Radiografía de la pobreza en las casas de invasión

Radiografía de la pobreza en las casas de invasión

El 60,7 por ciento de las familias compró el bien, antes que baño o cocina prefieren otra habitación y las invasiones son el mejor 'refugio' que tienen los desplazados para huir de sus perseguidores.

2 de agosto de 2006, 05:00 am

Estos son sólo algunos de los descubrimientos sociales y económicos del estudio Ciudad, Hábitat y Vivienda Informal en la Colombia de los años 90, que realizó la Universidad Nacional en seis ciudades del país.

De hecho, se detectó que la muerte del líder comunal es recurrente en el camino para que los desplazados logren que el municipio les entregue un terreno.

Al analizar las encuestas sobre cómo habitan y qué necesitan las personas que tienen una vivienda informal, estos investigadores y más de 100 colaboradores encontraron que las invasiones de terrenos -públicos y privados- son la única opción de hogares que no pueden costear el valor de los servicios públicos legales.

"Así mismo, el borde de los cuerpos de agua son el punto más atractivo para los invasores pues reconocen que, en algún momento, el gobierno tendrá que entregarles una solución definitiva para evitar tragedias", indica Carlos Torres, director de la Maestría en Hábitat y Vivienda.

Además, las familias sólo se arriesgan a invertir en materiales permanentes cuando aseguran la tenencia del bien y esto sucede en el momento en que hay un reconocimiento público de la invasión, que lleva a una futura legalización. Un fenómeno que se consolida más rápidamente si hay organización comunitaria o una ONG que sustituye las funciones del Estado.

"El problema es que con el reconocimiento sube el status, lo que genera unos costos adicionales por pago de impuestos y servicios. Esto hace que muchas familias -a falta de recursos- busquen otra invasión donde no les exijan estos gastos", indica Torres.

Este factor es determinante a la hora de elegir un bien legal por reubicación, incluso los encuestados manifiestan que la VIS no es una poción porque -al no poderse ampliar- no es productiva ni permite recaudar rentas.

De hecho, para ellos ni los espacios reducidos ni el hacinamiento -de 10 a 12 personas en 12 metros- son relevantes porque la vida social se produce en el exterior. No obstante, esos espacios comunes y vitales como el antejardín, el patio y la calle son eliminados en las viviendas sociales.

Lo mismo sucede con el tamaño de los lotes, que cada vez disminuye más en las urbanizaciones formales. "Al inicio se necesita el terreno para guardar los materiales con los que se ampliará la casa, luego la terraza se convierte en el depósito. Allí se 'coleccionan' los 1.000 bloques o el reciclaje de otras obras para usarlas en el futuro", comenta Torres.

INGRID M. MORA
Redactora de EL TIEMPO