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Tongolele, la legendaria bailarina mexicana, habla hoy en el Carnaval de las Artes de Barranquilla

La diva dicará la charla 'El baile como creación' a las 6 p.m., como parte de las actividades del evento.

Sabía bailar. No le pregunten cómo. No tiene más respuesta que la inspiración. Nació bailando. Sabe que por su padre tiene herencia de Tahití, pero él murió cuando era niña y no le contó detalles. Así que Yolanda Montez 'Tongolele' nunca supo a ciencia cierta por qué conocía los bailes tahitianos desde la más temprana infancia.

Sus movimientos le llegaban por inspiración -ella le llama 'fantasía'- al oír los discos viejos, de tambores, de la abuela.

De la fantasía también provino una música que se le ocurrió cuando ya era una bailarina famosa y que le transmitió a su tamborero para poder danzar a su gusto. Cuál no sería su sorpresa cuando un grupo de negros, provenientes de Cuba, la llamó aparte para interrogarla por el origen de esos sonidos y esos pasos, que eran un secreto de su cultura en la isla que no debía ser rebelado.

"Y tuve que quitarlo del show", explica la diva mexicana.

¿Por qué? Porque ellos mataban a todo el que lo hiciera público...

Ahora, a sus 75 años, esta mujer menuda (como toda bailarina en ejercicio), de ojos intensamente azules, marcada desde el nacimiento con el mechón blanco que sale de su frente, llegó a Barranquilla a compartir su vida y sus experiencias en el Carnaval de las Artes, que termina el domingo.

Tongolele, el mismo nombre es musical, sugiere baile. Fue el resultado del apuro por bautizarla cuando la contrataron para una revista musical como bailarina principal. "Como hacía bailes que eran mezcla de todo (lo cubano, lo africano, lo hawaiano), quise reunirlos en el nombre. Congo...lele... Tongo...lele", cuenta. Era por un solo día, pero el nombre pegó tanto que se quedó. Y hasta en alguna época hizo pataletas porque ya no podía quitárselo.

Ahora, ya no lucha contra el nombre, sino contra el término de 'bailarina exótica', que nació con ella y que vio desdibujarse en sus múltiples imitadoras. Se volvió un genérico para designar a toda mujer de cuerpo bonito con nombre raro que pretendía bailar sobre un escenario. Porque los empresarios que las ponían allí buscaban mostrar más el cuerpo que el baile. Y para ella el baile siempre ha estado primero.

Trajo a Barranquilla un álbum de fotos y el DVD de la última película de Boris Karlof, en la que también actuó, inolvidable, bailando en medio de una fogata con una boa que circulaba por todo su cuerpo. Fue la única película que hizo en Hollywood. "La víbora estaba en un palo enroscada cerca de la fogata -recuerda-. Y les dije: "Salió tan padre, porque siempre que veo a otras bailar con víboras, estas se enroscan, pero esta no, se movía por todos lados, para huir del fuego. Y tenían que sacarla cada cinco minutos a respirar aire puro o a la piscina de los estudios, porque se intoxicaba, la pobre", dice con ternura acerca del animailito que botó al piso la primera vez que se lo pusieron en las piernas.

"Así no -le dijo el entrenador de la boa-, que si la tiras al suelo se quiebra".

Entonces Tongolele sintió simpatía por ella y filmaron la escena.

Protagonista de una época única Su esplendor coincidió con la época de oro del cine mexicano. "Tenía 16, 17 años y era ingenua en muchas cosas. Nada más sabía cuidarme. Pero era una niña sin experiencia en un mundo que era elegante. En las fiestas, me pedían que bailara y yo decía: 'no puedo bailar sin mis tambores'. En ese momento me asustaba porque pensaba que no podía bailar si no estaba en un escenario".

Como si se necesitara otra prueba de su ingenuidad de entonces, Tongolele recuerda que Diego Rivera quiso pintarla. "Y yo me dije: '¡Ay no! Si yo apenas trabajo en teatro, cómo voy a posar para él, si me va a cobrar".

Y nunca la pintó. "No, ni ningún pintor. Me les escondía porque pensaba que había que pagarles. Y no quería preguntarle a nadie cómo era eso, porque no quería que me vieran ignorante".

Su baile sale de la 'fantasía' A los 15 años dejó el colegio para viajar sola a San Francisco (E.U.) a buscar oportunidades en el baile. "Me fui porque me hacían sufrir mucho en la escuela", cuenta Tongolele, que decidió seguir esa pasión pensando que iba a empezar desde abajo y terminó por debutar en clubes elegantes. Sin clases previas, solo siguiendo el sonido de tambores, dejó salir bailes que salían de la 'fantasía', en clubes como el de Joe Dimagio.

"En dos años -recuerda-, ya era primera figura y ni sabía cómo tenía éxito. No exigía dinero. Me decían: 'Te damos tanto' y yo decía: 'Sí'. Si me hubieran dicho: 'Te pago un peso', yo hubiera dicho sí de todas formas, porque era feliz bailando en un escenario'. Compraba todo en el camerino, le traían alhajas, pieles, hasta carros compró tras bambalinas. "No podía salir a la calle -dice-. Si salía, al rato tenían que rescatarme con policías".

Después vino lo que ella llama 'el tongolelismo'. "Los periodistas que sabían que mi nombre vendía, inventaban cuentos. Si mataban a alguien, encontraban la forma de meter mi nombre. Había un chiste que decía: 'Ahora ya no se encuentran criadas porque todas se meten a exóticas'. Era un cambio de momento, un giro hacia todo lo que después fue farándula. Porque antes los grandes artistas que uno veía en el teatro eran como Toña La Negra".

'¿Usted todavía baila?' Han pasado ya muchas décadas. "Linda, divina, hermosa -le dice una señora que la reconoce en un restaurante-. Qué suerte la mía, que vi sus películas, tenerla aquí en Barranquilla. ¿Usted todavía baila?" Tongolele le sonríe y sí, sí baila. Cada día después del desayuno con yogurt y pan tostado sube a su estudio, en casa, y baila. Después, pinta (porque es escultura y pintora también). Siempre se acompaña de música, pero al pintar esta es mucho más suave. "Tiene que ser así, o me la pasaría inventando pasos".

De ahí pasa a un recuerdo. Cuando el papá vivía. Era piloto de pruebas en el ejército y una vez había cazado un oso. "Me regaló la piel y la guardamos en el sótano -cuenta-. Mi mamá pensaba que yo bajaba a jugar con la piel y no. Bajaba para estar bajo un rayo de luz que se filtraba entre la oscuridad. Me paraba ahí y me sentía soñada, como transportada. Esto lo recordé años después y dije: 'Era mi primer spot'. Cuando había relámpagos me paraba arriba de la cama a verme bailar. Me gustaba todo lo que era luz. Por eso pienso que uno tiene destinos y no lo sabe. De alguna manera, estoy cumpliendo el mío".

LILIANA MARTÍNEZ POLOENVIADA ESPECIAL DE EL TIEMPOBarranquilla

Publicación
eltiempo.com
Sección
Cultura y entretenimiento
Fecha de publicación
9 de febrero de 2007
Autor

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