El recorrido de casi 1.200 kilómetros que ha hecho a pie el profesor Gustavo Moncayo desde su natal Sandoná, en Nariño, hasta la Plaza de BolÃvar de Bogotá no es solo una cruzada individual de persistencia y entereza del padre de un policÃa en manos de la guerrilla de las Farc desde hace casi 10 años. El viaje del profesor, que llegó ayer a Bogotá, y su decisión de "quedarse a vivir" en la Plaza de BolÃvar ofrecen la posibilidad de que no pierdan impulso las multitudinarias protestas del 5 de julio y de mantener viva la indignación ciudadana con el abominable delito del secuestro en el que son campeonas las Farc.
Con Moncayo ha pasado lo que ocurre a veces con las movilizaciones masivas: nadie sabe cuándo se desatan ni por qué. Ni él mismo podÃa prever que, una vez iniciada su marcha, las Farc asesinarÃan a los 11 diputados del Valle y despertarÃan una oleada de repudio nacional contra el secuestro como hace muchos años no se veÃa. Seguramente no podrá decir, tampoco, por qué se le ocurrió marchar ahora y no antes.
El caso es que lo que empezó como la empresa de un solitario caminante y su hija, en parte bajo el impacto de las circunstancias, cobró un insospechado protagonismo y en los 46 dÃas de caminata arrastró hasta el corazón de los poderes nacionales un gigantesco caudal de solidaridad, que las Farc no pueden subestimar. Y no por lo pintoresco que pudiese resultar lo que generó a su paso por los 7 departamentos el profesor Moncayo deja de tener un profundo significado polÃtico la heroica marcha de quien desde ya encarna un sÃmbolo polÃtico contra la crueldad del secuestro.
En ese contexto, lucen fuera de tono las declaraciones del ministro del Interior, Carlos HolguÃn, quien calificó como "vÃas de hecho" el que Moncayo se instalara en la plaza, y advirtió que su cruzada podÃa ser usada por intereses polÃticos. Es que desde el comienzo la marcha del profesor es polÃtica. El alcalde de Bogotá, Lucho Garzón, ha dicho que no hay inconveniente en que Moncayo se quede allÃ, y este último ha sido claro en que su único interés es la liberación de su hijo y de todos los secuestrados y la concreción del acuerdo humanitario para conseguirla.
A quienes temen que la Plaza de BolÃvar se convierta en un "campamento" habrÃa que pedirles considerar con seriedad lo que la permanencia de Moncayo en ese lugar puede arrojar en términos de clamor nacional en favor de la liberación de los secuestrados. Gracias a su decisión, existe la posibilidad de que no se pierda la dinámica de las marchas contra el asesinato de los diputados.
Es posible que crezca la presión en favor del acuerdo humanitario y el despeje. Ya el presidente Uribe dijo que se reunirá con Moncayo (no se sabe si en Palacio o junto a la estatua de BolÃvar), después de que este se negó a hacerlo con sus subalternos. Se afirma que las Farc desprecian este tipo de presión ciudadana. Pero una cosa es un paÃs con un personaje como Gustavo Moncayo instalado en la Plaza de BolÃvar y apoyado por miles de personas, recordando permanentemente la suerte de su hijo, el cabo del Ejército Pablo Emilio Moncayo, en manos de las Farc desde la toma de la base de Patascoy, el 21 de diciembre de 1997, y otra cosa es una nación donde el clamor de los familiares de los secuestrados es una voz en el desierto, como ha pasado estos años. Esa es la gran diferencia que introduce el caminante de Sandoná. Y, aunque no puede darse por sentado que logre algo concreto, esa diferencia es bien importante
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