Solo la escuela ha revivido

Solo la escuela ha revivido

Cuando una comunidad gradúa a sus 'pelaos' sucede un destello. Pero aún hay mucha oscuridad.

Solo la escuela ha revivido
13 de julio de 2016, 08:56 pm

Hay un pueblo célebre de la cordillera central adonde todos los presidentes van para mostrar que el Estado llega lejos. Con pavimento, internet, alguna sede universitaria y oficinas de casi todas las dependencias públicas, aunque sin agua ni fuentes de empleo estables, se le ve pinta de pequeña ciudad. Cinco horas adentro desde allí (si no hay derrumbes, si no se ha caído un puente, si una llanta no se ha estallado), subiendo y bajando por caminos sinuosos, queda el centro poblado de un corregimiento. El caserío está a la orilla de un bello río, encajonado entre dos montañas fértiles y tiene unas 100 casas, la mitad escombros deshabitados. A fines de los años 90 salían de allí tres camiones cargados de café cada semana; ahora sale medio camión. Al visitar su escuela se entiende algo muy duro: la paz es una llamita.

¿Qué alumbra la llamita en este caso? La idea del retorno. En el año 2000, la guerrilla quiso tomarse el pueblo y, como de costumbre, lo hostigó desde los cerros que lo presiden. Pero esa vez eran centenares de hombres con cilindros bombas y mucha determinación. El ataque duró tres días, hasta que la población quedó vacía y muchos policías, civiles y paramilitares fueron eliminados. La soledad absoluta duró media década. Y entonces comenzaron a repoblar las familias que tuvieron permiso.

La escuela abandonada comenzó a recibir niños y llegó alguna maestra. En 2006 ya tenían chicos en primaria y secundaria. Y en 2010 arribó un rector y se reconstruyó la sede. En los últimos cinco años, el colegio ha vuelto a ser colegio y finalmente hace dos años graduaron bachilleres. Este año saldrán ocho. Ahora hay 18 maestras y maestros, muebles, libros, ayudas audiovisuales (sin internet, aunque con avisos de Vive Digital), y cuando los chicos terminan la primaria en escuelas con una sola profesora, que quedan a tres y cuatro horas a pie, algunos papás mandan a sus hijos a estudiar todos los días al pueblo, y la gente mira cómo alimentarlos para que sigan estudiando. Cuando una familia y una comunidad gradúan a sus ‘pelaos’, sucede lo que podríamos llamar un destello.

Pero hay mucha oscuridad. Para que se gradúen ocho bachilleres, 50 chicos han tenido que desertar, la mayoría antes de los 15 años. Que los niños lleguen a clase agota todas las energías, el ausentismo es enorme, el transporte escolar no existe y a la hora de las estrategias pedagógicas, medio se aplica algún ‘modelo’ que el Ministerio mandó hace años. De aprendizaje casi nadie habla. Muy pocos maestros formados aceptan irse para allá. Las expectativas de alguna formación técnica o profesional son nulas. Y aunque la escuela es el sitio donde más se expresan el dolor y la esperanza, y donde la comunidad es más diversa cuando se reúne, aún allí el miedo continúa.

Si el país invirtiera unos dos millones de pesos al año adicionales por cada chico menor de 20 años en las zonas rurales de los 150 municipios más afectados por el conflicto armado (menos de un millón de personas), y ese esfuerzo se sostuviera durante 15 años, la paz brillaría con fuerza. Por ahora, esos recursos no se han priorizado, pero los maestros, padres y estudiantes comprometidos existen y las escuelas alumbran con su llamita.

Agradezco a El Tiempo por ofrecerme este espacio, que llenaré semanalmente de ahora en adelante para hablar de la construcción de capacidades humanas, el que considero el principal desafío de Colombia.


ÓSCAR SÁNCHEZ
*Coordinador Nacional Educapaz
@OscarG_Sanchez