En busca de un antídoto

En busca de un antídoto

A los colombianos y a las colombianas, como dice Luis Jorge Garay, se nos corrió la frontera moral.

21 de mayo de 2008, 05:00 am

Hace tiempo que las mujeres denunciamos los efectos de la lógica de la guerra que vive el país, pero nuestras voces no han logrado romper el ensordecedor ruido de las armas.

Lástima, porque las mujeres, y particularmente las feministas, tenemos la enorme ventaja de no haber perdido la posibilidad del asombro frente a los estragos de la guerra. Y esto, tal vez justamente por nuestra proximidad a la vida y a los cuerpos de la pequeña infancia, por nuestra cercanía a los problemas de hambre, de sed, de limpieza, de frío; en fin, por un compromiso con la dinámica y la estética de la vida cotidiana; un compromiso con ese mundo de las emociones, del dolor, del consuelo, de las hierbas que curan el mal de estómago, de las palabras que sanan el mal del alma y procuran darle un sentido a la vida; tal vez por esa tarea ancestral que ha concentrado en las mujeres las labores y los saberes del cuidado.

Todas estas prácticas producen percepciones, modos de pensar, maneras de ver y entender específicas, y una relación con el tiempo, con el espacio, con los otros, con las otras, que aún no han sido suficientemente valoradas por una cultura en la cual predominan la fuerza y el ejercicio impositivo del poder.

El sociólogo francés Pierre Bourdieu hablaría de un habitus, un modo de vida inscrito en el cuerpo, traducido por preferencias éticas y estéticas. Reconocer el valor de estas prácticas de cuidado y convertirlas en una responsabilidad de mujeres y hombres nos haría capaces de forjar una cultura que buscaría privilegiar, por ejemplo, el rechazo a la violencia, haría intolerables todas las formas de violencia, descubriría que las guerras no son eventos ineluctables y mucho menos naturales e instauraría una distancia con todo lo que rompe el tejido de la vida cotidiana.

Sabemos que las guerras reproducen modelos de exclusión, violentos y autoritarios; su lógica termina imponiéndose en todos los espacios de la vida, se instala en los colegios, en las universidades; el fenómeno de centenares de pandillas de jóvenes que florecen a lo largo del país, a menudo armados, y los clubes de las peleas reportados últimamente en la prensa son síntomas de ello.

Esta lógica se refleja también en las familias, en los patios de las casas, en el amor, en el lenguaje. Diariamente en Colombia 92 mujeres son víctimas de violencia conyugal, cada cuatro días una mujer muere por los golpes de un hombre y, según un estudio de la Universidad de Antioquia, hay violencia en 7 de cada 10 hogares de desmovilizados.

Lo he denunciado en varias columnas, en conferencias y en escritos, y hoy lo reafirmo, porque a los colombianos y a las colombianas, como dice Luis Jorge Garay, se nos corrió la frontera moral. Las guerras, sus instrumentos y sus prácticas de destrucción banalizan siempre los valores indispensables para el cuidado y el mantenimiento de la vida. La sustancia mortífera de las guerras es sumamente contagiosa, y aun cuando el antídoto del cuidado y de los saberes ancestrales de las mujeres está en nuestras manos, su poder curativo no se vislumbra aún: las propuestas de las mujeres siguen siendo silenciadas y subvaloradas. Romper este silencio tomará años y una real voluntad política que logre transformar sus experiencias vitales en proyectos de reconciliación y reparación.

Construir otras lógicas, otras relaciones y nuevas éticas centradas esta vez en el arte de la concertación, de la escucha de las diferencias, del encuentro entre razón y emoción, podría abrir caminos para una nación reconciliada, una humanidad reconciliada.

* Coordinadora del grupo Mujer y Sociedad