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Así gobierna Apolinar Salcedo, el alcalde de Cali ciego destituido por la Procuraduría

Tiene una especie de mapa mental de la ciudad en su cabeza. Algunos informes se los traducen al braille y la correspondencia se la leen sus secretarias. Un cronista de EL TIEMPO lo acompañó un día.

Salcedo, alcalde de Cali, 51 años, hijo de una lavandera y un cortador de caña, ciego desde los 7 años por culpa de un tiro de escopeta, abogado graduado con honores, magister en administración pública, padre de dos niños, destituido de su cargo hace cinco días por culpa de un contrato. ¿Alcanza la compasión para perdonarle a un hombre que, siendo ciego, sea el alcalde de la tercera ciudad del país?

El carro avanza por la avenida del río, a un lado de la Ermita, la iglesia más fotogénica de esta urbe de calles agujereadas, de esquinas sucias de basura y de escombros. Afuera hace calor, 35 grados. Los vidrios oscuros de la camioneta en la que viaja Apolinar Salcedo impiden que alguien vea hacia adentro. Parece un acuerdo justo.

Un rato antes, un grupo de peatones enfurecidos por la suciedad decidió apilar los desechos en las avenidas. La gente gritaba insultos contra el alcalde. Una mujer iracunda decidió vaciarse un tarro con sobras de hortalizas, como si, en vez de inmolarse con fuego, hubiera preferido hacerlo con hojas de lechuga y de brócoli. "Pero un ciego jamás se enterará de este caos", repiten los enemigos del alcalde en los periódicos. Quizás se equivocan.

Oír la ciudad

Dos, tres, cuatro veces al día, Apolinar Salcedo recorre la ciudad, escucha el desorden de las calles, oye los insultos que le gritan, confirma los detalles preguntándole a sus escoltas, luego llama a sus secretarios de despacho para apurarlos, a todos les exige resultados. La ceguera no es imbecilidad, advierte Apolinar. Tal vez sea cierto que muchos no conocen a Cali como él.

Antes de viajar en carros blindados, el alcalde siempre anduvo a pie, o en bus. A fuerza de ese ejercicio obligado de casi cuatro décadas, Apolinar tiene un mapa mental de Cali que le permite recitar de memoria los nombres y las nomenclaturas de cada calle con su continuidad exacta de aceras, puentes, parques y hasta negocios más conocidos. Si tuviera que bajarse a comprar dos clavos de acero, Apolinar Salcedo sabría dónde hacerlo.

Cuando la camioneta en que lo transportan tropieza con un hueco es capaz de recitar su ubicación, aunque sabe que es todo lo que puede hacer. Para tapar los miles de agujeros de Cali necesita 400 mil millones de pesos, pero sólo tiene 20 mil porque sus antecesores tuvieron que comprometer el ciento por ciento de los dineros para pavimentar cuando la Alcaldía quebró.

Ahora pocos se acuerdan: hace años Cali estuvo a punto de perder su categoría municipal por culpa del robo continuado. En octubre del 2005, también por culpa de alcaldías anteriores, el Gobierno le quitó a la ciudad la administración de la empresa de aseo. Aunque quisiera dar órdenes, Apolinar no tiene derecho a decir nada para mejorar el servicio de recolección de basura.

¿Se trata entonces de un menesteroso al que todos culpan injustamente?, ¿en vez de exigirle resultados imposibles, los caleños deberían tener mayor consideración por su alcalde, el primero en Colombia que no finge la ceguera? Apolinar se niega a recibir compasión. Detesta que lo vean como a un minusválido.

Peces cogidos con la mano

Unos meses después de que los médicos confirmaron que ya no volvería a ver, un tío le regaló una guitarra. "Tenga, mijo. Aprenda a tocarla para que viva de eso", le dijo el hombre, seguro de estar haciendo una obra de caridad.

A escondidas, Apolinar rompió el instrumento y usó las cuerdas para hacer cañas de pescar. Todavía pesca, aunque su especialidad es bucear y coger 'corronchos' con la mano, un pez robusto que vive bajo las rocas. Él fue el primero en tener un título universitario en su casa. Pero todo no ha sido caminar erguido. Algunas veces también se cayó recorriendo Cali.

Una vez sintió que dos gamines lo seguían y se burlaban, entonces apuró el paso. Una cuadra después, uno de ellos comenzó a gritarle "¡cuidado con el hueco!", y Apolinar caminó más rápido, indiferente de lo que, pensó, era una advertencia mentirosa. Pero resultó verdad. Cayó de bruces. El gamín se acercó y sentenció con amargura: "¡Ve, ciego y sordo, y además güevón!".

