Se acabaron de graduar en secundaria y ahora son empresarios del desierto de la Alta Guajira.
El olor a pan de queso recién horneado huye por la hendija de una ventana del internado indÃgena de Siapana y se diluye por este desierto de la Alta Guajira que comparten los cactus, la arena y los wayú.
Adentro, Breiner González, un indÃgena que tiene la sonrisa pegada a las orejas, amasa con fuerza mientras sus tres compañeros, que cubren el traje wayú bajo un delantal blanco, dicen orgullosos: Somos la primera panaderÃa del desierto.
Antes, el pan les llegaba duro y viejo después de atravesar 7 horas desde Maracaibo (Venezuela), su vecino más cercano. Pero en su colegio decidieron educarlos como bachilleres empresariales, viajaron una semana a Bogotá a aprender el oficio y desde entonces ellos y la comunidad comen pan fresco.
"Somos los rompecaminos", dice Ismenia Iguarán, una morena de cabello azabache y firme como sus palabras, que juega con el cuchillo de la reposterÃa. Se refiere a los panaderos y al resto de wayú que este año se convirtieron en los primeros bachilleres de la Alta Guajira.
Son catorce y ninguno tiene más de 24 años, pero todos hablan como si fueran guerreros del desierto que a pesar de la arena que se atravesaba en sus ojos y les impedÃa avanzar, se sobrepusieron a él y lo vencieron.
Su territorio está a 13 horas de Riohacha, la ciudad más cercana a la que llaman el interior del paÃs, y se llega a ellos después de cruzar kilómetros de tierra árida pero bella que hacen sentir que siempre se está en el mismo punto, y que los cactus y árboles de trupillo se repiten interminablemente.
Sociedad del cactus Para los arijunas, como llaman los wayú a los blancos, los cactus no son más que plantas inertes y a la defensiva; pero los estudiantes de Siapana descubrieron en ellos una fuente de trabajo.
Un dÃa visitaron la Makuira, montaña donde se encuentran las plantas medicinales, hablaron con los abuelos sobre antiguas tradiciones, llegaron a la conclusión de que su entorno era: arena, sol y cactus. Y decidieron investigar qué hacer con él.
"Pensamos, si la tierra lo da es porque sirve para algo", dice Beyanira GarcÃa, de décimo grado y lÃder de la empresa de cactus: Jemet toumain o Delicias de la tierra.
Preguntando con amigos encontraron a Rafael Márquez, el único experto en cactus que tiene el paÃs y que hace dulces de esta planta en el desierto de la Tatacoa, en Huila. Lo convencieron y fue a enseñarles la receta que ambos guardan con celo.
Ahora los estudiantes del colegio, desde preescolar hasta 11, producen mermeladas, frutas cristalizadas, ensaladas, morenitas (con sabor a panela) y colanche (vino de cactus) . Incluso superaron al maestro e hicieron hamburguesa de cactus.
-Jemet, jemet (delicioso), pronunciaron en lengua wayunaiki, los adultos cuando los probaron. De ahà surgió el nombre de la empresa. Ahora los padres están enloquecidos con el invento de sus hijos y la bola ya se regó hasta Venezuela de donde vienen a comprarles. Dicen que es benéfico para los diabéticos y calma el hambre.
Aún lo hacen con las uñas. Les falta una despulpadora y licuadoras industriales porque ante la ausencia de una buena planta de energÃa se les han quemado tres. Ellos, sin embargo, se lo toman en serio. Formularon misión y visión y desde Bogotá se trajeron una paila de acero inoxidable porque quieren conseguir registro sanitario del Invima.
Además ya lo usan en otra empresa 'Samatus de la Makuira o Frescura del oásis en medio del desierto', que formaron los estudiantes y que produce cremas de manos, perfumes, antisolares y gel para el cabello a base de cactus y otras plantas medicinales.
Esos proyectos los acercaron a sus abuelos, tanto que algunos de estos bachilleres lograron convencerlos de aprender a escribir sus nombres en español "para cuando vayan a la ciudad y no les entiendan el wayunaiki".
