Cerrar

Publicidad

Últimas Noticias de Colombia y el Mundo - ELTIEMPO.COM

Últimas Noticias

Ver más últimas noticias

Patrocinado por:

"No pienso en la muerte", dijo Rogelio Salmona en una de las últimas entrevistas que concedió

La periodista de EL TIEMPO María Paulina Ortiz lo visitó en su casa en abril de este año y constató su coraje para luchar contra la enfermedad. Este fue su testimonio.

A pesar de los efectos de una quimioterapia contra el cáncer, el maestro sigue trabajando intensamente y conserva el ánimo para decir sus verdades. No se da por vencido.

Esta mañana el sol calienta fuerte en Bogotá, y eso lo reconforta. El carro que lo conduce hacia La Candelaria va con las ventanas arriba, sin aire acondicionado. "Qué bien -dice-. Me siento como en un termo". El maestro Rogelio Salmona lleva una chaqueta verde encima de su saco de lana, una bufanda con nudo doble protege su cuello y unos guantes negros esconden sus manos. Y sin embargo, el frío no le da tregua.

Minutos antes, en su apartamento, había comido sin ganas unos trozos de pera. Casi sin terminar dijo: "Vamos, están esperando abajo" y tomó un pasó firme hacia la puerta apoyado en un bastón que en el ascensor se convirtió en silla. El maestro se sentó durante los segundos que tardó la máquina en llevarlo del piso 15 al 1. Se subió al carro rumbo a la obra que tiene en proceso: el centro cultural que diseñó para el Fondo de Cultura Económica en
la esquina de la carrera sexta con calle 11.

"Vengo cada vez que puedo -dice al llegar-. Las obras hay que seguirlas de cerca, cotidianamente. No he podido hacerlo todos los días. Pero lo hago dos veces por semana". El cáncer de colon que apareció hace ocho años volvió hace uno. Lo tiene débil. No derrotado.

-¡A esa altura no! -grita.

Salmona está en el primer nivel corrigiendo un muro que los obreros construyen arriba. El jefe llegó. En lo que será un patio rodeado de plantas, se sienta en la silla que le sirve de bastón y pide unos colores para corregir los planos. "Los planos son solamente una indicación. Las obras hay que verlas aquí, así", y con su mano derecha traza cómo quiere que queden las cosas.

Sus asistentes le lanzan una pregunta tras otra. Cómo resolvemos esta escalera, qué hacemos con esta esquina, con esta puerta. "Todo se puede hacer; pero si lo vamos a hacer, hagámoslo bien. La solución es esta", y aparece en segundos pintada en el papel.
A Salmona no se le acaban las ideas. Pero empieza a ganarle el cansancio. "Hasta el agua me sabe feo", dice al tomar un sorbo en un vaso que le acercan. "Es por la quimioterapia", agrega. Dos horas después va de regreso a casa.

Camino a su apartamento, recorre los edificios que nacieron en su mente hace casi cuarenta años: las Torres del Parque, en la carrera quinta con calle 27. Se cruza con la bulla de los estudiantes, con ejecutivos que andan cigarrillo en mano, con parejas que se miran y se sonríen. Se cruza con la vida que él siempre soñó que tuviera el lugar que creó.

¿Una entrevista más?

-Le aseguro que usted no ha leído nada de lo que he escrito. Ni una página.

Con esa frase me había recibido el día anterior en su apartamento. Eran las 3 de la tarde y el sol entraba por las ventanas de la sala. El arquitecto se sentó en un sofá, prendió la calefacción, la puso a pocos centímetros de su cuerpo y fue directo al regaño: "Los periodistas llegan a ver qué sale, sin informarse. Para qué otra entrevista. ¿Qué más va a decir de mí? Ya dije todo".

-Queremos saber más de los creadores -me arriesgo.
-Lo que cuenta es la obra. Que ella responda. De los creadores qué se puede saber.

A pesar de su queja, habla siempre en tono bajo. Sereno. El maestro parece resignarse y empieza a mirar a su interlocutora con ojos menos inquisidores. Ojos color verde oliva. En las paredes, bibliotecas llenas de libros. En las mesas, libros sobre libros. En el piso, el violonchelo que toca su hijo de 20 años. Salmona, en pantuflas y saco de lana, recorre su cara con un pañuelo.

-Maestro, cuando usted habla de sus obras hace alusiones a la música, a la poesía...
-Porque han sido fundamentales. Enriquecen lo que hago, o supongo que me ayudan a enriquecerlo. La música ha sido mi compañera en el trabajo. La música y la poesía me ayudan, me estructuran y me permiten hacer propuestas arquitectónicas.

... Se oyen unos frenazos de carros que hacen que el arquitecto interrumpa su frase. "¿Qué fue ese ruido?" La torre en la que vive deja ver a esa Bogotá color naranja. No tiene vista a la plaza de toros. Mejor para él: "¿Para oír esa tontería de olés y ver a colombianos vestidos de cordobeses?", dice y pone el acento de esa región española. Salmona tiene sangre española y francesa.

Cuando se le toca el tema, alega que eso ya lo sabe todo el mundo. Es colombiano. Tiene el humor del buen bogotano. Con eso es suficiente.

-¿Qué siente al ver las Torres del Parque, al vivir en un sitio que usted vio nacer desde que hizo el primer boceto?
-Le voy a decir algo que no me va a creer: siento frustración. Porque pienso que hubiera podido hacerlo mejor. Y sé que no lo logré. Cada vez que veo un rincón, un aspecto del proyecto, pienso que lo he debido hacer en tal forma. Con el tiempo veo los errores.

Le pregunto por esos errores. El maestro mueve sus manos muy delgadas para un lado y para el otro. "Es difícil de explicar. Son cambios formales, encuentros, perfiles... Es algo que siento, pero que no puedo decir. Se tiene que dibujar. Verbalmente es difícil".

