Muchos jóvenes que antes entraban sin mayor problema por ser talentosos, hoy no alcanzan a estar entre los últimos admitidos.
Esto sucede porque los cupos no han aumentado lo suficiente como para que la competencia sea constante, y porque mientras crecen los colegios de categorÃas altas en el examen del Icfes, la preparación de la mayorÃa de jóvenes -sobre todo en pequeñas poblaciones y colegios públicos- no lleva el mismo ritmo.
De las instituciones en categorÃa superior y muy superior, 1.472 son privadas y solo 443 son públicas. En las categorÃas más bajas, 1.708 son públicas y 669 son privadas. Este factor es crucial, pues el puntaje en el Icfes es lo único que muchas universidades ven.
Mientras el gobierno insiste en que en el 2006 el 73 por ciento de los jóvenes que terminaron el colegio iniciaron alguna carrera, lo cierto es que la cobertura es del 26 por ciento y de cada 100 que entran al sistema escolar, solo cuatro se vuelven profesionales.
Detrás de ese panorama, un drama social es cada vez más latente. El de los jóvenes que pese a su alto potencial terminan ocupándose en lo primero que les resulte.
La primera en reconocerlo es la Universidad Nacional: "Nuestros cupos no han variado casi nada en los últimos años. Pero la demanda viene creciendo 10 o 15 por ciento por año", dice Mario Pérez, director de admisiones.
Para el rector de la UIS, Jaime Camacho, una competencia más reñida implica mejores estudiantes, pero a un costo muy alto. "Los que se quedan por fuera son muy buenos también, y esta universidad es su única alternativa".
En las instituciones privadas, si bien los créditos y las becas vienen en aumento, todavÃa no tienen suficiente impacto en la distribución de estudiantes de estratos altos y bajos, sobre todo porque hasta ahora se está viendo que lo de menos es la matrÃcula.
De esto es testigo el viceministro de Educación, Gabriel Burgos. "En la Autónoma de Bucaramanga (privada), donde yo era rector, hay muchachos que dicen 'sÃ, le agradezco el crédito del Icetex, pero cómo hago para pagar el bus y con qué plata almuerzo".
Lo urgente, la deserción De hecho, el problema no es de cupos, pues contrario a las públicas, las universidades privadas siguen con sillas sin llenar, según explica el consultor en educación Jorge Enrique Vargas. "Los muchachos no dejan de estudiar por falta de cupos sino por sus ingresos y su entorno familiar. Endeudarse no lo ven como opción, porque muchas veces salen y siguen siendo excluidos del mercado laboral", afirma.
Y a pesar de que las condiciones de los jóvenes con alto potencial es un tema de primera lÃnea en el Ministerio de Educación desde el 2003, varias instituciones reconocen que su mayor urgencia ahora es mantener en las aulas a los estudiantes que ya tienen, pues el 46 por ciento deserta.
"Hay que atender las dos cosas, porque de qué sirve hacer esfuerzos para que más muchachos entren, si se van a retirar en tercer semestre por no tener recursos suficientes", agrega Burgos, quien destaca que este año el Gobierno se endeudará por 500 millones de dólares para cubrir créditos y subsidios de manutención.
Un hijo y malos puntajes juegan en contra Lo suyo es la administración en salud, pero hay un pequeño inconveniente. Solo la dan en la U. de Antioquia y en una privada. En la primera la rechazaron: "Me faltaron cinco puntos". En la segunda, el costo de la matrÃcula la hizo abstenerse de pedir cupo. Y ahora que tiene un hijo de 2 años, lo piensa varias veces.Ese es el dilema de MarÃa Isabel Gil, de 21 años. Ella vive en el barrio Manrique Central, en la famosa comuna Nororiental de MedellÃn, y trabaja como asistente, luego de que el jefe de su mamá, quien es aseadora, se enteró de sus cualidades y la contrató como practicante, hace tres años. En junio terminará un curso en secretarÃa. "Pero no es lo que quiero. No me llena".
