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Cautiverio de diputados del Valle fue narrado por joven guerrillera desertora de Farc

Ella huyó de un campamento en el Naya, entre Valle y Cauca, hace más de una semana.

Por: Redaccin ELTIEMPO

"Yo le hice señas con la mano, despidiéndome, a él se le bajaron las lágrimas y ya no nos volvimos a ver". Así recuerda la guerrillera la última vez que vio vivos a tres de ellos, que cuidó desde finales del 2005 hasta marzo pasado.

"Mi amigo era este", dice sonriendo mientras señala la foto de Rufino Varela. También identifica a Juan Carlos Narváez y a Sigifredo López, el único de los ex diputados que sobrevivió.

Ella, junto a 9 guerrilleros más, recibió a finales del 2005 la misión de recibir a los tres políticos y cuidarlos. El día que se se despidió de Rufino era un martes de marzo pasado, cuando la vigilancia de los tres ex diputados quedó en manos de un comandante 'Ezequiel', de la columna 'Daniel Aldana'.

"Llevaba cuatro años en la guerrilla. Me reclutaron en Silvia (Cauca), me llevaron a Tumaco para recibir entrenamiento, luego me pusieron a hacer inteligencia en Piendamó y El Bordo y luego me mandaron de guerrillera rasa. Después me tocó ir por los diputados", relata.

El día que fue a buscarlos

Recuerda que estaba en El Ceral, vereda del Naya, cuando recibió la orden de "ir a recoger un paquete a Corinto".

"El comandante, que se llamaba 'Jairo' o 'Mamajuana', me tenía mucha confianza pero no me dijo qué era el paquete. Nos gastamos día y medio para llegar y lo mismo para regresarnos con los tres hombres. Ellos estaban con una compañía del frente 6, que los había recibido del 60", dice mientras raya unas hojas.

"Estaban flaquitos cuando los recibimos. Había uno que estaba muy enfermo y tenía paludismo (identifica en una foto a Rufino Varela). Llegó con escalofrío y no quería recibir comida.
Tampoco hablaban", recuerda.

En las fotos de tres periódicos los busca y los reconoce. No sabía sus nombres porque al recibir la custodia les ordenaron no tener contacto con ellos, pero la adolescente se dio sus mañas para
poderse acercar al señor que "se quería morir de física hambre".

"Él (Rufino) repetía que prefería mil veces que lo mataran a seguir pasando esa pena y no me recibía comida, pero con el paso de los días ya aceptaba algo y por las mañanas me recibía la colada que les dábamos a las 10".

Según cuenta la desertora, los movían entre tres campamentos que hay en la zona y los mantenían encadenados.

"En el día tenían la cadena en las manos y en la noche se las poníamos en los pies. Cuando iban para el baño les soltábamos una mano, pero la otra sí seguía amarrada. Cuando orinaban era delante de nosotros y para las otras necesidades amarrábamos la cadena a un palo, pero no dejábamos de mirarlos", relata.

"A veces se les acababa el jabón y yo le conseguía uno al señor (Rufino) por debajo de cuerda. Él estaba barbado y no se afeitaba. Inclusive un día él me estaba dando un teléfono y se dieron cuenta y me sancionaron, pero como yo era de confianza del comandante solo me pusieron a ranchar y me quitaron el armamento una semana".

Su osadía la alejó de él, porque el comandante le prohibió siquiera mirarlo. Pero la confianza que le inspiraba, según sus palabras, la llevaron a conseguirle algo que él le había pedido.

"Cuando bajé a Timba, un caserío de por ahí, me saqué un libro de un almacén. Era de un señor viejito que cuenta cuentos... ¿Rafael Pombo es que se llama? Y se lo llevé. Cuando los otros se descuidaban él lo leía. También le llevé un cuaderno y escribía las cosas que le pasaban".

La ex guerrillera recuerda que un día que bajaron al río para el baño, Rufino Varela le dijo que lo ayudaba a huir, él la ayudaba después a salirse de la guerrilla. "Por eso cuando después supe
que lo mataron me prometí que como fuera me volaba y me llevaba al comandante por delante
".

Y así cumplió su promesa la madrugada del pasado lunes, cuando aprovechó que estaba de guardia y salió corriendo del campamento, sin parar durante tres horas por entre la selva hasta que llegó a una vereda. Allí escondió el uniforme y el fusil y como pudo cogió un bus hasta Palmira, donde se entregó en una iglesia.

Cuando se le pregunta qué recuerda de Rufino Varela, responde: "La tristeza de sus ojos". La que vio reflejada cuando se despidieron después de que les ordenaran sacarlos del Naya y llevarlos hasta El Patía.

"Nosotros llevábamos tres, otros dos los bajaron de Corinto y el otro grupo lo tenían en Piedrasentada, por los lados de La Cruz (Nariño)".

De Sigifredo López recuerda que nunca habló con los guerrilleros rasos y de Juan Carlos Narváez que se la pasaba hablando todo el tiempo con Rufino Varela, pero no confiaba en los subversivos.

"La noticia de que la vuelta se había consumado llegó como a finales de abril (el reencuentro de los diputados). Meses después escuchamos en las noticias que los habían matado. Ahí sí lloré.
Pero ahorita estoy más tranquila porque le cumplí la promesa al señor", concluye.

Jineth Bedoya Lima
Enviada Especial de EL TIEMPO
Valle del Cauca

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