'América Latina necesita menos poetas y más técnicos y científicos'

'América Latina necesita menos poetas y más técnicos y científicos'

El periodista Andrés Oppenheimer habló con EL TIEMPO sobre los problemas que tiene nuestra región.

'América Latina necesita menos poetas y más técnicos y científicos'
3 de julio de 2016, 05:17 am

América Latina es una región que se ha caracterizado por un eterno debate entre los diferentes tipos de desarrollo y el modelo económico y político que los impulse.

En medio de esta ‘pelea’, de las discusiones ideológicas, de la derecha, de la izquierda, de los discursos; la innovación, la creatividad y el apoyo a nuevas e interesantes ideas son muy pobres, casi nulos. Esto, sumado a un ancestral y casi que exclusivo apego a la exportación de las cada vez menos valiosas materias primas, hace que la región se quede rezagada del resto del mundo.

El escritor argentino Andrés Oppenheimer, de visita en Colombia, habló con EL TIEMPO sobre su más reciente libro, ¡Crear o Morir!, en el que recorre Latinoamérica y el mundo buscando y contando ejemplos de iniciativas personales y grupales que ayudan a entender cómo se mueve la economía de hoy.

En Latinoamérica se vive una dualidad entre incentivar a los innovadores rebajándoles trabas burocráticas o crear uniones de masas creativas que incentiven el ingenio y la iniciativa. ¿Cómo ve usted esto en la práctica? ¿Qué están haciendo los gobiernos latinoamericanos?

Muy poco. Están hablando mucho, pero haciendo muy poco. Lamentablemente, en América Latina seguimos como cuando vivimos de España: exportando materias primas con muy poco valor agregado y sin entender que estamos en una economía del conocimiento, donde los productos básicos valen cada vez menos y los productos sofisticados valen cada vez más. El ejemplo que doy siempre es el de una taza de café. De una taza que tomas en un Starbucks en Estados Unidos, el 97 por ciento de los tres dólares que pagas por ella va a todo lo que tiene que ver con la economía del conocimiento: el que hizo la ingeniería genética del café, la distribución, el marketing, el branding, la publicidad. Solo el tres por ciento va al productor de café. Entonces, la pregunta que nos tenemos que hacer en América Latina es de qué lado de la ecuación queremos estar. Si queremos estar entre los que se quedan con el tres por ciento del valor de la taza o queremos estar con los que se quedan con el 97 por ciento. Y si queremos estar entre los que se quedan con la mejor tajada, tenemos que apostarle de lleno a la educación de calidad y a la innovación, y no lo estamos haciendo.

En nuestra región, sobre todo en algunos países, se está privilegiando más una gran estatización de todos los ámbitos de la vida que a un Estado que se centre en la promoción de las iniciativas de los creadores…

Estamos hablando de cualquier tema menos de los temas que importan. Lo que va a sacar a Colombia de la mediocridad no son las cosas de las que se están hablando todos los días. Va a ser la educación, la innovación. Doy un ejemplo: hace pocas semanas salieron nuevos datos del Banco Interamericano de Desarrollo (BID) sobre la dependencia latinoamericana de las materias primas. El 83 por ciento de las exportaciones de Colombia son materias primas y derivados. ¡83 por ciento! Entonces, mientras Colombia no diversifique sus exportaciones, se va a quedar siempre estancada en la misma situación. No va a poder crecer a un ritmo acelerado ni va a poder reducir la pobreza a un ritmo acelerado. Porque las cosas que vende Colombia valen cada vez menos y en la economía global las cosas de alto valor agregado valen cada vez más.

