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Las peluquerías del barrio Santa Fe son testigos de los dramas de las prostitutas

Son entre 15 y 20 y abren después de las 10 a.m. Allí, estas mujeres dejan sus tristezas y tienen conversaciones que en otros escenarios no serían públicas.

Ellas piden que les pinten las uñas de colores pastel. Las de las manos y las de los pies.

Sandra Viviana, manicurista de una de las peluquerías de la zona, dice no saber porqué. Después de pensarlo un rato, manifiesta: "A lo mejor para sentir que algo de su vida es así: dulce".

La peluquería Stylos es una de las 15 de esta zona de tolerancia, donde todos los negocios del mundo del amor pagado son prósperos y parece que más allá de la Caracas o de la calle 26, dos de sus límites, el planeta no existe.

Stylos abrió hace año y medio y su administrador, Carlos García, cuenta que a las "peladas les gusta y les toca estar pulidas todos los días".

"Yo les hago la charla, como amigo, trato de cambiarles el video de su vida. Que no vengan solo por la obligación de estar bonitas para los clientes", dice García.

Tinte, corte, cepillado, uñas y cera es lo que más piden. Maquillaje, casi no. Una de las trabajadoras del sexo cuenta que no sabe porqué, pero maquillarse es lo primero que aprenden a hacer.

Al lado de la juventud de Stylos está la veteranía de la peluquería Christian, que lleva 22 años atendiendo a las prostitutas.

Nelly, su dueña, es parca, fría, dura y sin ganas de hablar. A regañadientes cuenta que como nació en el barrio Santa Fe y vive allí, era muy fácil poner el negocio, lleno entre las 10 a.m. y las 8 p.m., con un promedio de 30 clientas al día.

Igual sucede con la peluquería de al lado, donde Andrea, su dueña, esconde la cara y responde con monosílabos.

Las clientas de Dalila

Las peluquerías del barrio Santa Fe no madrugan. Esa es su principal característica. Abren después de las 10 a.m. Sus clientas, que se acuestan tarde, empiezan a llegar a las 10:30 a.m.

Eso motivó a Dalila, una manicurista, a aceptar el trabajo que le ofrecieron en Spa Piel y Belleza. "Por eso y por no tener que trabajar los domingos, como en muchos lados", cuenta.

Al principio, a su esposo no le gustó la idea: le preocupaban el sector y las clientas. "A mí me dio muy duro", cuenta Dalia "Es que ellas hablan de una manera tan cruda de sus clientes, de lo que hacen con ellos, que uno se sonroja... Muy distinto a las señoras de peluquería de barrio".

Pero se ha ido acostumbrando. "Finalmente, ese es su mundo. Ya aprendí que tengo que hacer mi trabajo y nada más", cuenta.

Hasta ahora, Dalila -que arregla manos y pies por 15.000 pesos- no ha hecho amigas.

Tampoco Jair Saavedra, peluquero de ese mismo salón. "Ellas van y vienen entre ciudades", dice, mientras cepilla a una joven, entonces no vale la pena.

"Yo vengo por comodidad", dice la muchacha. "Vivo en un hotel y allí es muy complicado arreglarse bien", sigue. Tiene ojos claros y mirada indiferente, cero brillo. Lleva una trusa negra que deja ver su bonito cuerpo.

Jair cuenta que en promedio las muchachas pueden gastar unos 30.000 pesos cada vez que van "y nos pueden visitar día de por medio". Pero pagan mucho menos que en las peluquerías que hay dentro de algunos de los prostíbulos más elegantes.

Donde Jair las jóvenes también tienen servicio de masajes. La dueña del lugar, que prefirió no dar su nombre, afirma que es para las muchachas que se han hecho cirugías plásticas en el busto, que los necesitan.

Y dos peluquerías los ofrecen. "Ya nos montaron competencia, porque en eso sí fuimos pioneros", argumenta la dueña de Spa Piel y Belleza, un local que no tiene nada que envidiarle a las peluquerías elegantes de la ciudad.

Para Carlos García, el administrador de Stylos, estas clientas son unas mujeres muy solas y abandonadas. "Yo les hago la charla, como amigo, trato de cambiarles el video de su vida. Que no vengan solo por la obligación de estar bonitas para los clientes".

Afuera, el amor pagado se mueve. Lo ofrecen mujeres con las uñas pintadas en tonos pastel.

olgmar@eltiempo.com.co

Publicación
eltiempo.com
Sección
Bogotá
Fecha de publicación
17 de diciembre de 2006
Autor

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