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Angel Amaya, el palabrero wayú que calma los conflictos

Esta figura, que se consolida de manera autodidacta, forma parte del patrimonio intangible del país y preserva en el tiempo una tradición cultural.

A lo largo de medio siglo, Amaya Uliana ha sido una especie de talismán o un dios para los wayú porque puede arreglarlo casi todo.

De él han dicho que cuando no tenían esperanzas de encontrar la paz, él habló y la hizo posible. Sus historias se estudian y se cuentan de arriba abajo en La Guajira. Sin embargo, no tantos lo han visto en persona.

Por eso es una sorpresa para otros palabreros wayú, reunidos en Riohacha, ver y oír al que consideran el magistrado más célebre y respetado de su pueblo.

Su figura pequeña no revela sus 78 años de vida. Su piel trigueña da fe de las largas caminatas que ha emprendido para hablar con las partes en conflicto. Por su boca delgada, que apenas deja ver unos diminutos y gastados dientes, han salido valiosos argumentos que han evitado la guerra.

Después de 64 años como palabrero, la memoria de Amaya se ha vuelto débil y selectiva. Recuerda haber solucionado unos 36 casos de muerte por bala y accidente de tránsito, mientras que de las afrentas causadas por heridas de cuchillo y palo, y de los arreglos matrimoniales ya perdió la cuenta. Las historias que recuerda son las que les ha contado una y otra vez, con una vivacidad y una gracia sorprendentes, a sus 80 nietos y bisnietos, una progenie lograda con siete esposas.

"La guerra no sirve ni ganando ni perdiendo", dice Amaya, bajo una enramada de la ranchería Aujero, a 5 kilómetros de Riohacha, habiendo dejado atrás a sus seguidores palabreros. Frente a algunos de sus familiares, que han colgado sus chinchorros o se han acomodado en sillas en torno a su patriarca, Amaya comenta que pocas veces dice no a su trabajo porque "es obligado, como el de un médico".

Explica que "el palabrero va y viene, va y viene, hasta que todos se ponen de acuerdo". Lleva las palabras de cada parte ofreciendo cierta cantidad de animales, collares y piedras para enmendar una falta, sea moral o física. Apacigua los ánimos de quienes no quieren negociar. Convence a los que no están dispuestos a arreglar el problema pacíficamente porque de lo contrario "habrá muertos", como dice un sobrino de Amaya, Luis Van-Grieken, de abuelo holandés y abuela wayú.

Con hostilidad "Esa es una cosa que uno tiene que pensar bien en la cabeza. Cuando era nuevecito, yo no pelaba una palabra. Ahora me mandan con mil, y mil palabras van pa'afuera", dice Amaya, que se probó como palabrero a los 15 años cuando tuvo que solucionar un conflicto generado por el asesinato, a garrote, de un joven indígena.

Sentada a su lado, una de sus nietas, Yanelis Amaya Spinayú, de 18 años, dice que a su abuelo siempre lo buscan cuando los casos están prácticamente perdidos, cuando otros palabreros no han logrado sacarlos adelante. "Él le dice a la gente que no es Dios para arreglar los problemas de una sola vez, pero ellos le responden que él tiene la capacidad y el carácter", dice la estudiante de etno-educación.

Vestido con una camisa de manga corta de cuadros y una manta gris de dril, que esconde su guayuco (taparrabo), Amaya lanza, sin ánimo de sentenciar, las características que él considera fundamentales de un buen palabrero: "Lengua y carácter para hablar, material en la cabeza y decir palabras verídicas".

Sabe que su oficio es practicado por pocos y está seguro, sin dar mayores explicaciones, que los palabreros simplemente nacieron para eso. Según Weildler Guerra Curvelo, amigo de Amaya y conocedor de la cultura wayú, de la que es originario, los palabreros no son numerosos y la mayoría se dedican a pequeñas disputas. "Grandes como mi compadre no hay 20 en toda La Guajira", dice.

A Amaya han llegado a recibirlo con hostilidad durante sus correrías. "Cuando la cosa es horrible, da miedo. Para eso uno tiene que tener el cuero muy grueso", dice como preámbulo de una historia: "Una vez me pusieron una tranquera de indios, que no me dejaba entrar. Le dije al mayor de ahí, 'déjeme entrar porque vengo a salvarles la vida'. 'No, que fulano está guapo (bravo)', me amenazaron. 'No señor, les dije, él no me puede matar porque no soy su enemigo. Voy de palabrero'".

Y así, lidiando temporales, pero también buenas aguas, Amaya ha ido como palabrero a Maracaibo, a la Alta Guajira, a Fonseca y a donde lo han requerido. El pago por los arreglos conseguidos depende de lo que quieran darle quienes lo llamaron. "Me dicen, '¿cuánto quiere?' y les digo, 'lo que quieran darme de su voluntad'. Si les pido más, se asustan. Pero si ellos dan con gusto, quedan contentos conmigo y al siguiente día puedo ocuparme de otro caso porque ya me conocen a mí, que no pido".

Las leyes wayú no están escritas. Y Amaya sabe que ser garante de su cumplimiento significa mucho para su pueblo. Por eso, ahora que se está quedando sordo y ciego, y que está perdiendo la memoria, teme por la cultura wayú: "Quisiera ponerme como nuevo otra vez para no dejar perder a La Guajira porque las costumbres de uno no se pueden olvidar ni acabar".

Como palabrero, Amaya no quisiera que se perdiera la ceremonia del 'careo': después de que las cuentas han sido saldadas, las familias que estuvieron en conflicto se reúnen y se ofrecen comida y alcohol (con excepción de quien cometió la falta). "Los que iban a ser enemigos se saludan, se abrazan y se besan", dice Amaya sonriendo. En ese momento mágico, siempre recordado con orgullo y alegría por él, la palabra demuestra que es tan poderosa como la vida y que puede transformar hasta lo inimaginable. Ahí ha estado Amaya infinidad de veces, tantas que ya perdió la cuenta.

Paola VillamarínEnviada especial de EL TIEMPORiohacha

Publicación
eltiempo.com
Sección
Cultura y entretenimiento
Fecha de publicación
27 de diciembre de 2007
Autor

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