El Museo de Arte Moderno de Bogotá, la Casa de Huéspedes Ilustres en Cartagena, el Archivo General de la Nación, el Edificio de Posgrados de la Universidad Nacional, la Biblioteca Virgilio Barco son, entre otras, las obras que han salido de la mente de este arquitecto que recibió la más importante distinción que se entrega en el mundo en su campo: el Alvar Aalto. Hoy tiene 77 años y no se detiene.

Además del centro del Fondo de Cultura en La Candelaria, que será un escenario público para la lectura, tiene en camino el diseño de la sede de la Universidad Pedagógica en el norte de Bogotá. "Si se logra, será una de las obras más importantes que hubiera podido hacer. Es el centro universitario donde se educan los maestros del país", dice. Y es consecuente con lo que siempre ha afirmado: "Mi mejor obra es la que no he hecho".

-¿Cómo ve hoy Bogotá?
-Es muy contradictorio. Ha mejorado enormemente, pero le falta mucho. No podemos hacernos ilusiones. Falta espacio público, hay que arborizarla más, hay que mejorarla paisajísticamente. Hay que recuperar las quebradas, los ríos. El río es fundamental en una ciudad. Bogotá lo tiene, pero no se ha hecho nada.
-La política es un tema que tampoco le es ajeno. ¿Qué dice de la Colombia de hoy?
-¿Decir? Estoy preocupado. No sé para dónde vamos ni entiendo qué está pasando con la política. Me alienta, eso sí, que haya una agrupación de izquierda que se está conformando y espero que se consolide: el Polo Democrático. Hay una persona que me parece muy seria ahí, Jorge Robledo.

Sin pensar en la gente

Salmona piensa que hoy no se está haciendo una mejor arquitectura para la gente. "Mejor especulación, sí. La gente más rica siempre estará bien, o más o menos bien. Pero la vivienda de interés social que se está haciendo es poca y muy mal diseñada. No crea ciudad, crea tugurio. Es una vivienda pequeña, reducida, casi... voy a decir algo feo: como ratoneras. Mientras eso no cambie en Colombia, nunca tendremos ciudades adecuadas. Y no solo es vivienda, sino espacio público: parques, colegios, centros culturales".

El barrio. ¿Se acuerdan de los barrios? Salmona vivió su infancia en Teusaquillo, en casa con jardín, con patios; en calle con barra de amigos, con tienda de la esquina. "Hemos perdido parte de ese barrio. Yo tuve una infancia feliz. Viví una niñez de comunidad, de amigos, de vecinos".

-¿No hay manera de echar para atrás, o todas las ciudades van
inevitablemente a coronar a los centros comerciales como los nuevos reyes?
-No creo. Al contrario. En Europa, en París, por ejemplo, están tratando de vivir en un ritmo más lento. Seguir con la vida de barrio. Al lado están, claro, los grandes centros comerciales de especulación económica. Pero al mismo tiempo hay el deseo de volver a comer con lentitud, sentados en una mesa. De gozar las cosas de la vida diaria.

El maestro toma un poco de agua y se preocupa porque el café de su visita no esté frío.

Guarda silencio unos segundos. Mira a través de sus lentes y confiesa: "A mí lo que más me importa es el transcurso del tiempo. Vivir el tiempo. Vivir mis horas del día, gozarlas. Eso de que el tiempo es oro es una grandísima estupidez. El tiempo es vida. Me interesa vivirlo".

-¿La enfermedad lo ha hecho pensar así?
-Me ha afirmado más en esto de que el tiempo es vida. Uno valora más las cosas. No he parado de trabajar a pesar de que desde hace un año vengo con una terapia terrible. Vivo con unos dolores permanentes, no sé cómo hacer. Me impiden hasta concentrarme. Por momentos no puedo ni leer. Pero no pienso parar. Pararé el día en que me toque, si la enfermedad me dominó. Pero creo que la estoy dominando. Hay que seguir en la lucha y no dejarse vencer.
-¿Piensa en la muerte?
-No pienso en eso. Claro: sé que uno se tiene que morir. Pero pensar en la muerte, no. Si llegó, llegó. Sé que estoy más cerca que antes, obviamente. La edad, por un lado. La enfermedad, por otro. Pero no me preocupa tanto.

Buena parte de su taller lo ha trasladado a su casa para no tener que hacer largos recorridos. Caminar lo agota. Desde ahí trabaja y discute con su equipo de colaboradores los pormenores de los proyectos. Alguna vez fue profesor; hoy dice que en realidad no sirve para la enseñanza. "No me atrevo a enseñar. Siento que me estoy equivocando. No sé cómo se enseña la poesía. El diseño es una poética. ¿Cómo transmitirlo?".

Se queda corto quien diga que Rogelio Salmona  es únicamente un arquitecto. Aunque él prefiere ser definido así:

-Un arquitecto. No más. O mejor: alguien que trata de ser un arquitecto. Porque ser arquitecto es muy difícil. Uno no sabe si lo que hace tiene validez. El tiempo es el que lo dice. Una buena arquitectura se convierte en una ruina. Una mala arquitectura desaparece. Pero para saber si es una ruina hay que esperar muchos años. Espero que las Torres no sean una ruina hoy, sino dentro de mil años.

La luz del atardecer golpea contra los ladrillos de los edificios y le dan a la ciudad ese carácter que las obras de Salmona han ayudado a crear. Es hora de irse. El maestro se queda sentado en su sofá. Luego de ofrecer una sonrisa, se despide y dice una cosa más:

-No me diga maestro.

Publicación
eltiempo.com
Sección
Entretenimiento
Fecha de publicación
3 de octubre de 2007
Autor

Publicidad

Paute aqu