Sus alumnos viven en barrios marginales de la ciudad. A principios de año se matricularon 40, pero normalmente solo asisten unos 10 o 15, porque están enfermos o por falta de plata.
Después de jubilarse como maestra en 1984, tras darles clases por décadas a niños y jóvenes, Nicolasa Gómez compreta ya tres lustros enseñando en la Casa del Abuelo 'Esperanza Viva', en el barrio Arriba de Riohacha.
Sus alumnos tienen entre 60 y los 80 años. La mayorÃa no sabÃa leer ni escribir o habÃan empezado a olvidarlo. Pero nunca es tarde para aprender. Juana Gómez, de 83 años, es la mayor del grupo y la más aplicada. Pisó el colegio sólo seis meses porque su madre murió y aprendió a leer por su cuenta. Por eso, en lugar de repetir los sonidos de la cartilla Nacho Lee, como los demás, se ocupa en perfeccionar su firma. Olvidó escribir la primera letra con mayúscula y es corregida por la seño 'Nico'.Enseñarles a personas de la tercera edad no es fácil, reconoce doña Nicolasa, porque algunos son muy tercos. Recuerda que antes acostumbraba izar la bandera los dÃas patrios, pero los más viejos se negaban a ponerse de pie y a quitarse el sombrero porque ya no estaban para que los mandaran.Se dedicó a la docencia por vocación. De niña jugaba a ser la profesora de sus amiguitas y a los 17 años abrió una escuela en la sala de su casa, donde les enseñaba sus primeras letras a los vecinos. La llamó Nuestra Señora del Pilar y funcionó hasta que fue nombrada por la SecretarÃa de Educación como directora general de la escuela rural de Los Potreritos, en 1971. Allà impartÃa las clases debajo de una enramada y para llenar los cursos salió a buscar a los estudiantes rancho por rancho. Todos eran indÃgenas, mayores de 10 años y analfabetas. Dos años después, tenÃa 70 alumnos y logró que la SecretarÃa construyera dos salones y nombrara más profesores. Asà surgió la idea de levantar el colegio José Antonio Galán. Lo inauguró en 1973 y todavÃa tiene abiertas sus puertas. Después su preocupación fue darles de comer a 200 niños que iban a clases con el estómago vacÃo y logró, con el apoyo de particulares, crear un comedor para ellos. "Me siento orgullosa. En ese sitio donde antes crecÃa la maleza ahora se educan los jóvenes", dice la mujer, que también escribe poemas.Aunque nunca se casó ni tuvo hijos, doña Nicolasa se siente feliz. Vive con tres sobrinos, que crÃo desde pequeños, en una casa humilde.Desde que empezó a enseñarles a los abuelitos, en 1993, las clases únicamente se han interrumpido cuando está enferma. Hace cinco años, se fracturó el fémur y dejó de ir por cuatro semanas, pero no aguantó el aburrimiento y regresó en silla de ruedas. En su convalecencia, sus estudiantes le llevaban yerbas medicinales para que se curara. Hoy camina apoyada en un bastón.Para Nicolasa Gómez enseñar es su vida. Por eso, continuará dando clases hasta que Dios se lo permita. Y es que a sus años, lo único que le embolata la memoria son los rostros de sus ex alumnos del José Antonio Galán que van a visitarla o la saludan en la calle llamándola: "mi enciclopedia" o "mamá Nico".
PAOLA BENJUMEA BRITOESPECIAL PARA EL TIEMPORIOHACHA
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