Médico no, mensajero Cuando Alejandro Vargas, de Fusagasugá (Cundinamarca), salió del bachillerato, su mamá, Martha Rojas, enseguida buscó la manera de que entrara a estudiar medicina."Los profesores lo reconocÃan por ser dedicado al estudio. Sacó 315 puntos en el Icfes y eso le alcanzaba para pasar en una universidad privada, pero el codeudor del Icetex se echó para atrás. Intentamos mandando cartas para becas, pero nunca logramos nada".En el 2000 y 2001 intentó en la U. Nacional, pero después de repasar meses enteros y fracasar tres veces, se rindió.Ahora, en lugar de ser médico, Alejandro tiene un curso en auxiliar de enfermerÃa, y gana un salario mÃnimo como mensajero en la empresa de un familiar. "Creo que, a los 25 años, ya no me queda mucho por hacer", dice.
Mejor Icfes vende minutos A unos metros del puerto sobre el rÃo Atrato en Riosucio (Chocó), un muchacho de 17 años se sienta enfrente de su casa de madera a vender minutos de celular desde que amanece hasta que anochece.Es un buen negocio, dice él, y el único al que puede dedicarse desde que terminó el colegio, sobre todo desde que tiene que mantener a su novia y su hija de 8 meses.A pesar del tiempo que pasa marcando números, siempre está pensando en lo que en realidad quisiera hacer: estudiar biologÃa marina. O ingenierÃa de sistemas, si lo primero no se puede.Se llama Alexánder Sanclemente, es afrocolombiano, y un ejemplo en su pueblo, porque se graduó con honores el año pasado por haber sacado el mejor Icfes de su colegio, el Clareth. Su promedio (52,54) no es muy bueno comparado con el resto del paÃs, pero sà lo es en este municipio, donde todos los colegios son de categorÃa baja e inferior en el examen.Es aún más meritorio si se tiene en cuenta que el colegio, al que solo se llega en bote, está abierto únicamente una semana al mes, pues los profesores tienen que desplazarse entre varias sedes."No me dieron beca porque uno tiene que tener un padrino polÃtico. Con el Icetex, menos: aquà vino una señora a contarnos pero piden papeles de la casa, y aquà todos vivimos en ranchos de madera".En el colegio, el primero que reconoce su talento es el rector, Pedro Palomeque. "Es un muchacho de verdad muy inteligente, y se está desperdiciando", dice.Pero Alexánder asegura que es muy temprano para darse por vencido. Aunque no le queda mucho de la venta de minutos, su mamá, que hace tamales, y su hermana mayor, que vende gaseosas, están dispuestas a apoyarlo. Los otros cuatro hermanos solo le dan apoyo moral: aunque son mayores, ninguno tiene empleo."De pronto en un año tenga ahorrado para pagar la matrÃcula en una universidad de Turbo y viajar todos los fines de semana", dice Alexánder. "Si yo estuviera estudiando, seguro estarÃa entre los mejores", comenta.
Mabel: una beca era su última alternativa Mabel Meneses Moncada sabe que entre los casi 50 mil desplazados que se calcula viven en Bucaramanga hay muchos que, pese a ser muy 'pilos', tuvieron que renunciar a estudiar en una universidad.Lo sabe porque le ocurrió a ella en el 2003, cuando terminó el bachillerato y en lugar de entrar a estudiar administración en Cúcuta terminó en Piedecuesta (Santander) trabajando en una carnicerÃa y cuidando a un bebé. Todo, porque su papá se negó a pagar la "cuota de seguridad" del barrio.Hoy tiene 21 años y ve muy difÃcil poder entrar a una universidad, aunque por ahora se conforma con dos cursos que ha hecho en el Sena.En diciembre su esperanza estaba puesta en una de las 10 becas para desplazados que ofrecÃan tres universidades locales. Estuvo entre los más opcionados, pero, aunque le reconocieron su alto potencial, no ganó, entre otras cosas, porque ninguna de las instituciones oferentes tenÃa la carrera que busca ahora: ingenierÃa de alimentos."Lo veo muy difÃcil, porque lo que quiero está en la Udes, y es muy caro para mÃ: 600 mil pesos el semestre de la tecnologÃa y 2,5 millones la ingenierÃa. Ya intenté con el Icetex, pero me rechazaron porque no conseguà un codeudor con finca raÃz", dice.
ÉDGAR ALFONSORedactor de EL TIEMPO
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