Ahora el alcalde recuerda esas palabras y se ríe. Dice que las agradece. ¿Acaso resultaron premonitorias de lo que muchos le advirtieron que pasaría cuando decidió postularse para alcalde?

Una hija, dedos que leen...

La primera novia de Apolinar era casi ciega. Se llamaba Ana Cecilia. Fueron novios quince días. Todavía la recuerda. Después todas sus novias fueron videntes. Su esposa lo es. En el amor también es temerario, dice. A los 19 años fue novio de dos hermanas mellizas a la misma vez.

Su segundo hijo, Alfonso, de 8 años, fue de una aventura extramatrimonial. Ahora quiere una niña, pero lo está pensando. Quizás la adopte. Se llamará Paula Andrea, y repite el nombre en voz alta mientras la ciudad pasa frente la ventanilla de su carro.

Su conductor se llama James Valencia. Lleva 15 años con él, desde antes de que fuera concejal. Es uno de los ojos en los que más confía el alcalde. En la oficina tiene dos secretarias, Alejandra y Mónica. Ambas le leen la correspondencia y las autorizaciones que debe firmar. Su confianza en ellas, claro, es ciega. Cuando los documentos son de contratos millonarios se los lleva para su casa y exige una nueva lectura, esta vez de su esposa. Él insiste: "soy invidente, no imbécil".

Algunos informes se los traducen al braille, ese lenguaje de puntos con el que leen los ciegos. Se sienta durante horas a mover los dedos como si estuviera escribiendo. Es una lectura que exige una concentración mayor, pero muchos juran que no hace nada y que ya es millonario gracias a las fortunas que se ha robado.

Su casa queda en un barrio de clase media. Paga un millón de pesos de arriendo. Los vecinos lo definen como alguien tranquilo que se la pasa trabajando. La gente no cree. Y él prefiere no salir por televisión a dar entrevistas para desmentir los rumores. Entonces parece que sus contradictores toman ventaja.

Un ex alcalde que no se siente aludido con el caos reinante está organizando un récord Guinness a la colombiana: reunirá a cien mil ciudadanos para que recojan la basura acumulada en las esquinas. Un gerente gremial, que todos saben que será candidato a la alcaldía, propone olvidarse del pasado y emprender una cruzada de moralidad. Un columnista de opinión, director de un programa de radio, está dispuesto a apostar una fortuna a que Apolinar no termina su mandato y que, una vez echado, Cali al fin mejorará.

Todos parecen insistir en que la ciudad era mejor antes, incluso a pesar del paraíso narcotraficante que fue y de las estruendosas quiebras del municipio, de las empresas públicas y de la compañía de aseo. En efecto, la amnesia también es un tipo de ceguera.

180.736

Fue el número de votos que logró Apolinar Salcedo en las elecciones para la alcaldía. Su principal contendor fue Francisco Lloreda, quien obtuvo 30 mil votos menos. En solo diez años, Apolinar pasó del concejo a la alcaldía.

Mandato polémico

Las dificultades para Apolinar Salcedo llegaron muy rápido. Justo después de posesionarse como alcalde fue demandada su elección porque, decían sus contradictores, "un ciego no cuenta con las facultades necesarias para cumplir con su deber. ¿Cómo hará para solucionar lo que no ve? ". Aunque en la ciudad creció el rumor de que el Alcalde se caería, el Consejo de Estado falló en su favor. Los magistrados dijeron que la ceguera no era obstáculo.

Meses después, luego de un viaje al exterior, Apolinar nombró a uno de sus secretarios como alcalde encargado y, de nuevo, iniciaron un proceso para sacarlo. Supuestamente, el nombramiento era fraudulento, pero la demanda no prosperó. El último intento por sacarlo fue mediante una recolección de firmas.

Entre las motivaciones con las que se pretendió convencer a los ciudadanos para que firmaran había asuntos que, en realidad, eran responsabilidad de alcaldes anteriores, como los huecos en las vías y el desaseo general. Al final, de nuevo, el proceso no prosperó porque la Registraduría encontró que la mayoría de las firmas recolectadas tenían inconsistencias. La última crisis del mandato de 'Polo' fue la destitución por el contrato para recaudar los impuestos municipales. Por lo pronto, espera la apelación, que puede demorar hasta febrero.

JOSÉ ALEJANDRO CASTAÑO
ENVIADO ESPECIAL DE EL TIEMPO
CALI

Publicación
eltiempo.com
Sección
Otros
Fecha de publicación
9 de diciembre de 2006
Autor

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