Entonces, hay que diversificar la economía y, para ello, hay que apostarle a agregarle valor a los productos que uno exporta, inventar nuevos productos. Y ahí estamos mal en América Latina y en Colombia en especial. Hay que mirar no más los datos de solicitudes de patentes ante la Organización Mundial de la Propiedad Intelectual (Ompi). El año pasado, Estados Unidos hizo unas 54.000 solicitudes de aplicación de nuevas patentes. Japón, 44.000. Corea del Sur, 16.000. ¿Cuántas Colombia? 86. No 86.000. 86. Toda América Latina junta hizo el año pasado menos del diez por ciento de solicitudes de patentes ante la Ompi que las que hizo un solo país asiático: Corea del Sur. Eso da una idea de lo mal que estamos.

Países como Colombia han venido teniendo muchos problemas en cuanto a las pruebas Pisa y eso es un grave síntoma de la calidad de la educación. Usted, en el libro, propone que debe haber una diversificación en la educación que detecte las habilidades de los individuos parta tener iniciativas, una especie de educación especializada.
En todo el mundo se está yendo cada vez más hacia una educación personalizada, adaptada hacia las necesidades de cada niño. Pero en muchos de nuestros países faltan cosas mucho más básicas como la evaluación de maestros, como la meritocracia educativa. Mientras no tengamos buenos maestros, va a ser muy difícil tener una buena educación.

¿Por qué algunos maestros se oponen a que los evalúen?

Creo que los que se oponen son los malos maestros. Hay muchos que son buenos y que les gustaría ganar más y que les paguen por mérito, pero hay sindicatos de maestros que se llaman “trabajadores de la educación”, cosa absurda porque la de maestro debería ser una profesión como la de médico o la de abogado. Los médicos no son “trabajadores de la medicina” ni los abogados “trabajadores de la ley”. Son profesionales que tienen que ser evaluados, reconocidos y pagados como profesionales que son. Lo mismo tendría que ser con los maestros. Los que se oponen son unos sindicatos que no quieren rendir cuentas a la sociedad de la mala enseñanza que están dando. Los maestros tendrían que ser evaluados.

Cuando entrevisté a autoridades finlandesas sobre el asunto (Finlandia siempre ocupa los primeros lugares en las pruebas Pisa) y les pregunté cuáles eran sus secretos para ello, me dijeron que tenían tres: los maestros, los maestros y los maestros. De ahí parte todo. ¿Cuántos miles de niños pasan por la vida profesional de un maestro? Un buen maestro te puede formar miles de Steve Jobs potenciales, pero uno malo puede arruinar la vida de miles al no darles las herramientas necesarias. Uno malo puede crear miles de personas incapacitadas para entrar en la economía formal de nuestros países, y de prosperar y de combatir la pobreza.

En el libro usted hace un apunte que puede resultar polémico al decir que en Latinoamérica se forman más músicos, filósofos y poetas que investigadores...

Sí. Estamos formando demasiados taxistas con una extraordinaria cultura general que nos pueden hablar de cualquier cosa, pero de nada en profundidad o en especial. Tenemos que crear más matemáticos. No está mal, no tengo nada en contra de los poetas, me gusta la poesía, pero estamos creando demasiados sociólogos, poetas y periodistas, y pocos científicos y técnicos.

Países como Estados Unidos podrían estar más equilibrados en ese sentido…

Tampoco, ¿eh? Si vas, por ejemplo, a las universidades estadounidenses, en sus áreas de investigación los científicos, incluso los ingenieros, en su gran mayoría son indios y chinos. También hay un problema con esto en Estados Unidos.

¿Este problema en la región tiene que ver con una especie de ‘Latin American way of life’?

Tiene que ver con una idealización de las humanidades, que no está mal. No estoy diciendo que tengamos que dejar de enseñar humanidades, pero tenemos que idealizar también la ciencia y la técnica, porque esas son los que producen la innovación y las que sacan a los países de la pobreza y la mediocridad. Nuestro déficit actual no es en filósofos, es en ingenieros mecatrónicos y en científicos especializados en nanotecnología, por ejemplo. Pero antes de llegar a eso tenemos que poner la educación y la innovación en el centro de nuestra agenda política, y no lo estamos haciendo.

