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Monja colombiana volvió al paÃs tras cumplir misión de 25 años en Israel, LÃbano y Egipto
La hermana Irma RamÃrez, de 70 años, que estuvo a punto de perder un oÃdo por una bomba en LÃbano, ahora espera un traslado a Risaralda para llevar una vida más reposada.
La hermana, de cuerpo menudo y ojos claros, estima que pasó más de 9.200 dÃas y noches en Oriente Próximo. "Toda una vida", dice.
Su destino inicial fue Ajeltoun, un pequeño poblado encumbrado entre las montañas del LÃbano. Allà la encargaron del cuidado de 72 niñas abandonadas a su suerte por sus padres, o que quedaron huérfanas en medio de la cruenta guerra que se vivÃa en esa región, y que aún no termina.
Precisamente en esa guerra fue que la hermana casi queda sorda.
Ocurrió en junio de 1983, siete meses después de arribar al lugar donde empezarÃa su misión humanitaria.
Ese dÃa no estaba en el refugio en el que ella y las 72 niñas se resguardaban cuando habÃa bombardeos: un teatro subterráneo custodiado por bultos de arena, cerca del orfanato.
Estaba en la casa donde vivÃa cuando una bomba explotó a solo 10 metros de ella, al incrustarse de súbito por el techo. La vivienda quedó destrozada, pero ella, milagrosamente, no sufrió ni un rasguño.
Con el paso de los dÃas fue recuperando la audición perdida mientras ella se adaptaba, lentamente, a su nuevo hogar, en el que todo era ajeno.
Hoy en dÃa, de vez en cuando, sobre todo en las noches frÃas, el oÃdo izquierdo de le duele intensamente.
Vida en una guerra ajena
La hermana se fue acostumbrando al ruido de los aviones y al crujir de las bombas.
A diario se enteraba de que al vecino lo habÃan matado, o que a la casa de enfrente le habÃa caÃdo una bomba encima. "Fue muy duro sentirse sin patria, sin amigos, y sin lengua. Pero fue más duro vivir con la zozobra de la guerra", cuenta la religiosa, oriunda de San José (Risaralda) y la quinta de 12 hermanos.
Para aprender a hablar árabe, sor Irma entró a una escuela cercana con los niños de kÃnder. Los pequeños no comprendÃan por qué tenÃan una compañera de esa edad (unos 45 años) y menos con un atuendo como el suyo. En un paÃs como LÃbano, por sus costumbres religiosas no católicas -musulmanes y cristianos-, una monja es una criatura extraña.
No solo eso. La rechazaron y la insultaron. "Algunas personas escupÃan cuando me veÃan caminando por alguna calle, me gritaban cosas y hasta me tiraban piedras. Pero yo no les paraba bolas".
Después de cuatro años empacó maletas. Su rumbo era ahora Haifa (Israel). Su comunidad -Hijas de la caridad de San Vicente de Paúl-, la envió a trabajar en una guarderÃa. Allà se encargó de los niños discapacitados.
Dos años después continuó su periplo misionero, esta vez, en Egipto. La delegaron para administrar una suerte de droguerÃa.
Además de sus labores cotidianas -aplicar inyecciones y recetar medicamentos básicos-, sor Irma asumió una función que nadie le ordenó: lavarle los ojos y las orejas a los niños para que no los picaran los moscos.
Regresó al LÃbano, y luego pasó por Irán y terminó su misión en El Cairo (Egipto). En esos lugares laboró en colegios, con comunidades pobres, mujeres y niños.
"Lo más dramático es ver que toda esa gente vive en completa tensión, llena de odios y rencores. Han sufrido tanto el flagelo de la guerra, que su violencia interna les impide perdonarse. No les interesa la reconciliación".
JOSÉ ALBERTO MOJICA P.
REDACTOR DE EL TIEMPO
- Publicación
- eltiempo.com
- Sección
- PolÃtica
- Fecha de publicación
- 10 de diciembre de 2007
- Autor
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