La corrupción en Colombia

La corrupción en Colombia

Es el costoso y doloroso síntoma de un país que perdió el norte después de un sangriento conflicto

La corrupción en Colombia
23 de enero de 2017, 01:31 am

Muchos no salimos del asombro ante una aberrante realidad: si no hubiera sido por un juez norteamericano, al menos un exviceministro y un exsenador de la República se habrían quedado con 11,5 millones de dólares, y nadie se habría dado cuenta. Se puso de moda el tema de la corrupción porque este desproporcionado escándalo se suma a otros que, acumulados, demuestran el costo que tendremos que asumir los colombianos. Todos los precandidatos presidenciales del 2018 han señalado la corrupción como el eje de su campaña. Pero antes de que esta sociedad caiga en la trivialización del tema, es hora de entender que se trata de mucho más que penalizar las grandes habilidades para apropiarse de los recursos del Estado.

Lo primero que sorprende, y que demuestra un problema muy profundo de este país, es que quienes rodean a los nuevos multimillonarios ilícitos sean los primeros sorprendidos. Es imposible que semejante crecimiento en riqueza pase desapercibido por aquellos que conviven con el ladrón. Como decía mi madre (q. e. p. d.), hay dos cosas que no se pueden ocultar: el dinero y el amor. Oh sorpresa, entonces, cuando el cónyuge, el hijo, el yerno y sus íntimos amigos se enfrentan a que han vivido o se han relacionado con un hampón. Eso no se lo cree nadie, porque es imposible ocultar grandes inversiones, aumentos inmensos en el patrimonio y derroche de dinero. Y los testaferros también se hacen los locos.

Esta situación demuestra una pérdida inmensa de valores y la desaparición de las mínimas reglas de comportamiento. Es decir, una crisis de ética y moral en la sociedad de unas proporciones gigantescas. A esto se agrega que en este país las cabezas de estos inmensos desfalcos pertenecen al estrato seis y que además se formaron en los mejores colegios y universidades. ¿Qué está pasando con nuestro sistema educativo, no solo el público, que, digan lo que digan, sigue siendo de mala calidad, con muy pocas excepciones? Pero la educación privada, a donde va la clase media, y la supercostosa, a la cual asisten los que terminan teniendo acceso al verdadero poder económico, político y social de este país, están en una crisis peor. ¿Qué tipo de dirigentes estamos formando: aquellos que creen que tienen libertad de hacer lo que les venga en gana? Y los ministros de Educación se siguen improvisando, sin medir las consecuencias que esto está teniendo en la formación de una clase media que asiste a unos colegios mediocres y unas universidades que están demostrando la poca importancia que les dan a la ética profesional y a la moral de sus estudiantes.

Además, qué diablos está pasando en la familia, desarticulada, con padres ausentes, con madres solas; y el Gobierno, mirando para otro lado. Sí, la paz es la mejor noticia, y su construcción es la oportunidad para repensar esta absurda y corrupta sociedad que tenemos. Donde el 90 por ciento de los empresarios aceptan pagar coimas para obtener contratos y los ladrones saben que la plata todo lo paga, inclusive sus penas.

Señores precandidatos: la corrupción es el costoso y doloroso síntoma de un país que perdió el norte después de un sangriento conflicto, de convivir con los vicios de la narcocultura. Por favor, no usen la corrupción como un mensaje vacío para conseguir votos. Miren la podredumbre que está saliendo a la luz y no se limiten a vender un tema “que se puso de moda”, y que finalmente se acabe el día que los elijan.

El o la que llegue a la presidencia en el 2018 no solo tiene el inmenso compromiso de construir un país en paz, sino una sociedad decente. La campaña presidencial no puede ser la ratificación de ese país corrupto que tenemos, de ese perverso ejercicio de la política, como si aquí no hubiera pasado nada.

CECILIA LÓPEZ MONTAÑO
cecilia@cecilialopez.com