¿Parece que es un problema latinoamericano el de superponer etapas posteriores cuando todavía lo básico no está bien afirmado?

El otro día entrevisté para mi programa de CNN a Pedro Pablo Kuc-zynski (presidente electo de Perú) y me decía que en el año 1900 América Latina representaba el ocho por ciento del comercio mundial, y 116 años después representamos exactamente lo mismo. No hemos avanzado un ápice. Cero. ¿Por qué? Porque estamos exportando productos, no estamos diversificando nuestra economía. Estamos exportando materias primas, igual que cuando nos independizamos de España. Lo terrible es que este no es un tema central de nuestras agendas políticas. En cada país estamos debatiendo todo tipo de temas políticos menos el que es más importante, que es este.

Temas políticos y hasta ideológicos. Mira a Colombia, por ejemplo. En los periódicos de estos días las primeras ocho páginas son sobre la paz. A mí me parece fantástico que haya negociaciones de paz y me parece buenísimo que haya un intento de pacificar el país. Pero me preocupa que Colombia se haya convertido en los últimos tres años en un país monotemático. No se habla de ningún otro tema. La paz es importante, pero no es suficiente para el desarrollo de Colombia. Cuando se firme el papel final, no van a llover las inversiones a Colombia si no hay un mayor esfuerzo por mejorar la educación, la innovación y todas aquellas cosas que permitan exportar productos que realmente se coticen en los mercados internacionales.

En Colombia, desde hace algún tiempo, se vienen dando pasos para incentivar la creación de ‘Startups’ y promoción de la iniciativa individual, pero no son de la envergadura que uno desearía. ¿Cree usted que con la firma del acuerdo de paz uno de los pasos siguientes sería invertir más en esa clase de programas?

Por supuesto que sí, pero eso se debió haber hecho mucho antes de la llegada de la paz. Me temo que la paz lo está eclipsando todo y eso está mal.

En “¡Crear o Morir!" usted resalta el ejemplo de Brasil como país que ha dado pasos adelante en su desarrollo, y una muestra de eso es que tiene un programa aeroespacial que coopera con los de las grandes potencias...

Ellos producen muchos más Ph. D., muchos más doctorados por año que cualquier otro país latinoamericano. Eso es de admirar.

Otro grave defecto que usted menciona es que las universidades de la región no figuran ni siquiera entre las cien mejores del mundo. ¿Qué es lo que pasa?

En el nuevo ranquin del THE (Times Higher Education), la mejor universidad latinoamericana está ubicada entre el puesto 500 al 600. Esto se da cuando Brasil es la octava economía del mundo, y México, la decimotercera.

Deberíamos tener universidades entre las mejores cien. Tenemos que ponernos las pilas y rápido.

El ‘big data’, la información, es el oro del siglo XXI, como usted lo consigna en el libro. Quien tiene la información tiene el poder y ya lo estamos empezando a sentir con la fuerza y empoderamiento que dan las redes sociales. ¿Se comprende esto bien en la región?

En algunos países sí, pero no es un tema que esté en el centro de nuestra agenda política. Si le preguntas a una persona en la calle sobre el big data tal vez no sabe lo que es. En Estados Unidos tampoco. Tenemos que empezar a darnos cuenta de que una empresa como Apple o como Google hoy en día valen más que todo el Producto Interno Bruto (PIB) de Colombia. Muchas veces más. Estamos en la era de la economía del conocimiento, pero estamos en debates ideológicos entre la izquierda y la derecha sobre cómo repartir nuestros ingresos, y estos se reducen cada vez más porque estamos exportando productos que valen cada vez menos.

Mientras que en los países latinoamericanos estamos guiados por la ideología y obsesionados con el pasado, en los países asiáticos están guiados por el pragmatismo y obsesionados con el futuro.

LUIS ALEJANDRO AMAYA E.
Subeditor Internacional