula.La institución es oficial desde 2005 y hace dos años graduó a la primera promoción de bachilleres.Y es precisamente la suerte de los futuros bachilleres lo que hoy más le preocupa al iranÃ. El énfasis del colegio es agropecuario pero en las rancherÃas donde viven los estudiantes no tienen agua para poner en práctica lo que les enseñan.Por eso, la última batalla de Rezvani es construirles jagüeyes a los indÃgenas. Ha tocado las puertas de instituciones, como la embajada de Japón, para que les donen maquinaria, pero hasta ahora no ha obtenido respuesta. "Si los wayuu tienen agua no necesitan ayuda de nadie", dice.
PAOLA BENJUMEA BRITOESPECIAL PARA EL TIEMPORIOHACHA
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