En defensa de la filosofía

En defensa de la filosofía

Sin la filosofía no va a ser posible darle rumbo y norte al manejo de los desafíos que enfrentamos.

En defensa de la filosofía
4 de julio de 2016, 03:26 am

Soy particularmente crítico de las ciencias sociales y las humanidades en el contexto del perfil académico de la educación superior en Colombia. Esos programas, que pululan en las universidades –sobre todo en las públicas–, tienen muy bajos estándares y detrás de ellos se ha creado, en ocasiones, poco más que un refugio para la mediocridad intelectual. Eso no quiere decir que esas disciplinas no sean esenciales para el futuro del país.

En términos prácticos, los análisis de capital humano sobre la ‘empleabilidad’ de los científicos sociales y la ‘rentabilidad’ de la inversión en una educación universitaria de ese tenor sugieren –superficialmente– que es mejor llevarse esa platica a otra parte. La verdad es que los desincentivos sociales, financieros y reputacionales asociados a una vocación por las humanidades son muy poderosos. Ser historiador es bastante menos cool que ser administrador de empresas o programador de apps para celulares.

Desafortunadamente, esa visión supuestamente pragmática de las ciencias sociales y de las humanidades riñe –de frente– con las urgencias del momento. En la historia han existido periodos en los que se han instaurado certidumbres fundamentales que generan consensos hegemónicos suficientemente fuertes sobre la interpretación de la realidad. De allí que en esas coyunturas de convergencia colectiva sean más bien pocos los esfuerzos para entender y aprehender las dinámicas y los contextos de una manera distinta de lo convencional. La ‘normalidad’ se impone en esas coyunturas. Hoy, no. Desde el surgimiento del Isis hasta el brexit, desde los ataques terroristas hasta la paz con las Farc, son hechos todos que nos confirman que no estamos –desde una perspectiva histórica– en un momento ‘normal’. Estamos ante un mundo nuevo, un país diferente, una humanidad distinta.

Se han quedado tan cortos los paradigmas, los valores, los conceptos, las ideologías, las interpretaciones, las lecturas y las formas de ver el mundo, frente a lo que es la realidad, que la única forma de describirlo es que somos víctimas de un desconcierto colectivo y global. Es en esas coyunturas donde le queda fácil a la humanidad o a una nación equivocarse. Es en esas coyunturas históricas de confusión, de ausencia de brújula, en las que surgen los Donald Trump, los Le Pen y los Hitler de este mundo. De allí que la humanidad requiera, de manera inaplazable e inexorable, más y no menos filósofos y pensadores.

Aun así, se siente un afán pernicioso, bastante generalizado, de las entidades académicas por facilitar la extinción o darles un buen morir a aquellas disciplinas que han constituido –y construido– los pilares del pensamiento, en el sentido más profundo del término. Para la muestra, un botón.

Un puñado de filósofos, entre los que se encuentran Fernando Savater y José Luis Pardo, escribieron un reciente artículo en el diario El País de España (‘¿Por qué sobra la Filosofía?’) en protesta por los velados intentos de las autoridades académicas de la Universidad Complutense de Madrid para sepultar la Facultad de Filosofía. Alzan su voz precisamente en la misma línea, cuestionando que se elimine el papel académico predominante de una disciplina que pocas veces en la historia había sido tan necesaria e indispensable. Sin la filosofía no va ser posible darle rumbo y norte al manejo de los desafíos que enfrentamos como humanidad, como civilización, como país.

Dictum. Es mucho lo que le debe el país a la Constitución de 1991. Mucho que agradecerle a César Gaviria. Es una Constitución de todos y para todos. Un cuarto de siglo de vigencia lo demuestra.

Gabriel Silva Luján