El creador de el cine club 'El Muro' es uno de 'Los diez de la cultura'

El creador de el cine club 'El Muro' es uno de 'Los diez de la cultura'

Adolfo Ayala, tiene entre sus manos desde hace trece años uno de los cine club más tradicionales de la Bogotá contemporánea.

12 de diciembre de 2007, 05:00 am

Lo que hoy es uno de los establecimientos más reconocidos en el ámbito cultural bogotano empezó como una empresa de publicidad callejera, por eso, Ayala accede a salir del Teatro Ópera, sede de su cineclub,  provisionado con un balde de plástico, una escobilla y una maleta llena de carteles.

"Estos fueron los inicios, en el 94", dice sonriendo mientras revuelve en el balde harina de trigo y soda cáustica, un pegante casero que ha usado desde cuando fijar carteles era su único medio de subsistencia.

Comenzó con aquellos que anunciaban a los difuntos, que lo obligaban a ir de cementerio en cementerio en su bicicleta y a encontrar las direcciones donde los dolientes querían que los avisos fueran fijados. "Ahí aprendí a conocer la ciudad de noche y de día", comenta en su manera atropellada de hablar.

De los carteles mortuorios pasó, con su pequeña empresa (El Muro Publicidad), a los culturales y rumberos: les pegaba carteles a Café Cinema y a los bares Los Versos del Capitán, Arcadia, Búhos Tertulia, Gabinete 451, El Bulín y La Teja Corrida.

A Ayala le gustaba el cine desde cuando era niño, desde que vivía en Armero y metía la cabeza entre las rejas del teatro para ver alguna película de vaqueros. "Eso era raro porque en la casa ninguno era afiebrado al cine", dice Mariela Rojas, su madre, miembro esencial de El Muro, que ha hecho las veces de taquillera, repartidora de aromáticas y hoy, en la recién alquilada sede en el Ópera, maneja la confitería.

El cine, sin embargo, era algo lejano para Ayala. Estudiaba en el internado rural El Danubio, en Ambalema (Tolima), y entre sus labores se encontraba recoger algodón, millo y maíz. "Alcancé a coger 75 kilos de algodón, a los 11 años", dice con orgullo. Cuando llegó a Bogotá con su familia, en el 82, empezó a comprar la revista de cine 'Toma 7', que costaba 15 pesos, para enterarse del devenir cinematográfico. Un año después, llevado por sus tías, vio 'Blade Runner' en el Teatro Embajador y se le quedó fija en la memoria.

Una simple promesa económica fue la iniciación de Ayala en el medio del cine.

El cineclubista Nelson Vásquez le dijo que si a través de sus carteles hacía una buena convocatoria de público para una función de 'Saló o los 120 días de Sodoma' (la polémica película de Pier Paolo Pasolini) le daría una participación de la taquilla; así lo recuerda Ayala mientras camina de regreso al Ópera, a unas cuadras del Centro Comercial Terraza Pasteur, donde quedaba el cineclub en el que hizo sus primeros pinitos.

Después del filme de Pasolini vendrían  'Betty Blue', 'Azul profundo', 'El marido de la peluquera', 'La discreta' y 'Boda blanca', títulos obligados para los cinéfilos de la época.

 'La noche de los lápices'

 "Mi deber es tratar de buscar obras que la gente no puede ver", dice con convicción Ayala, definido por Saúl Germán Torres, asiduo visitante de El Muro, como "extrovertido en su labor de promocionar el cine, pero reservado sobre su vida personal".

El impulso dado por Vásquez lo llevó a crear el cineclub El Muro, cuyo nombre y programación pueden leerse siempre en algún cartel cuando se camina por el centro de Bogotá.

Lo abrió el 11 de marzo de 1995, con la impajaritable 'La noche de los lápices', que iba a presentar en el Teatro Metropol, pero que por la supuesta falta de una autorización tuvo que cambiarse sin previo aviso al Teatro México. "Llegaron 350 personas. Fue tanta la gana de la gente de acompañarme, que nos fuimos caminando hasta el México", comenta Ayala, que contrató una banda de rock para que fuera la telonera de su película.

Ayala, que ha aprendido de cine de manera autodidacta, es popular entre los seguidores de El Muro por ser un entusiasta anfitrión de cinéfilos, dispuesto siempre, y a manos llenas, a hablar del director de la película, de alguna actriz, de una escena conmovedora. Pero también encarna el papel cada vez más complicado, e incierto, de los cineclubes en un mundo en el que es cada vez más fácil conseguir películas y en el que la piratería es duramente castigada.

Su actividad sigue marcada por el viejo esquema del cineclubismo, una mezcla de informalidad y ganas de compartir su afición, pero siente que debe adaptarse a las nuevas reglas de juego.

De hecho, dice presentar el 90 por ciento de las películas de su cartelera en 35 milímetros y el 10 restante, en video. Se las alquila a las distribuidoras, que se las dan después de que han hecho un recorrido en salas comerciales, pero sabe que no es suficiente. Trabaja con las independientes como Babilla Ciné, Cineplex y Venus Films para ampliar un poco su espectro de exhibición.

'Desencantado'

"Estamos condicionados por las grandes distribuidoras", comenta Ayala refiriéndose a que lo que no se consiga por esa vía es prácticamente impresentable porque no tiene derechos de exhibición. Ese trámite, asegura, es bastante complicado.

Si, por otro lado, quisiera hacer ciclos de películas estrenadas hace años en el país, las copias no existen porque fueron quemadas. "No hay material de Almodóvar para hacerle una retrospectiva. De 'Volver' (hecha en el 2006) solo queda esta copia", dice señalando el afiche rojo en el que aparece Penélope Cruz, con el que El Muro anuncia su oferta en cartelera.

Esa poca capacidad de acción lo tiene "desencantado", pero dice que no se va a rendir porque no hay nada mejor que escuchar a un cinéfilo agradeciéndole por haberle dado a conocer un filme. Su meta próxima es crear su propia cinemateca. "La vida está en los sueños, decía un personaje en  'No te mueras sin decirme a donde vas'. Sin ellos, la vida no sería vida", agrega. Sabe que es difícil, pero es un sueño fijo, como las imágenes de 'Blade Runner' que se quedaron dando vueltas en su cabeza.

Su cine favorito

Adolfo Ayala habla de las películas que más lo han marcado:

'Contra viento y marea', de Lars von Trier, aborda de manera muy emotiva los sentimientos, el amor al límite, y la crítica a la Iglesia.

 'Carácter', la cinta holandesa sobre cómo logra salir adelante un personaje que tiene en contra a su propio padre.

'El séptimo sello', de Ingmar Bergman, por explorar el alma humana.

'Waking Life', de Richard Linklater, que enseña filosofía contemporánea y muestra cómo el sistema nos empuja.

'Hair', de Milos Forman. Una de las tres primeras óperas rock. Muestra una época, habla sobre la amistad.

Y todo Pasolini, un escritor y director cuestionado, que seguirá vigente y estará en la memoria de cualquier buen cinéfilo.

PAOLA VILLAMARÍN
REDACTORA DE EL TIEMPO