"Todas las empresas surgieron de la necesidad de alimentación y de ser autosuficientes. Queremos que la AlcaldÃa los contrate como capacitadores de panaderÃa y que puedan impulsar sus empresas", dice Fani Yined Bermúdez, la rectora del Internado, más conocida como la 'seño Yina'. Ella es quien lideró los proyectos y a pesar de ganarse solo 700 mil pesos, tiene a su cargo 24 aulas satélite a 4 horas de distancia, cada una.
Mil dificultades Las dificultades para que culminaran sus estudios abundaban como la arena. Si no habÃa burro que acortara las distancias para ir a estudiar, caminaban; si sus padres los retiraban del colegio para sembrar o cuidar chivos, suspendÃan el año pero al siguiente volvÃan; si no habÃa agua en el colegio recorrÃan una hora hasta un pozo y la conseguÃan.
Si los 24 mil pesos del subsidio que el Municipio da se acaban y no habÃa comida, llevaban carne o donaban un chivo. Hasta los traficantes de coca los tentaron para que trabajaran con ellos empacando la droga que enviaban a Venezuela y no lo lograron.
"Nosotras también paramos porque nos encierran un año", dice Ismenia. El encierro es una costumbre wayú que indica que cuando una niña menstrúa debe esconderse en casa para que la madre la prepare para ser mujer.
Estar desconectados del mundo también es un obstáculo. Las noticias de la radio llegan con retraso y los periódicos que alguna vez llevan, hablan de problemas ya resueltos. "Un dÃa vino una niña y me dijo: seño, oà por radio que hace cuatro dÃas se murió el Papa", se rÃe Yina.
A pesar de esto, igual que el cactus, crecen lentos, pero firmes.
Graduación al estilo wayú La noche de la graduación fue tan esperada como los veintitrés años que tardó el internado en sacar su primera promoción.
La tarde cayó, el viento se alzó y el color rojo, que para los wayú es fiesta se hizo presente en las bombas y en las sillas adornadas con cintas.
Las bachilleres, con mantas vaporosas que les cubrÃan el cabello y se inflaban al viento y ellos con sus coronas aya de imponentes plumas de pavo se preparaban para ingresar a la cancha donde les entregarÃan los diplomas.
Solo Duniela Palmar, otra de las bachilleres, tenÃa una preocupación. El burro, con el que harÃa su llegada triunfal y al que adornó con borlas de colores, se habÃa escapado. El problema es que no era suyo.
-Gladis Daris, tiene 18 años, es de la casta Jurariyú y hace su ingreso del brazo de sus padres. El docente que más le ha ayudado en su vida: Sandra Bautista. Su sueño: llevar servicios de salud a su comunidad. ¡Un fuerte aplauso para ella!, decÃa la animadora mientras Gladis desfilaba.
Luego cantaron el Padre Nuestro y el Himno Nacional en wayunaiki. Bailaron la younna, su danza tÃpica y, con lo diplomas en la mano celebraron con colanche, chivo y cactus.
Este año estudiarán etnoeducación en la universidad de La Guajira, que irá hasta sus territorios, aunque muchos, en realidad quisieran tener otras opciones.
Sin internet A fuerza de palabra la rectora del colegio y los estudiantes lograron que les regalaran computadores aunque no sirvieran para nada.
Y las clases de informática comenzaron con los wayú frente a los equipos tecleando ASDF KLÑ... pero sin poderlos encender.
La Gobernación les dio una planta de energÃa pero nunca funcionó y con una pequeña que solo tiene energÃa para dos computadores avanzaron en las clases.
Ahora tienen 50 equipos y hace poco se entusiasmaron con Internet. Les dijeron que necesitaban redes y tarjetas y, cansados de esperar las pusieron ellos mismos con asesorÃa de dos profesores. Pero aún están esperando CATALINA OQUENDO B.ENVIADA ESPECIAL DE EL TIEMPOSIAPANA (ALTA GUAJIRA)
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